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Chapter IV: Rhyme (3)

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--¡Dios mío! exclamó Garcés al percibir aquellos lamentos angustiosos. ¡Dios mío, si será verdad! Y fuera de sí, como loco, sin darse cuenta apenas de lo que le pasaba, corrió en la dirección en que había disparado la saeta, que era la misma en que sonaban los gemidos. Llegó al fin; pero al llegar, sus cabellos se erizaron de horror, las palabras se anudaron en su garganta, y tuvo que agarrarse al tronco de un árbol para no caer á tierra.

Constanza, herida por su mano, expiraba allí á su vista, revolcándose en su propia sangre, entre las agudas zarzas del monte.

LA AJORCA DEL ORO

I

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura que no se parece en nada á la que soñamos en los ángeles, y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio á algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

Él la amaba: la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios; amor que se asemeja á la felicidad, y que, no obstante, parece infundir el cielo para la expiación de una culpa.

Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres[1] del mundo.

[Footnote 1: This cynical view of women is repeated in some of
Becquer's verses, and may not unlikely have been caused by a bitter
personal experience, as the love-story embodied in the poems seems
to suggest.]

Él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época.

Ella se llamaba María Antunez.

Él Pedro Alfonso de Orellana.

Los dos eran toledanos[1], y los dos vivían en la misma ciudad que los vió nacer.

[Footnote 1: toledanos--'of Toledo.' Toledo is the capital of a
province of the same name. It is situated on the Tagus not far to
the south of Madrid. "The city was the ancient capital of the
Carpetani, and was conquered by the Romans about 193 B.C. It was the
capital of the West-Gothic realm;... was the second city in the
country under the Moorish rule; was taken by Alfonso VI of Castile
and Leon in 1085;... and was the capital of Castile until superseded
by Madrid in the sixteenth century." _Century Dict_. Population
(1900) 23,375. Within its walls it presents the appearance of a
Moorish city with huddled dwellings and narrow, crooked streets,
which afford but scanty room even for the foot passenger. Viewed
from without it is unrivaled for stern picturesqueness. "The city
lies on a swelling granite hill in the form of a horseshoe, cut out,
as it were, by the deep gorge of the Tagus from the mass of
mountains to the south. On the north it is connected with the great
plain of Castile by a narrow isthmus. At all other points the sides
of the rocky eminence are steep and inaccessible." (Baedeker.)
"Toledo, on its hillside, with the tawny half-circle of the Tagus at
its feet, has the color, the roughness, the haughty poverty of the
sierra on which it is built, and whose strong articulations from the
very first produce an impression of energy and passion." (Quoted
from M. Maurice Barrès in Hannah Lynch's _Toledo_, London, 1903, p.
3.)]

La tradición que refiere esta maravillosa historia, acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.

Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos mejor.

II

Él la encontró un día llorando y le pregunto:--¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió á llorar.

Pero entonces, acercándose á María, le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río, y torno á decirle:--¿Por que lloras?

El Tajo[1] se retorcía gimiendo al pie del mirador[2] entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial.[3] El sol trasponía los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y solo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.

[Footnote 1: El Tajo = 'The Tagus.' "The longest river in the
Spanish peninsula.... It rises in the province of Teruel, Spain, in
the mountain Muela de San Juan; flows west through New Castile and
Estremadura; forms part of the boundary between Spain and Portugal;
and empties by two arms into the Bay of Lisbon. The chief city on
its banks in Spain is Toledo." _Century Dict._]

[Footnote 2: mirador = 'lookout,' a kind of bow in the wall
surrounding some of the heights of Toledo.]

[Footnote 3: imperial. Referring probably to the time of the Roman
dominion, which, though it lasted some two hundred years, has left
in the monuments of Toledo very little evidence of its duration. See
p. 50, note 2.]

María exclamó:--No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes; pues ni yo sabré contestarte, ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio, fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aún concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó á inclinar la frente, y él á reiterar sus preguntas.

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo á su amante con voz sorda y entrecortada.

--Tú lo quieres, es una locura que te hará reir; pero no importa: te lo diré, puesto que lo deseas.

Ayer estuve en el templo.[1] Se celebraba la fiesta de la Virgen;[2] su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un[3] ascua de fuego; las notas del órgano temblaban dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el _Salve, Regina_[4]

[Footnote 1: templo. Reference is made here to the cathedral of
Toledo.]

[Footnote 2: la fiesta de la Virgen. Probably the festival of the
Assumption, August 15, as this is generally considered the most
important of the various festivals in honor of the Virgin, such as,
for example, the Nativity of Mary (September 8), the Purification of
the Blessed Virgin (February 2), and the Annunciation (March 25).]

[Footnote 3: un. For _una_. This use is not sanctioned by the
Spanish Academy, nor, as Knapp says, "by the best modern writers."]

