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Chapter C: O. Bunge

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Apenas descubierto el estuario que se llamaría más tarde río de La Plata, sin dejarse intimidar por la trágica muerte de su glorioso descubridor, don Juan Díaz de Solís, remontó en 1526 sus majestuosas[235] aguas don Sebastián Gaboto, marino veneciano[236] al servicio de España. Penetrando por primera vez en el río Paraná, fundó, en la desembocadura del río Carcarañá, sobre su margen izquierda, el fuerte del Espíritu Santo. Clavada allí la bandera de Castilla, dejó el fuerte a cargo de su guarnición, subió hasta las cataratas del Iguazú, y luego, por diversas circunstancias regresó a España.

Dos años habían pasado desde la partida de Gaboto, y el fuerte del Espíritu Santo conservaba su paz inalterable. Gobernábalo un hombre de distinguido mérito, don Nuño de Lara, en quien delegó Gaboto el mando. Una severa disciplina, sostenida por el ejemplo, quitaba a los suyos toda[237] ocasión de desmandarse. Por su propia seguridad, los españoles mantenían pacífico trato con una vecina tribu de indios, los timbúes. La buena inteligencia y los oficios de la cordialidad más expresiva apretaban de día en día los nudos de esa útil alianza.

Había entre los españoles una dama, Lucía Miranda, mujer del soldado Sebastián Hurtado. El cacique de los timbúes, Mangoré, prendado de su belleza, olvidó que era casada y resolvió hacerla su esposa. Decidido a robarla, preparó una horrible traición. Aprovechando una oportunidad en que salieron del fuerte, para procurarse víveres, buena parte de sus pobladores, al mando de uno de los capitanes, presentóse como amigo, seguido de treinta indios cargados de subsistencias. Esperaba afuera sus órdenes, escondido en la maleza y bien adoctrinado, su hermano Siripo, al mando de numerosa horda.

Sin sospechar los ocultos designios del cacique, recibió el donativo muy atento y agradecido don Nuño de Lara. Con su castellana generosidad, acogió a Mangoré y a su séquito bajo su mismo techo. Obsequióles con un espléndido festín, brindando confundidos españoles e indios al dios[238] de la amistad. Cuando terminó el festín recogiéronse a dormir unos y otros. El sueño rindió a los españoles. Y, entrada ya la noche, en el silencio[239] y las sombras, Mangoré cambió sigilosamente sus señas y contraseñas con su hermano Siripo; hizo prender fuego a la sala de armas y abrió las puertas del fuerte. De común acuerdo, los indios de Mangoré y de Siripo cayeron sobre los españoles dormidos. Algunos de éstos lograron sus armas, trabándose en combate siniestro. Con increíble valor, Lara repartía en cada golpe muchas muertes. En medio de la refriega buscó y encontró al fin a Mangoré. Aunque con una flecha en el costado, abrióse paso entre la confusa multitud hasta que pudo herir al traidor. La flecha, entretanto, con el movimiento y la lucha, habíale penetrado hondamente. Ambos, el cacique indio y el denodado capitán castellano, cayeron muertos. Sólo escaparon con vida del desastre algunos niños y mujeres, entre ellas Lucía Miranda, su inocente causa. Todos fueron llevados a presencia de Siripo, sucesor del detestable Mangoré, quien los guardó cautivos.

