Chapter C: O. BUNGE (Según Ricardo Rojas)
I. El País de la Selva, Sus Leyendas y Trovadores
Llamo _País de la Selva_ a la región argentina que se extiende, en el interior de la república, desde la cuenca de los grandes ríos hasta las primeras ondulaciones de la montaña, es decir,[204] entre las llanuras bañadas por el Paraná y sus afluentes y los contrafuertes iniciales de la cordillera de los Andes. A esa región central correspondíale en los tiempos del coloniaje el nombre de Tucumán, y abarcaba, más o menos, las actuales provincias de Tucumán, Santiago del[205] Estero y Córdoba. En los tiempos anteriores a la conquista estuvo ella poblada por varias razas y pueblos indígenas, entre los cuales descollaran[206] los Lules, por haber recibido y adoptado del Cuzco la cultura quichua o incásica.[207]
No hay en toda la República Argentina territorio alguno donde existan más tradiciones y leyendas locales que en el País de la Selva. Los mitos y argumentos legendarios de la antigua cultura indígena han persistido hasta los tiempos actuales, mezclándose y amalgamándose a veces, curiosa y originalmente, a las ideas y sentimientos aportados por la conquista española. Es sobre todo en la provincia de Santiago del Estero, que se diría el corazón del País de la Selva, donde mayormente se conservan las antiguas leyendas indiocoloniales, siendo las más populares la de _Zupay_ y la del _Kacuy_.
Transmítense las leyendas verbalmente en quichua, de padres a hijos. Pero la Selva tiene también sus trovadores que saben cantar su poesía. La poesía y la música se hallan unidas en las costumbres de la Selva, cual lo estuvieron en la Grecia clásica. Siendo éstas las manifestaciones estéticas más genuinas del país, los trovadores, generalmente, cultivan las dos. La melodía acompaña y sostiene la copla, y ambas se integran en la danza por un ritmo común.
Ninguna de las fiestas del país se realiza sin la presencia del trovador, especie de sacerdote de la alegría y de la muerte. Es su escenario la selva[208] toda, recorrida por él en vida vagabunda. Hoy le llevan a velorios, mañana a una trinchera de carnestolendas, después a pesebres, luego a holgorios de boda, más tarde a bailes tradicionales.... Él es el órgano expresivo de todos los sentimientos del pueblo. Él agasaja al viajero, al caudillo, al magistrado, o simplemente al patrón. Él anima las reuniones carnavalescas o nupciales; él plañe en torno al féretro de los difuntos monótonas alabanzas, y junto al cadáver de los párvulos musita las letanías de los ángeles,--pues allí donde no llega la acción sacramental de la iglesia, no sólo realiza su misión profana de la alegría báquica, sino las ceremonias de un verdadero culto religioso....
Ninguna particular indumentaria singulariza la indumentaria del cantor; pero el instrumento del cual se acompaña, completa su figura. Cultiva ante todo el amor de su vihuela. Protégela de la humedad y del sol; quiérela como si fuera una mujer.... Y la vihuela corresponde tanto a sus amores, que la trova dice:
Las cuerdas de mi guitarra
gimen conmigo a la par
y me ayudan a llorar
el dolor que me lastima...
¡Si parece que la prima[209]
hubiese aprendido a hablar!
_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]
II. Zupay
Entre los mitos del país _Zupay_[210] es, sin duda, la encarnación más potente del misterio selvático. Zupay es el Diablo de la Selva; y, como tal, no es producto genuino del espíritu quichua, ni la tradición incontaminada del demonio español. Más bien es una resultante del uno y del otro. En su estado primordial es un genio latente y maligno; es el genio de todo lo adverso que aflige a los hombres y el enemigo de Nuestro Señor. Puede estar en el agua, en el fuego, en la atmósfera; y sabe, al par, dirigir estos elementos para sembrar en la Selva pestes, inundaciones, sequías, catástrofes....
El mito de Zupay se relaciona tanto con los de la hechicera y la Salamanca,[211] que constituyen inseparable unidad. Los poderes de la bruja provienen de un pacto con Zupay, y la Salamanca no es sino la academia subterránea, oculta en el bosque, donde el neófito aprende su ciencia junto a las cátedras diabólicas. Zupay, maestro, da sus lecciones a la bruja, su discípula, en su escuela tenebrosa, la Salamanca....