[Footnote 4: Salve, Regina = 'Hail, Queen (of Mercy).' The first
words of a Latin antiphon ascribed to Hermannus Contractus (b.
1013-d. 1054). In mediaeval times it was a great favorite with the
church, and was appointed for use at compline, from the first
vespers of Trinity Sunday up to nones on the Saturday before Advent
Sunday. See John Julian, _Dictionary of Hymnology_, London, 1892, p.
991.]

Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron desde luego en la imagen, digo mal, en la imagen no; se fijaron en un objeto que hasta entonces no había visto, un objeto que, sin poder explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención. No te rías ... aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su divino Hijo.... Yo aparte la vista y torné á rezar.... ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de las llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud....

Salí del templo, vine á casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude.... Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento.... Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás? aun en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y de pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo, era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí.--¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya.--¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? pues no es tuya, no lo será nunca, nunca.... Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador ... nunca ... nunca ...--Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante á un clavo ardiente, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás.... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la frente.... ¿No te hace reir mi locura?

Pedro, con un movimiento convulsive, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que en efecto había inclinado, y dijo con voz sorda:

--¿Que Virgen tiene esa presea?

--La del Sagrario,[1] murmuró María.

[Footnote 1: La (Virgen) del Sagrario. A highly venerated figure of
the Virgin, made of a dark-colored wood and almost covered with
valuable jewels. It stands now in the chapel of the same name, to
which visitors are seldom admitted.]

--¡La del Sagrario! repitió el joven con acento de terror: ¡la del Sagrario de la catedral!...

Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.

--¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen?[1] prosiguió con acento enérgico y apasionado; ¿por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona, ó el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para tí, aunque me costase la vida ó la condenación. Pero á la Virgen del Sagrario, á nuestra Santa Patrona, yo ... yo que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!

[Footnote 1: otra Virgen. There are several other statues of the
Virgin in the cathedral, for which, however, less reverence is felt.
The choice of certain statues of Christ or of the Virgin for special
veneration is very characteristic of Spanish Catholics. See p. 152,
note 2.]

--¡Nunca! murmuro María con voz casi imperceptible; ¡nunca!

Y siguió llorando.

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río. En la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial.

III

¡La catedral de Toledo![1] Figuraos un bosque de gigantes palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

[Footnote 1: La catedral de Toledo. The construction of the Toledo
Cathedral is essentially of the thirteenth century, although it was
not finished until 1493. The exterior of this vast church, with its
great doors, rose-windows, and beautiful Gothic towers, the northern
one of which (295 ft.) has alone been finished, is of surpassing
grandeur and beauty, and nothing could be more sumptuous or more
impressive than its interior. "And should time be short for detailed
inspection, it is this general effect of immense naves, of a forest
of columns and of jeweled windows that we carry away, feeling too
small amidst such greatness of form and incomparable loveliness of
lights for the mere expression of admiration." Hannah Lynch,
_Toledo_, London, 1903, pp. 150-151.]

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas; donde lucha y se pierde con la obscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos ban derramado á porfía el tesoro de sus creencias, de su inspiration y de sus artes.

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo, y un santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra.

La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas; el ateísmo debe curarse respirando su atmosfera de fe.

Pero si grande, si imponente se presenta la catedral á nuestros ojos á cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería, sus gradas de alfombra y sus pilares de tapices.

Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro, y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios que vive en él, y lo anima con su soplo y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.[1]

[Footnote 1: octava de la Virgen. The eight days during which is
solemnized the principal fête of the Virgin, August 15-22. See p.
52, note 3.]

La fiesta religiosa había traído á ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones; ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyo un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.

Era Pedro.

¿Que había pasado entre los dos amantes para que se arrastrara al fin á poner por obra una idea que sólo el concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse.

Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar á cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.

La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un silencio profundo.

No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, ó murmullos del viento, ó ¿quién sabe? acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe, pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora á sus espaldas, ora á su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino, llego á la verja, y subió la primera grada de la capilla mayor.[1] Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes,[2] cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario á cuya sombra descansan todos por una eternidad.

[Footnote 1: la primera ... mayor. There are three steps that lead
up to the chapel, which is separated from the transept to-day by a
magnificent reja (screen or grating), dating from 1548, and is
filled with treasures of art.]

[Footnote 2: los reyes. Alfonso VII, the Infante Don Pedro de
Aguilar (son of Alfonso XI), Sancho III, and Sancho IV are buried
here.]

--¡Adelante! murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban anchas y obscuras losas sepulcrales.

Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron á su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.

--¡Adelante! volvió á exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara, y trepando por ella subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas y luz dudosa, más imponente aún que la obscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreir tranquila, bondadosa, y serena en medio de tanto horror.

Sin embargo, aquella sonrisa muda é inmóvil que le tranquilizara[1] un instante, concluyó por infundirle temor; un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.

[Footnote 1: tranquilizara. See p.16, note 3.]