Al siguiente día volvió al fuerte Sebastián Hurtado. Su dolor fué igual a su sorpresa, cuando, después de encontrarse con ruinas en vez del baluarte, buscaba a su consorte y sólo hallaba despojos de la muerte. Luego que supo su cautividad, no[240] dudó un punto entre los extremos de morir o rescatarla. Precipitadamente se escapó de los suyos y llegó hasta la presencia de Siripo. Pero este bárbaro, habiendo muerto Mangoré, cacique él ahora de los timbúes, olvidóse como su finado hermano que Lucía era casada, y aspiraba a su vez a tomarla por esposa. Ya que se le presentaba tan inopinadamente el legítimo marido, ardiendo en celos infernales, decidió matarlo. Comprendió la heroica mujer la suerte que esperaba a Hurtado, y, estimando más la vida de su marido que la propia, renunció al tono altivo con que antes contestaba los avances de Siripo, y tomó a sus pies el tono de la súplica y el llanto. De tal modo consiguió que el cacique revocara su sentencia de muerte y salvó la vida a Hurtado; mas con la dura condición de que el soldado castellano se divorciase para siempre de Lucía y eligiera otra esposa entre las doncellas timbúes. Acaso por ganar partido en el corazón de la bella mujer blanca, que se mantenía firme en su resistencia a aceptarlo por esposo, el cacique llegó a permitirles[241] que se vieran de vez en cuando. No por eso consiguió el consentimiento de Lucía, que, como española y como cristiana, estaba resuelta a perder antes la existencia que la honra. Al contrario, en algunas de las breves entrevistas de los esposos, pudo notar que ambos renovaban sus juramentos de conyugal fidelidad. Entonces su furia no tuvo límites. Hizo atar a Sebastián Hurtado a un árbol, donde se le mató a saetazos, y mandó arrojar[242] a Lucía Miranda a una hoguera. Así, después de largo martirio y cautiverio, murieron ambos esposos, para eterno ejemplo de amor y de virtud.

Verdadera o fantástica, esta tradición ha perdurado en la mente de los habitantes del río de la Plata. Dos siglos y medio después de que ocurrió o pudo ocurrir el épico y luctuoso suceso, servía[243] él de argumento a una hermosa tragedia de corte clásico, en verso y tres actos, titulada _Siripo_. Su autor, el doctor Manuel José de Labardén, que nació en Buenos Aires en 1754 y murió probablemente poco antes de la gloriosa revolución de 1810, puede considerarse el más antiguo de los poetas cultos de la literatura argentina. Su obra, en sonoros hendecasílabos castellanos, representóse en el llamado _Corral_. Componíase este sitio, que[244] hacía las veces de teatro, de un terreno rodeado de un cerco o muralla baja y algún rancho en el fondo, para guardar sus vituallas o adminículos. Una chispa de un cohete disparado en la iglesia[245] de San Juan con motivo de celebrarse una fiesta religiosa, ocasionó un incendio que redujo a cenizas el rancho. En el incendio se quemó el precioso manuscrito de la tragedia, conservándose sólo algunos largos fragmentos. Perdida la obra de Labardén, las sombras familiares y heroicas de Lucía Miranda, Sebastián Hurtado, Mangoré y Siripo esperan, pues, el poeta que las cante en las nuevas generaciones de argentinos.

EL LUCERO DEL MANANTIAL

EPISODIO DE LA DICTADURA DE DON JUAN MANUEL ROSAS

MANUELA GORRITI

I. María

Era la hora en que calla el áspero relincho del potro salvaje; en que el "cucuyo" se adormece sobre el sinuoso tronco de los algarrobos, y en que el misterioso "pacui" comienza su lamentable[246] canto. La luna alzaba su disco brillante tras los cardos de la inmensa llanura; y su argentado rayo, deslizándose entre el frondoso ramaje de los "ombús" y las góticas ojivas de la ventana, bañaba con ardor el dulce rostro de María.

¡Viajeros del Plata! En vuestras lejanas excursiones en las campañas, ¿oísteis hablar de María?[247] Su recuerdo vive todavía en las tradiciones del Sur. María era la flor más bella que acarició la brisa tibia de la Pampa. Alta y esbelta como el junco azul de los arroyos, semejábale también en su elegante flexibilidad. Sombreaba su hermosa frente una espléndida cabellera que se extendía en negros espirales hasta la orla de su vestido. Sus ojos, en frecuente contemplación del cielo, habían robado a las estrellas su mágico fulgor; y su voz dulce y melancólica como el postrer sonido del arpa, tenía inflecciones de entrañable ternura que conmovían el corazón como una caricia. Y cuando en el silencio de la noche se elevaba cantando las alabanzas del Señor, los pastores de los vecinos campos se prosternaban creyendo escuchar la voz de algún ángel extraviado en el espacio. El viajero que la divisaba a lo lejos pasar envuelta en su blanco velo de virgen a la luz del crepúsculo, bajo la sombra de los sauces, exclamaba: "¡Es una hada!" Pero los habitantes del "pago" respondían: "Es la hija del comandante, el _Lucero del Manantial_."