Zupay, universal y ubicuo en su estado latente, es multiforme en sus personificaciones y manifestaciones. Prefiere en sus metamorfosis figuras humanas. Ha encarnado alguna vez en cuerpo de hermoso mancebo, apareciéndose en un rancho a cierta mujer ingenua. Se ha mostrado otra ocasión como un gaucho rico y joven que visita la Selva en su caballo enjaezado de mágicos arreos. Otra sazón, un paisano, cantor de la comarca, atravesando el bosque, rumbo a la fiesta, vióse de pronto acompañado por alguien que le desafiaba a "payar", guitarra en mano: era también Zupay,[212] el Malo, como en la leyenda de Santos Vega. Los nativos hablan asimismo de un diminuto duende, que es como la encarnación humorística y bromista de Zupay. Es el travieso enano de la siesta, con[213] su corta estatura, su rostro magro y barbirrucio, el ingenio maligno bullendo bajo el ancho sombrerote de copa en embudo....
Los hijos de la Selva refieren otras revelaciones de Zupay. Cierto día los montes saladinos oyeron[214] el baladro de un fabuloso toro, bestia chúcara de olímpica frente sobre cuello crinado, y ¡era también Zupay! Otro día le vieron, entre las penumbras del ramaje, con rostro de sátiro, peludas piernas y hendidas patas de chivo....
He ahí cómo este dios o demonio numeroso parece mezclarse a la diaria existencia de esas campañas. Sus dominios se extienden a la espesura toda; y hasta un árbol de la flora local señala con nombre equívoco la presencia del mito. En la descriptiva nomenclatura de las plantas silvestres figura la _malop'taco_, "algarroba del diablo"....
III. El Kacuy
Vive en la Selva un pájaro nocturno que, al romper el silencio de las sombras, estremece el alma con su lúgubre canto. Esa ave tiene su historia. Y es la tragedia de su origen lo que evoca con su grito lastimero, ayeando entre las[215] arboledas tenebrosas: ¡Turay!... ¡Turay!...[216] ¡Turay!...
En la época muy remota, dicen las tradiciones indígenas, una pareja de hermanos (un hermano y una niña) habitaba un rancho en las selvas. Él era bueno; ella era cruel. Amábala él como pidiéndole ventura para sus horas huérfanas; pero ella acibaraba sus días con recalcitrante perversidad. Desesperado, abandonaba él en ocasiones la choza, internándose en las marañas; y ella amainaba en el aislamiento sus iras, hilando alguna vedija en la rueca o tramando una colcha en sus telares. Mientras vagaba por la Selva el buen hermano pensaba en la hermana, y, perdonándola siempre, llevábale al rancho las algarrobas más gordas, los místoles más dulces, las más sazonadas tunas. Vivían ambos de los frutos naturales en aquel siglo de Dios. Proveyendo a su subsistencia, él traía hoy para la casa un mikilo atrapado a garrote[217] por el estero cercano; o bien un sábalo pescado[218] en fisga en el remanso del río; si no un quirquincho[219] de la barranca próxima, o algún panal de lachiguana, manando rubio néctar por los simétricos alvéolos. Palmo a palmo conocía su monte, y, siendo cazador de tigres además, protegía la morada. Insigne buscador de mieles, nadie tenía más despiertos ojos para seguir a la abeja voladora que lo llevaba a su colmena: la de la _ashpa-mishqui_[220] escondida en el suelo, en un cardón enjambrada; la del _tiu-simi_ y la de _cayanes_ o de _queyas_ fabricada en el tronco de los más duros árboles.... Todo esto le costaba trabajo y pequeños dolores; pero ella en cambio mostrábase indiferente, como gozándose en sus penas.