Tornó empero á dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía á una fortuna.[2]

[Footnote 2: equivalía á una fortuna. The jewels of this Virgin,
presents for the most part from crowned heads and high church
dignitaries, are in fact of immense value.]

Ya la presea estaba en su poder: sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural, sólo restaba huir, huir con ella: pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que semejantes á blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios.

La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos, y ocupaban todo el ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin pupila.

Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos, se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. Á sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces, inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos de las bóvedas, pululaban como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quimericos, deformes, horrorosos.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre obscureció sus pupilas, arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse, exclamó con una estridente carcajada:

--¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.

EL CRISTO DE LA CALAVERA[1]

[Footnote 1: See p. 70, note 1.]

El rey de Castilla[1] marchaba á la guerra de moros,[2] y para combatir con los enemigos de la religión había apellidado en son de guerra á todo lo más florido de la nobleza de sus reinos. Las silenciosas calles de Toledo[3] resonaban noche y día con el marcial rumor de los atabales y los clarines, y ya en la morisca puerta de Visagra,[4] ya en la del Cambrón,[5] en la embocadura del antiguo puente de San Martín,[6] no pasaba hora sin que se oyese el ronco grito de los centinelas, anunciando la llegada de algún caballero que, precedido de su pendón señorial y seguido de jinetes y peones, venía á reunirse al grueso del ejército castellano.

[Footnote 1: See p. 34, note 1.]

[Footnote 2: moros = 'Moors.' The Arabs who conquered Mauritania in
the Seventh century converted the native race to Mohammedanism, and
it was this mixed population that entered Spain by Gibraltar in 71.
There they remained in almost constant warfare with the Christians
until they were finally defeated at Granada by the armies of
Ferdinand and Isabella and driven from Spain in 1492.

Toledo was entered by the Christians under Alfonso VI in 1085. From
this time on Christian arms began to prevail in the peninsula.]

[Footnote 3: Toledo. See p. 50, note 2.]

[Footnote 4: puerta de Visagra. The gate referred to here is the
_Puerta Visagra Antigua_, an ancient Arab gate of the ninth century,
a little to the west of the _Puerta Visagra Actual_, which latter
was not built until 1550. The old _Puerta Visagra_ is now blocked
up. It was through this gateway that Alfonso VI entered Toledo. "The
work is entirely Moorish, of the first period, heavy and simple,
with the triple arches so delightfully curved in horseshoe shape,
and the upper crenelated apertures." H. Lynch, _Toledo_, London,
1903, p. 297. Its name is probably from the Arabic, either from _Bâb
Shaqrâ_ (red gate) or _Bâb Sharâ_ (field-gate).]

[Footnote 5: la del Cambrón. The Puerta del Cambrón is one of the
three open gateways in the outer walls of Toledo to-day. "Entering
the city by the Bridge of San Martín, you front the gate of the
Cambrón, so called from the brambles that grew about that small,
charming, pinnacled edifice, which was built upon the spot of
Wamba's old gate in Alfonso VI's time, and was then completely
Moorish in style. In 1576 it was restored and took on its present
half renaissance, half classical aspect." Ib., p. 295.]

[Footnote 6: Puente de San Martín. "The imposing _Puente de San
Martín_, which spans the Tagus to the west of the town, was built in
1212 and renewed in 1390. It consists of five arches, that in the
center being about 100 ft. in height Each end is guarded by a
gate-tower.... The gorge of the Tagus here is very imposing."
Baedeker, _Spain and Portugal_ (1901), p. 150.]

El tiempo que faltaba para emprender el camino de la frontera y concluir de ordenar las huestes reales, discurría en medio de fiestas públicas, lujosos convites y lucidos torneos, hasta que, llegada al fin la víspera del día señalado de antemano por S.A.[1] para la salida del éjercito, se dispuso un postrer sarao, con el que debieran terminar los regocijos.

[Footnote 1: S. A. Abbreviation for Su Alteza, 'His Highness,' a
title given to the kings of Spain down to the Austrian dynasty, and
now applied to princes and regents.]

La noche del sarao, el alcázar[1] de los reyes ofrecía un aspecto singular. En los anchurosos patios, alrededor de inmensas hogueras, y diseminados sin orden ni concierto, se veía una abigarrada multitud de pajes, soldados, ballesteros y gente menuda, quienes, éstos aderezando sus corceles y sus armas y disponiendolos para el combate; aquéllos saludando con gritos ó blasfemias las inesperadas vueltas de la fortuna, personificada en los dados del cubilete, los otros repitiendo en coro el refrán de un romance de guerra, que entonaba un juglar acompañado de la guzla; los de más allá comprando á un romero conchas,[2] cruces y cintas tocadas en el sepulcro de Santiago,[3] ó riendo con locas carcajadas de los chistes de un bufón, ó ensayando en los clarines el aire bélico para entrar en la pelea, propio de sus señores, ó refiriendo antiguas historias de caballerías ó aventuras de amor, ó milagros recientemente acaecidos, formaban un infernal y atronador conjunto imposible de pintar con palabras.