En los últimos confines de la frontera del Sur, cerca de la línea que separa a los salvajes de las poblaciones cristianas, en el Pago del Manantial y entre los muros de un fuerte medio arruinado, habitaba María al lado de su padre, entre los soldados de la guarnición. El adusto veterano, antiguo compañero de Artigas, sólo desarrugaba el ceño de su frente surcada de cicatrices para sonreír a su hija. Para aquellos hombres hostigados por frecuentes invasiones y cuyos rostros tostados por el sol de la Pampa expresaban las inquietudes de una perpetua alarma, era María una blanca estrella que alegraba su vida derramando sobre ellos su luz consoladora.

Pero ella, que era la alegría de los otros, ¿por qué estaba triste? ¿Qué sombra había empañado el cristal purísimo de su alma? La hora del dolor había sonado para ella, y María pensaba,... pensaba en su amor.

II. Un Sueño

Una noche vino a turbar una visión el plácido sueño de la virgen. Vió un vasto campo cubierto de tumbas medio abiertas y sembrado de cadáveres degollados. De todos aquellos cuellos divididos manaban arroyos de sangre que, uniéndose en un profundo cauce, formaban un río cuyas rojas ondas murmuraban lúgubres gemidos y se ensanchaban y subían como una inmensa marea. Entre el vapor mefítico de sus orillas y hollando con planta segura el sangriento rostro de los muertos, paseábase un hombre cuyo brazo desnudo blandía un puñal.

Aquel hombre era bello; pero con una belleza sombría como la del arcángel maldito; y en sus ojos azules como el cielo, brillaban relámpagos siniestros que helaban de miedo. Y, sin embargo, una atracción irresistible arrastró a María hacia aquel hombre y la hizo caer en sus brazos. Y él, envolviéndola en su sombría mirada, abrasó sus labios con un beso de fuego, y sonriendo diabólicamente rasgóla el pecho y la arrancó el corazón, que arrojó palpitante en tierra para partirlo con su puñal. Pero ella, presa de un dolor sin nombre, se echó a sus pies y abrazó sus rodillas con angustia. En ese momento se oyó una detonación, y María, dando un grito se despertó.

III. El Encuentro

--¡Era un sueño!--exclamó palpando su pecho virginal, agitado todavía por los tumultuosos latidos de su corazón.--¡Era un sueño!

Y pasando la mano por su frente para alejar las últimas sombras del terrible sueño, María saltó del lecho, vistió sus ropas de fiesta, trenzó con flores su larga cabellera, y sentada gallardamente sobre el lustroso lomo de un brioso alazán, dióse gozosa a correr por los frescos oasis, sembrados como una vía láctea en las inmensas llanuras del Sur.

De repente el fogoso potro robado a las numerosas manadas de los salvajes, aspirando con rabioso deleite las magnéticas emanaciones que el viento traía de su agreste patria, sacudió su larga crin, mordió el freno, y burlando la débil mano que lo regía, partió veloz como una flecha, saltando zanjas y bebiendo el espacio. María, pálida de espanto, vióse arrebatar lejos del límite cristiano al través de las complicadas sendas que trillan los bárbaros con el afilado casco de sus corceles; y su terror crecía a la vista de un bosque negro que terminaba el horizonte, y entre cuyo ramaje el miedo dibujaba sombras confusas que se agitaban.

De improviso vibró en el aire un silbido extraño, semejante al chillido de un águila, y el caballo embolado por una mano invisible se abatió sobre sí mismo a tiempo que la joven se deslizaba al suelo sin sentido. Al volver en sí, se encontró reclinada en los brazos de un hombre y con la mejilla apoyada en su pecho. Ese hombre era sin duda quien la había salvado; y María, separándose de sus brazos, alzó hacia él una mirada de gratitud. El joven era bello; pero al verlo María dió un grito y volvió a caer exánime a los pies del incógnito.

Aquel hermoso joven era el fantasma de su sangriento sueño.