Volvió él una tarde sediento, fatigado, tras un día de infructuosa pesquisa; pues, como reinaba la sequía, estaban yermos y en escasez[221] los campos. Sangrábale la mano, porque al pretender agarrar una perdiz boleada a lives y caída[222] entre unas matas, pinchóle el _uturuncu-huakachina_, el cactus espinoso "que hace llorar al tigre". Pidió entonces a su hermana un poco de hidromiel para beberla y otro de agua para restañarse los arañazos. Trajo ella ambas cosas; mas, en lugar de servírselas, derramó en su presencia en el suelo la botijilla de agua y el tupo de miel. El hombre,[223] una vez más, ahogó su desventura. Pero, como al día siguiente le volcara también la ollita donde se cocinaba el locro de su refrigerio habitual, desesperado,[224] resolvió vengarse. Encubriendo en su invitación sus deseos de venganza, invitóla para que le acompañase a un sitio no lejano, donde había descubierto miel abundante de _moro-moros_. No vistió su zamarra profesional, ni sus guanteletes, ni el sachasombrero, ni llevó la bocina de las meleadas porque juzgaba fácil la ventura. El árbol, un abuelo del bosque, era sin embargo de gigantesca talla. Cuando llegaron allí, el muchacho persuadió a su perversa hermana a que debían operar con cuidado, buscando beneficiarse del néctar sin destruir las abejas pequeñitas, pues se referían historias de cazadores meleros desaparecidos bruscamente a manos de un dios invisible que protege las colmenas.... Sobre la horqueta más alta[225] hizo pasar un lazo; y lo preparó en un extremo, a guisa de columpio, para que subiese su hermana, bien cubierta por el poncho, en defensa del enjambre, ya alborotado por la maniobra. Tirando al otro extremo, a manera de corrediza palanca, la solivió en el aire, hasta llegar a la copa; y, cuando ella se hubo instalado allí, sin descubrirse, él empezó a simular que ascendía por el tronco, desgajándolo a hachazos, mientras bajaba en realidad. Zafó después el lazo, y huyó sigilosamente.... Presa quedaba en lo alto la infeliz.
Transcurrieron instantes de silencio. Ella habló.... Nadie respondía.... Como empezaba a temer, soliviantó la manta que la tapaba, dejando apenas una rendija para espiar. El zumbido de los insectos la aturdió, pues el armado enjambre revolaba furioso en derredor, vibrante de alas y trompas. Ese rumor confuso revelaba la profundidad del silencio. ¿Qué podría ser? No sospechaba la hora ni el lugar. Ciega de horror y de coraje se desembozó de súbito; al descubrir el espacio, el vacío del vértigo la dominó.... ¡Sola, sola para siempre!
Abandonada a semejante altura, sobre un tronco liso y largo, sin otras ramas que ésas a las cuales se aferraban sus prietas manos, espiaba para ver si el hermano reaparecía por ahí. La acometían deseos de arrojarse, pero la brusquedad del golpe amilanábala. No obstante, si perecía allá, quien sabe si los caranchos no vendrían a saciarse en ella, como en las osamentas de los animales que morían ignorados en el monte.
Mientras tanto la noche iba descendiendo en[226] progresiva nitidez de sombra. Desde su atalaya, la pobre huérfana había podido, por primera vez, contemplar sobre el panorama de la Selva la inmensidad de los horizontes, y la sucesión de las copas verdes que se unían formando obscuro océano encrespado de gigantescas olas. El sol hundiéndose tras los árboles, la impresionó más soberbio qué nunca, iluminado el enorme lomo del bosque con su claridad apacible y decorado el cielo de Occidente por cosmogónicos resplandores. Luego vió aquella gran luz aguarse hasta disolverse toda en la noche,--noche sin astros para mayor desventura.... Nunca se le mostró más pavoroso el cielo, ni más callada la breña. Viniéronle ansias locas de perderse en lo ignoto, de hender esa inmensidad de árboles y tinieblas, o llenar el silencio de un solo grito. Mas, ahora, se le añusgaba la garganta muda y la lengua se le pegaba en la boca con sequedad de arcilla. Tiritaba como si el ábrego la azotase con su punzante frío y sentía el alma toda mordida por implacables remordimientos. Los pies, en esfuerzo anómalo con que ceñían su rama de apoyo, fueron desfigurándose en garras de buho; la nariz y las uñas se encorvaban; y los dos brazos, abiertos en agónica distensión, emplumecían desde los hombros a las manos. Disnea asfixiante la estranguló, y, al verse de pronto convertida en ave nocturna, un ímpetu de volar arrancóla del árbol y la empujó a las sombras....
Así nació el kacuy. La pena rompió en su garganta llamando a aquel hermano justiciero. Y el grito de contrición de esa mujer convertida en ave, resuena aún y resonará siempre sobre la noche de los bosques natales: ¡Turay!... ¡Turay!... ¡Turay!...
LA LEYENDA DE SANTOS VEGA
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