[Footnote 1: el alcázar. The Alcazar (Arab, _al qaçr_, 'the castle')
"stands on the highest ground in Toledo. The site was originally
occupied by a Roman '_castellum_' which the Visigoths also used as a
citadel. After the capture of the city by Alfonso VI the Cid resided
here as 'Alcaide.' Ferdinand the Saint and Alfonso the Learned
converted the castle into a palace, which was afterwards enlarged
and strengthened by John II, Ferdinand and Isabella, Charles V, and
Philip II." (Baedeker, 1901, p. 152) It has been burned and restored
several times. The magnificent staircase is due to Charles V, whose
name the Alcazar sometimes bears.]

[Footnote 2: conchas = 'shells.' During the Middle Ages pilgrims
often ornamented their clothing with shells, particularly with
scallop-shells, to indicate doubtless that they had crossed the sea
to the Holy Shrine in Palestine; for this reason the scallops were
known as "pilgrim shells." See the _Encyclopedia Americana_
("Shell"). According to one of the legends the remains of St. James
were brought to Spain in a scallop-shell; hence the use of that
emblem by pilgrims to his sanctuary.]

[Footnote 3: Santiago = 'St. James,' the patron saint of Spain. A
legend of about the twelfth century tells us that the remains of St.
James the Greater, son of Zebedee, after he was beheaded in Judea,
were miraculously brought to Spain and interred in a spot whose
whereabouts was not known until in the ninth century a brilliant
star pointed out the place ('campus stellae'). The cathedral of
Santiago de Compostela was erected there, and throughout the Middle
Ages it was one of the most popular pilgrim-resorts in Christendom.]

Sobre aquel revuelto océano de cantares de guerra, rumor de martillos que golpeaban los yunques, chirridos de limas que mordían el acero, piafar de corceles, voces descompuestas, risas inextinguibles, gritos desaforados, notas destempladas, juramentos y sonidos extraños y discordes, flotaban á intervalos como un soplo de brisa armoniosa los lejanos acordes de la música del sarao.

Éste, que tenía lugar en los salones que formaban el segundo cuerpo del alcázar, ofrecia a su vez un cuadro, si no tan fantástico y caprichoso, más deslumbrador y magnífico.

Por las extensas galerías que se prolongaban á lo lejos formando un intrincado laberinto de pilastras esbeltas y ojivas caladas y ligeras como el encaje, por los espaciosos salones vestidos de tapices, donde la seda y el oro habían representado, con mil colores diversos, escenas de amor, de caza y de guerra, y adornados con trofeos de armas y escudos, sobre los cuales vertían un mar de chispeante luz un sinnúmero de lámparas y candelabros de bronce, plata y oro, colgadas aquéllas de las altísimas bóvedas, y enclavados éstos en los gruesos sillares de los muros; por todas partes á donde se volvían los ojos, se veían oscilar y agitarse en distintas direcciones una nube de damas hermosas con ricas vestiduras, chapadas en oro, redes de perlas aprisionando sus rizos, joyas de rubíes llameando sobre su seno, plumas sujetas en vaporoso cerco á un mango de marfil, colgadas del puño, y rostrillos de 'blancos encajes, que acariciaban sus mejillas, ó alegres turbas de galanes con talabartes de terciopelo, justillos de brocado y calzas de seda, borceguíes de tafilete, capotillos de mangas perdidas y caperuza, puñales con pomo de filigrana y estoques de corte, bruñidos, delgados y ligeros.

Pero entre esta juventud brillante y deslumbradora, que los ancianos miraban desfilar con una sonrisa de gozo, sentados en los altos sitiales de alerce que rodeaban el estrado real llamaba la atención por su belleza incomparable, una mujer aclamada reina de la hermosura en todos los torneos y las cortes de amor de la época, cuyos colores habían adoptado por emblema los caballeros más valientes; cuyos encantos eran asunto de las coplas de los trovadores más versados en la ciencia del gay saber; á la que se volvían con asombro todas las miradas; por la que suspiraban en secreto todos los corazones, alrededor de la cual se veían agruparse con afán, como vasallos humildes en torno de su señora, los más ilustres vástagos de la nobleza toledana, reunida en el sarao de aquella noche. Los que asistían de continuo á formar el séquito de presuntos galanes de doña Inés de Tordesillas, que tal era el nombre de esta celebrada hermosura, á pesar de su carácter altivo y desdeñoso, no desmayaban jamás en sus pretensiones; y éste, animado con una sonrisa que había creído adivinar en sus labios; aquél, con una mirada benévola que juzgaba haber sorprendido en sus ojos; el otro, con una palabra lisonjera, un ligerísimo favor ó una promesa remota, cada cual esperaba en silencio ser el preferido. Sin embargo, entre todos ellos había dos que más particularmente se distinguían por su asiduidad y rendimiento, dos que al parecer, si no los predilectos de la hermosa, podrían calificarse de los más adelantados en el camino de su corazón. Estos dos caballeros, iguales en cuna, valor y nobles prendas, servidores de un mismo rey y pretendientes de una misma dama, llamábanse Alonso de Carrillo el uno, y el otro Lope de Sandoval.