IV. Amor y Agravio

Ocho días más tarde María, velando inquieta, con el oído atento y la mirada fija, medio desnuda y oculta tras las vetustas ojivas, esperaba todas las noches a un hombre que, llegando cautelosamente al pie del ombú, asíase a sus ramas, escalaba la ventana y caía en sus brazos. Y la joven lo estrechaba en ellos con pasión; y apartándolo luego de sí, contemplábalo con delicia y volvía a arrojarse en sus brazos, exclamando: ¡Manuel! ¡Manuel! por qué te amo tanto, a ti que no sé quién eres, a ti el terrible fantasma de mi sueño? Y, sin embargo, quien quiera que seas, vengas del cielo o del abismo, y, aunque despedaces mi pecho y me arranques el corazón, ¡te amo! ¡te amo!

Y María deliraba de amor, hasta que la luz del alba le arrebataba a su amante que, deslizándose furtivamente entre el obscuro ramaje, se desvanecía con las sombras.

Pero una vez María lo esperó en vano. Y desde entonces, cada noche, sola y con el corazón palpitante de dolorosa ansiedad, vió pasar sobre su cabeza y perderse en el horizonte todos los astros del cielo, sin que aquél que alumbraba su alma volviera a aparecer jamás.

Por ese tiempo, la antorcha de la guerra civil abrasó aquellas comarcas, y el fragor del cañón homicida ahogó las risas y los gemidos.

V. Dieciséis Años Después

En las últimas horas de un día de verano, una silla de posta atravesó rápidamente las calles de Buenos Aires, y entró en el patio de una hermosa casa en la calle de la Victoria. Un hombre de porte distinguido que, asomado al balcón, parecía[248] esperar con impaciencia, bajó presuroso, y adelantándose al cochero, corrió a abrir la portezuela del carruaje, tendiendo los brazos a una bellísima mujer que se arrojó a su cuello: ¡Mi amada María!--¡Amigo mío!--exclamaron ambos a la vez estrechándose con ternura.

--¿Y mi hijo?... ¿Mi Enrique?--dijo de pronto la dama arrancándose de los brazos de su marido y tendiendo en torno una codiciosa mirada.

--Nuestro hijo, respondió él haciéndola entrar en un magnífico salón,--nuestro hijo,--amada mía, se halla en esta hora en el momento más solemne de su vida escolar: da un brillante examen. Acabo de dejarlo triplemente coronado; pero el premio más grato será el beso de su madre.

--¡Querido niño! ¿Es tan bello como a los doce años? ¡Oh!... ¡Alberto!... ¡Perdón!

--¿Perdón? ¿Y de qué?, amada María. ¿De ser una buena madre como eres una buena esposa? ¡Al contrario!, gracias por el amor que guardas para ese hijo cuya ternura ha alumbrado los tristes días de tu ausencia en los cinco años que me has dejado aquí sólo. ¡Ah! ¿Qué placer encontrabas en habitar Córdoba, lejos de tu hijo... lejos de tu esposo?

--¡Oh! ¡Alberto, noble y generoso corazón!--exclamó ella doblando una rodilla ante su marido.

Alberto la alzó en sus brazos: ¡Todavía esa injusta timidez! ¡Todavía esos importunos recuerdos! Me habéis prometido desecharlos y[249] ser feliz.

--Y soy dichosa, amigo mío. ¿Quién no lo sería cerca de ti? Pero, a medida que el tiempo pasa, la audaz confianza de la juventud desaparece, reemplazándola medrosos recelos. ¿Será falta de[250] fe? No, pues yo creo en ti como en el Dios del cielo; pero mientras más grande, mientras más[251] sublime me aparecías, menos digna me encontraba de acercarme a ti, y lo que tú llamas obstinación era un doloroso ostracismo.