Ambos habían nacido en Toledo; juntos habían hecho sus primeras armas, y en un mismo día, al encontrarse sus ojos con los de doña Inés, se sintieron poseídos de un secreto y ardiente amor por ella, amor que germinó algún tiempo retraído y silencioso, pero que al cabo comenzaba á descubrirse y á dar involuntarias señales de existencia en sus acciones y discursos.

En los torneos del Zocodover,[1] en los juegos florales de la corte, siempre que se les había presentado coyuntura para rivalizar entre sí en gallardía ó donaire, la habían aprovechado con afán ambos caballeros, ansiosos de distinguirse á los ojos de su dama; y aquella noche, impelidos sin duda por un mismo afán, trocando los hierros por las plumas y las mallas por los brocados y la seda, de pie junto al sitial donde ella se reclinó un instante después de haber dado una vuelta por los salones, comenzaron una elegante lucha de frases enamoradas é ingeniosas, ó epigramas embozados y agudos.

[Footnote 1: El Zocodover. A small, quaint, three-cornered plaza,
with two sides straight and the third curved, surrounded by
buildings with rough arcades shading the shops on the ground floor.
It used to be the scene of tournaments and bull-fights, as well as
being the market-place, as it is to-day. "The life of the city then
(after the Christian conquest), as now, spread from the Zocodover,
word of inexplicable charm, said to be Arabian and to signify 'Place
of the Beasts.' Down the picturesque archway, cut in deep yellow
upon such a blue as only southern Europe can show at all seasons, a
few steps lead you to the squalid ruin where Cervantes slept, ate
and wrote the _Ilustre Fregona_. So exactly must it have been in the
day Cervantes suffered and smiled, offering to his mild glance just
such a wretched and romantic front." H. Lynch, _op. cit._, pp.
119-120]

Los astros menores de esta brillante constelación, formando un dorado semicírculo en torno de ambos galanes, reían y esforzaban las delicadas burlas; y la hermosa, objeto de aquel torneo de palabras, aprobaba con una imperceptible sonrisa los conceptos escogidos ó llenos de intención, que, ora salían de los labios de sus adoradores, como una ligera onda de perfume que halagaba su vanidad, ora partían como una saeta aguda que iba á buscar para clavarse en él, el punto más vulnerable del contrario, su amor propio.

Ya el cortesano combate de ingenio y galanura comenzaba á hacerse de cada vez más crudo; las frases eran aún corteses en la forma, pero breves, secas, y al pronunciarlas, si bien las acompañaba una ligera dilatación de los labios, semejante á una sonrisa, los ligeros relámpagos de los ojos imposibles de ocultar, demostraban que la cólera hervía comprimida en el seno de ambos rivales.

La situación era insostenible. La dama lo comprendió así, y levantándose del sitial se disponía á volver á los salones, cuando un nuevo incidente vino á romper la valla del respetuoso comedimiento en que se contenían los dos jóvenes enamorados. Tal vez con intención, acaso por descuido, doña Inés había dejado sobre su falda uno de los perfumados guantes, cuyos botones de oro se entretenía en arrancar uno á uno mientras duró la conversación. Al ponerse de pie, el guante resbaló por entre los anchos pliegues de seda, y cayó en la alfombra. Al verle caer, todos los caballeros que formaban su brillante comitiva se inclinaron presurosos á recogerle,[1] disputándose el honor de alcanzar un leve movimiento de cabeza en premio de su galantería.

[Footnote 1: le. This use of the accusative _le_ instead of _lo_,
when the object is not personal, is sanctioned by the Spanish
Academy. See _Gramática de La Lengua Castellana por La Real Academia
Española_, nueva edición, Madrid, 1901, p. 241.]

Al notar la precipitación con que todos hicieron el ademán de inclinarse, una imperceptible sonrisa de vanidad satisfecha asomó á los labios de la orgullosa doña Inés, que después de hacer un saludo general á los galanes que tanto empeño mostraban en servirla, sin mirar apenas y con la mirada alta y desdeñosa, tendió la mano para recoger el guante en la dirección que se encontraban Lope y Alonso, los primeros que parecían haber llegado al sitio en que cayera.[1] En efecto, ambos jóvenes habían visto caer el guante cerca de sus pies; ambos se habían inclinado con igual presteza á recogerle,[2] y al incorporarse cada cual le[2] tenía asido por un extremo. Al verlos inmóviles, desafiándose en silencio con la mirada, y decididos ambos á no abandonar el guante que acababan de levantar del suelo, la dama dejó escapar un grito leve é involuntario, que ahogó el murmullo de los asombrados espectadores, los cuales presentían una escena borrascosa, que en el alcázar y en presencia del rey podría calificarse de un horrible desacato.

[Footnote 1: _cayera_. See p. 16, note 3.]

[Footnote 2: le. See p. 66, note 1.]

No obstante, Lope y Alonso permanecían impasibles, mudos, midiéndose con los ojos, de la cabeza á los pies, sin que la tempestad de sus almas se revelase más que por un ligero temblor nervioso, que agitaba sus miembros como si se hallasen acometidos de una repentina fiebre.

Los murmullos y las exclamaciones iban subiendo de punto; la gente comenzaba á agruparse en torno de los actores de la escena; doña Inés, ó aturdida ó complaciéndose en prolongarla, daba vueltas de un lado á otro, como buscando donde refugiarse y evitar las miradas de la gente, que cada vez acudía en mayor número. La catástrofe era ya segura; los dos jóvenes habían ya cambiado algunas palabras en voz sorda, y mientras que con la una mano sujetaban el guante con una fuerza convulsiva, parecían ya buscar instintivamente con la otra el puño de oro de sus dagas, cuando se entreabrió respetuosamente el grupo que formaban los espectadores, y apareció el Rey.

Su frente estaba serena; ni había indignación en su rostro, ni cólera en su ademán.

Tendió una mirada alrededor, y esta sola mirada fué bastante para darle á conocer lo que pasaba. Con toda la galantería del doncel más cumplido, tomó el guante de las manos de los caballeros que, como movidas por un resorte, se abrieron sin dificultad al sentir el contacto de la del monarca, y volviéndose á doña Inés de Tordesillas que, apoyada en el brazo de una dueña,[1] parecía próxima á desmayarse, exclamó, presentándolo, con acento, aunque templado, firme:

[Footnote 1: dueña = 'duenna,' an elderly woman who occupies a
position midway between that of governess and companion to young
Spanish women.]

--Tomad, señora, y cuidad de no dejarle[1] caer en otra ocasión, donde al devolvérosle,[2] os lo devuelvan manchado en sangre.

[Footnote 1: le. See p. 66, note 1.]

[Footnote 2: le. See p. 66, note 1.]

Cuando el rey terminó de decir estas palabras, doña Inés, no acertaremos á decir si á impulsos de la emoción, ó por salir más airosa del paso, se había desvanecido en brazos de los que la rodeaban.

Alonso y Lope, el uno estrujando en silencio entre sus manos el birrete de terciopelo, cuya pluma arrastraba por la alfombra, y el otro mordiéndose los labios hasta hacerse brotar la sangre, se clavaron una mirada tenaz é intensa.

Una mirada en aquel lance equivalía á un bofetón, á un guante arrojado al rostro, á un desafío á muerte.

II

Al llegar la media noche, los reyes se retiraron á su camara. Terminó el sarao y los curiosos de la plebe que aguardaban con impaciencia este momento, formando grupos y corrillos en las avenidas del palacio, corrieron á estacionarse en la cuesta del alcázar,[1] los miradores[2] y el Zocodover.

[Footnote 1: la cuesta del alcázar. This is the name of the street
that leads from the Zocodover up to the height on which is situated
the Alcazar (see p. 61, note 3).]

[Footnote 2: miradores. See p. 51 note 2.]

Durante una ó dos horas, en las calles inmediatas á estos puntos reinó un bullicio, una animación y un movimiento indescriptibles. Por todas partes se veían cruzar escuderos caracoleando en sus corceles ricamente enjaezados; reyes de armas con lujosas casullas llenas de escudos y blasones: timbaleros vestidos de colores vistosos, soldados cubiertos de armaduras resplandecientes, pajes con capotillos de terciopelo y birretes coronados de plumas, y servidores de á pie que precedían las lujosas literas y las andas cubiertas de ricos paños, llevando en sus manos grandes hachas encendidas, á cuyo rojizo resplandor podía verse á la multitud, que con cara atónita, labios entreabiertos y ojos espantados, miraba desfilar con asombro á todo lo mejor de la nobleza castellana, rodeada en aquella ocasión de un fausto y un esplendor fabulosos.

Luego, poco á poco fué cesando el ruido y la animación; los vidrios de colores de las altas ojivas del palacio dejaron de brillar; atravesó por entre los apiñados grupos la última cabalgata; la gente del pueblo á su vez comenzó á dispersarse en todas direcciones, perdiéndose entre las sombras del enmarañado laberinto de calles obscuras, estrechas y torcidas,[1] y ya no turbaba el profundo silencio de la noche más que el grito lejano de vela de algún guerrero, el rumor de los pasos de algún curioso que se retiraba el último, ó el ruido que producían las aldabas de algunas puertas al cerrarse, cuando en lo alto de la escalinata que conducía á la plataforma del palacio apareció un caballero, el cual, después de tender la vista por todos lados como buscando á alguien que debía esperarle, descendió lentamente hasta la cuesta del alcázar, por la que se dirigie hacia el Zocodover.