--¡Pobre María! ¡Que nunca te oiga hablar así! ¡nunca! Te lo pido en nombre de tu hijo. Toca este corazón; es tu más firme apoyo. Reposa confiada sobre él, pues sólo alienta para ti.[252]

--¡Oh! ¡Dios mío!--dijo ella reclinándose en el seno de su marido, y elevando al cielo una mirada de gratitud.--¡Dios mío!, bendito seas porque has enviado al mundo degenerado que te reniega, estos seres de paz, de indulgencia y de amor para redimir su iniquidad y hacernos creer que en verdad formaste al hombre a tu divina imagen. Dieciséis años han pasado, dieciséis años... y en cada uno de esos días, en cada una de esas horas ví brotar en ese corazón, elevarse y resplandecer, alguna nueva virtud. Dieciséis años hace encontréme un día abandonada, sola entre mi dolor y un secreto terrible. La muerte era mi único recurso; pero yo no podía morir. Junto a mi corazón desgarrado palpitaba otro corazón que me pedía la vida y me encadenaba a una existencia de oprobio. Tú me apareciste entonces, Alberto.--Te amo, me dijiste, y mi amor ha penetrado el secreto de tu dolor. ¿Quieres confiarte en mí? Yo seré tu esposo, tu amigo, y..., me dijiste al oído, el padre de tu hijo.

--¡Y bien! ¡Y bien!--la interrumpió Alberto, con esa brusca genialidad de las almas generosas, para velar su grandeza.--¡Vaya un gran mérito![253] ¡Cumplir con una misión que nos haga feliz! Desgraciadamente, amada mía, no siempre es tan fácil conciliar el deber con la felicidad. Hoy, por ejemplo, colocado entre el amor y la conciencia, voy a sacrificar al deber la dulce costumbre de una antigua amistad. Yo que hasta ahora he sostenido a mi amigo con todos los recursos de mi influencia, voy a enarbolar contra él el estandarte de la oposición; y el cuerpo legislativo, que actualmente presido, me verá con asombro alzarme contra el voto que pretende dar a Rosas la facultad de reunir todos los poderes del Estado.

A estas palabras de su esposo, María palideció.

--¡Oh! ¡Alberto!--dijo, estrechando su mano con terror,--en nombre del cielo no toques la garra del tigre porque te despedazará!... Te despedazará y hará de tu cadáver una grada más para escalar la cima del poder.

--Y bien, amiga mía, moriría con la muerte de los buenos en el cumplimiento del deber. Pero tranquilízate, amada María; Rosas tiene un alma capaz de comprender mi sacrificio y me conservará su estimación, aunque me haya quitado su amistad.

En ese momento un ujier anunció a Alberto que la cámara reunida esperaba a su presidente para[254] discutir la importante cuestión del día. Alberto despidió al ujier y volvió hacia su mujer una mirada de ternura.

--¿Lo veis, querida mía?--le dijo,--mi sacrificio comienza desde ahora. Apenas he tenido tiempo de posar mis ojos en tu semblante, la voz del deber me llama lejos de tí; y aunque sea por muy pocas horas, toda separación en este momento me parece eterna....

Alberto se interrumpió. Habríase dicho que sus palabras encontraron algún eco misterioso en el fondo de su alma. Pero reponiéndose luego dijo a su esposa sonriendo:--Te dejo, amiga mía; pero voy a enviarte a Enrique y él desvanecerá para siempre esos importunos recuerdos que turban todavía la paz de tu alma.

Y besando tiernamente la mano que ella le tendía, salió no sin volverse muchas veces para contemplarla.

VI. Madre e Hijo

Cuando la dama quedó sola alzó los ojos al cielo con dolorosa expresión.--¡Jamás!--exclamó, ¡Jamás!... ¡Nunca se borrará esa imagen que encuentro siempre en el horizonte de mis recuerdos, en el semblante de mi hijo y en mi propio corazón! ¡He ahí esa frente altiva y meditabunda! ¡He ahí esos rasgados ojos azules de tan sombría y sin embargo tan hermosa mirada!... ¡Manuel! ¡Manuel!

La puerta se abrió con estrépito, y un hermoso mancebo de dieciséis años, de porte arrogante y risueña expresión, se precipitó en la sala y corrió a arrojarse en los brazos de la dama que lo estrechó en ellos sollozando y besó mil veces sus mejillas y su frente.

--¡Qué hermosa eres, mamá!--decía el joven, contemplando extasiado el radioso semblante de su madre.--Aunque tenía muy presentes las facciones de tu rostro, no creía que fueras tan bella. ¡Bendición del cielo![255] ¡Dejar la fría[256] atmósfera del colegio para venir a contemplar los rayos de este bello sol que da vida a mi vida y calor a mi alma!