[Footnote 1: torcidas. See p. 50, note 2.]

Al llegar á la plaza de éste nombre se detuvo un momento, y volvió á pasear la mirada á su alrededor. La noche estaba obscura; no brillaba una sola estrella en el cielo, ni en toda la plaza se veía una sola luz; no obstante, allá á lo lejos, y en la misma dirección en que comenzó á percibirse un ligero ruido como de pasos que iban aproximándose, creyó distinguir el bulto de un hombre: era sin duda el mismo á quien parecía[1] aguardaba con tanta impaciencia.

[Footnote 1: parecía is parenthetic in sense as used here.]

El caballero que acababa de abandonar el alcázar para dirigirse al Zocodover era Alonso Carrillo, que en razón al puesto de honor que desempeñaba cerca de la persona del rey, había tenido que acompañarle en su cámara hasta aquellas horas. El que saliendo de entre las sombras de los arcos[1] que rodean la plaza vino á reunírsele, Lope de Sandoval. Cuando los dos caballeros se hubieron reunido, cambiaron algunas frases en voz baja.

[Footnote 1: arcos. See p. 64, note 1.]

--Presumí que me aguardabas, dijo el uno.

--Esperaba que lo presumirías, contesto el otro.

--Y ¿á dónde iremos?

--Á cualquiera parte en que se puedan hallar cuatro palmos de terreno donde revolverse, y un rayo de claridad que nos alumbre.

Terminado este brevísimo diálogo, los dos jóvenes se internaron por una de las estrechas calles que desembocan en el Zocodover, desapareciendo en la obscuridad como esos fantasmas de la noche, que después de aterrar un instante al que los ve, se deshacen en átomos de niebla y se confunden en el seno de las sombras.

Largo rato anduvieron dando vueltas á través de las calles de Toledo, buscando un lugar á propósito para terminar sus diferencias; pero la obscuridad de la noche era tan profunda, que el duelo parecía imposible. No obstante, ambos deseaban batirse, y batirse antes que rayase el alba; pues al amanecer debían partir las huestes reales, y Alonso con ellas. Prosiguieron, pues, cruzando al azar plazas desiertas, pasadizos sombríos, callejones estrechos y tenebrosos, hasta que por último, vieron brillar á lo lejos una luz, una luz pequeña y moribunda, en torno de la cual la niebla formaba un cerco de claridad fantástica y dudosa.

Habían llegado á la calle del Cristo,[1] y la luz que se divisaba en uno de sus extremes parecía ser la del farolillo que alumbraba en aquella época, y alumbra aún, á la imagen que le da su nombre. Al verla, ambos dejaron escapar una exclamación de júbilo, y apresurando el paso en su dirección, no tardaron mucho en encontrarse junto al retablo en que ardía. Un arco rehundido en el muro, en el fondo del cual se veía la imagen del Redentor enclavado en la cruz y con una calavera al pie; un tosco cobertizo de tablas que lo defendía de la intemperie, y el pequeño farolillo colgado de una cuerda que lo iluminaba débilmente, vacilando al impulse del aire, formaban todo el retablo, alrededor del cual colgaban algunos festones de hiedra que habían crecido entre los obscuros y rotos sillares, formando una especie de pabellón de verdura.

[Footnote 1: la calle del Cristo. The street mentioned here is one
known up to the year 1864 as _la Calle del Cristo de la Calavera_ or
_la Calle de la Calavera_, but which bears to-day the name of _la
Cuesta del Pez_. It terminates near a little square which is called
to-day _Plazuela de Abdon de Paz_, but which earlier bore the name
of _Plazuela de la Cruz de la Calavera_. Miraculous tales are
related of several of the images of Christ in Toledo, of the _Cristo
de la Luz_, of the _Cristo de la Vega_, and others, as well as of
the image we have to deal with here.]

Los caballeros, después de saludar respetuosamente la imagen de Cristo, quitándose los birretes y murmurando en voz baja una corta oración, reconocieron el terreno con una ojeada, echaron á tierra sus mantos, y apercibiéndose mutuamente para el combate y dándose la señal con un leve movimiento de cabeza, cruzaron los estoques. Pero apenas se habían tocado los aceros y antes que ninguno de los combatientes hubiese podido dar un solo paso ó intentar un golpe, la luz se apagó[1] de repente y la calle quedó sumida en la obscuridad más profunda. Como guiados de un mismo pensamiento y al verse rodeados de repentinas tinieblas, los dos combatientes dieron un paso atrás, bajaron al suelo las puntas de sus espadas y levantaron los ojos hacia el farolillo, cuya luz, momentos antes apagada, volvió á brillar de nuevo al punto en que hicieron ademán de suspender la pelea.