--¡Poeta! ¡Poeta!--decía ella, sonriendo tiernamente a su hijo y meciéndolo como un niño en sus rodillas.--Me está recitando un madrigal.

--A propósito,--dijo el joven dejando su actitud de abandono y sentándose al lado de su madre.--Manuela Rosas me envió su álbum pidiéndome[257] un soneto. ¡Y lo había olvidado! ¡Ya! la veo tan pocas veces. Y no porque ella no sea una criatura amabilísima; pero me aleja de su lado el extraño sentimiento que me inspira su padre. Llamaríalo odio si su amistad con la mía no hicieran[258] el odio imposible.

--Todavía no conozco a ese hombre, y sin embargo me estremezco cuando oigo pronunciar su nombre; y no comprendo como el noble y bondadoso corazón de Alberto ha podido unirse a ese corazón feroz y sanguinario.

--Esta misma adhesión, madre mía, realza más la magnanimidad de ese corazón generoso, porque está exento de debilidad. Severa con el amigo, jamás transigirá con el tirano.

--¡Ay! sí, es verdad... pero heme aquí estremecida de espanto a la idea de esa austera integridad[259] que en este momento subleva quizá contra él en la[260] cámara legislativa el bando entero del despotismo.

--¡Qué!--exclamó el joven con los ojos centelleantes de entusiasmo, es hoy el día de su triunfo, y aun no estoy en la barra para aplaudirlo con la voz y con el alma.

Y besando rápidamente a su madre, desasióse de su convulsivo brazo y partió.

VII. En la Sala de Representantes

En ese día la sala de representantes de Buenos Aires presenció una escena digna de los mejores tiempos de la Roma heroica. Rosas, armado con la clave del terror, habiendo impuesto silencio al pueblo, y hecho también callar al cuerpo legislativo, quiso dar el último golpe a la dignidad nacional, y aspiró a la dictadura. Aspirar en él era mandar; y un día oyóse la sacrílega proposición en el santuario de las leyes. Ninguna voz se alzó para combatirla. Cada representante veía en el semblante de su vecino el triunfo del miedo sobre la conciencia, y si llevaba su mirada a lo[261] alto de la sala encontraba bajo el dosel que la dominaba al amigo, al confidente de Rosas... y callaba.

El presidente invitó a sus colegas a dar sus votos, ordenando que los que estuvieran por la proposición, se pusieran en pie; y con rostro apacible dió la señal. Dos hombres únicamente votaron en contra. El uno era Escalada, el inmaculado obispo de la metrópoli. El otro era... el presidente de la sala, el amigo de Rosas.

Hubo un momento de asombro y silencio: pero cuando la barra arrebatada de entusiasmo prorrumpió en una tempestad de aplausos, cuatro hombres enmascarados precipitáronse en la sala, y mientras tres de ellos rodearon la mesa del presidente, el cuarto hundió un puñal en el corazón de Alberto y huyó dejándolo clavado en el seno de su víctima.

Entonces en medio del silencio de horror que reinó en aquel recinto, oyóse la voz del anciano obispo, que, de pie aún, dijo alzando sobre el moribundo su mano venerable:--¡Sube al cielo, mártir de la libertad argentina! Yo te absuelvo en nombre de Dios y de la patria.--Y como si la noble alma de Alberto hubiera esperado aquella sublime bendición, exhalóse dulcemente en una triste sonrisa.

En aquel momento Enrique, que entraba en el peristilo de la sala de sesiones, fué atropellado por cuatro hombres que huían desolados entre[262] las sombras. El intrépido niño, conociendo por sus máscaras que acababan de cometer un crimen, asió al que iba delante; pero éste por medio de un violento esfuerzo logró escaparse, aunque dejando en las manos de su adversario la máscara que lo cubría. Al ver el rostro de aquel hombre el joven dió un grito, y se precipitó en la sala. A la vista del cadáver de su padre, Enrique se detuvo un momento, inmóvil, mudo, con los puños cerrados y la mirada fija. Luego, cayendo de rodillas, arrancó de su pecho el puñal homicida, y besando la herida con siniestra serenidad,--¡Adiós, padre mío!--dijo estrechando la mano helada del muerto,--muy luego me reuniré contigo; pero entonces te habré vengado.

Guardó en su seno el arma ensangrentada y se alejó con firmes pasos.

VIII. El Terrible Drama

La luz del siguiente día encontró en las calles de Buenos Aires numerosas huellas de escenas semejantes a la que tuvo lugar en la noche anterior en la sala de representantes. Un puñal había amenazado la vida de Rosas; aunque se había arrestado al delincuente, no habiendo podido arrancarle confesión alguna, había sacrificado indistintamente a todas personas sospechosas de complicidad en aquel atentado.

A dos leguas de distancia, al frente del palacio dictatorial de Palermo, un destacamento de infantería[263] acababa de hacer alto. Sonó el tambor y aquella fuerza se formó en cuadro. Vióse entonces en el centro del siniestro vacío un joven como Isaac, y maniatado como él, y en frente cuatro[264] soldados que a la voz de un oficial preparaban sus armas.

Pero, cuando los fatales fusiles se inclinaron sobre él, cuando con la frente erguida y la mirada serena el noble mancebo esperaba la muerte, oyóse un grito de suprema angustia y una mujer pálida, anhelante, desmelenada, rompiendo con esfuerzo febril la línea de bayonetas que le cerraba el paso, se arrojó de repente sobre el joven y estrechándolo en un abrazo desesperado lo cubrió con todo su cuerpo. Los soldados, vivamente conmovidos, volviéronse hacia el oficial que los mandaba. Pero éste que sentía pesar sobre sí una terrible responsabilidad, ahogando su profunda emoción, mandó apartar a la madre y conducirla fuera del cuadro.

--¡Ah!--exclamó ella arrancándose de los brazos de su hijo y cayendo a los pies del oficial.--Dadme al menos por lo que más améis en este mundo, dadme un cuarto de hora que necesito para obtener la gracia de mi hijo, o morir.

El veterano sonrió tristemente:--Id, pobre madre, id--dijo siguiéndola con una mirada de compasión.

--En nombre de esta hora suprema,--gritó el niño,--yo os lo prohibo, madre mía. No pidáis gracia al asesino de vuestro esposo, o vuestro hijo os maldecirá desde la eternidad.

Mas ella sin escucharlo corrió desolada hacia el[265] palacio. Atravesó, sin que nadie pudiera detenerla, los patios, los vestíbulos, las galerías y los salones, preguntando a su paso por aquél de quien esperaba la muerte o la vida. Un edecán entreabrió un gabinete y la mostró un hombre que apoyado en[266] una mesa ocultaba su rostro entre las manos. La desventurada, precipitándose en el cuarto, fué a caer a sus pies. Pero al mirar a aquel hombre el ruego se le heló en su labio pálido que se movió sin articular sonido alguno.

En ese momento sonó una detonación. La infeliz madre cayó sin sentido gritando:--¡Manuel! ¡Manuel! ¿Qué has hecho de tu hijo?...

IX. Conclusión

Mucho tiempo hacía que el antiguo fuerte de la Pampa era ya sólo un montón de escombros ennegrecidos por el humo del incendio. Los indios en una salida lo habían quemado, asesinando al viejo comandante con toda la guarnición. Desde entonces el doble silencio de la muerte y del abandono reinó en torno de aquellos muros, y el terror supersticioso que inspiraban las ruinas apartó de allí los pasos del viajero.

Sin embargo, una noche, al alzarse la luna sobre el horizonte, los habitantes del "pago" vieron una mujer pálida, enflaquecida y arrastrando negros cendales, que atravesó gimiendo las avenidas de sauces y se perdió entre las desmoronadas murallas del fuerte.

Algunos la tuvieron por una aparición; pero otros creyeron conocer en ella a María, la hija del viejo comandante, el bello _Lucero del Manantial_.

LIMA, agosto de 1860.

LOS 3000 PESOS DE DORREGO

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Argentina, Legend and HistoryChapter C: O. Bunge

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