[Footnote 1: la luz se apagó. Espronceda describes effectively a
similar miraculous extinguishing and relighting of a lamp before a
shrine, in Part IV of his _Estudiante de Salamanca_:

La moribunda lámpara que ardía
Trémula lanza su postrer fulgor,
Y en honda obscuridad, noche sombría
La misteriosa calle encapotó.

Al pronunciar tan insolente ultraje
La lámpara del Cristo se encendió:
Y una mujer velada en blanco traje,
Ante la imagen de rodillas vió.

Y al rostro la acerca, que el cándido lino
Encubre, con ánimo asaz descortés;
Mas la luz apaga viento repentino,
Y la blanca dama se puso de pie.]

--Será alguna ráfaga de aire que ha abatido la llama al pasar, exclamó Carrillo volviendo á ponerse en guardia, y previniendo con una voz á Lope, que parecía preocupado.

Lope dió un paso adelante para recuperar el terreno perdido, tendió el brazo y los aceros se tocaron otra vez; mas al tocarse, la luz se tornó á apagar por sí misma, permaneciendo así mientras no se separaron los estoques.

--En verdad que esto es extraño, murmuró Lope mirando al farolillo, que espontaneamente habia vuelto á encenderse, y se mecía con lentitud en el aire, derramando una claridad trémula y extraña sobre el amarillo craneo de la calavera colocada a los pies de Cristo.

--¡Bah! dijo Alonso, será que la beata encargada de cuidar del farol del retablo sisa á los devotos y escasea el aceite, por lo cual la luz, proxima á morir, luce y se obscurece á intervalos en señal de agonía; y dichas estas palabras, el impetuoso joven tornó á colocarse en actitud de defensa. Su contrario le imitó; pero esta vez, no tan sólo volvió á rodearlos una sombra espesisima é impenetrable, sino que al mismo tiempo hirió sus oídos el eco profundo de una voz misteriosa, semejante á esos largos gemidos del vendaval que parece que se queja y articula palabras al correr aprisionado por las torcidas, estrechas y tenebrosas calles de Toledo.

Que dijo aquella voz medrosa y sobrehumana, nunca pudo saberse; pero al oirla ambos jóvenes se sintieron poseídos de tan profundo terror, que las espadas se escaparon de sus manos, el cabello se les erizó, y por sus cuerpos, que estremecía un temblor involuntario, y por sus frentes pálidas y descompuestas, comenzó á correr un sudor frío como el de la muerte.

La luz, por tercera vez apagada, por tercera vez volvió á resucitar, y las tinieblas se disiparon.

--¡Ah! exclamó Lope al ver á su contrario entonces, y en otros días su mejor amigo, asombrado como él, y como él pálido é inmóvil; Dios no quiere permitir este combate, porque es una lucha fratricida; porque un combate entre nosotros ofende al cielo, ante el cual nos hemos jurado cien veces una amistad eterna. Y esto diciendo se arrojó en los brazos de Alonso, que le estrechó entre los suyos con una fuerza y una efusión indecibles.

III

Pasados algunos minutos, durante los cuales ambos jovenes se dieron toda clase de muestras de amistad y cariño, Alonso tomó la palabra, y con acento conmovido aún por la escena que acabamos de referir, exclamó, dirigiendose á su amigo:

--Lope, yo se que amas á doña Inés; ignoro si tanto como yo, pero la amas. Puesto que un duelo entre nosotros es imposible, resolvámonos á encomendar nuestra suerte en sus manos. Vamos en su busca; que ella decida con libre albedrío cuál ha de ser el dichoso, cuál el infeliz. Su decisión será respetada por ambos, y el que no merezca sus favores mañana saldrá con el rey de Toledo, é irá á buscar el consuelo del olvido en la agitación de la guerra.

--Pues tú lo quieres, sea; contestó Lope.

Y el uno apoyado en el brazo del otro, los dos amigos se dirigieron hacia la catedral,[1] en cuya plaza,[2] y en un palacio del que ya no quedan ni aún los restos, habitaba doña Inés de Tordesillas.

[Footnote 1: la catedral. See p. 55, note 1.]

[Footnote 2: plaza. There is a small square in front of the
cathedral, called to-day the _Plaza de_ (or _del_) _Ayuntamiento_.]

Estaba á punto de rayar el alba, y como algunos de los deudos de doña Inés, sus hermanos entre ellos, marchaban al otro día con el ejército real, no era imposible que en las primeras horas de la mañana pudiesen penetrar en su palacio.

Animados con esta esperanza, llegaron, en fin, al pie de la gótica torre[1] del templo; mas al llegar á aquel punto, un ruido particular llamó su atención, y deteniéndose en uno de los ángulos, ocultos entre las sombras de los altos machones que flanquean los muros, vieron, no sin grande asombro, abrirse el balcón del palacio de su dama, aparecer en él un hombre que se deslizó hasta el suelo con la ayuda de una cuerda, y, por último, una forma blanca, doña Inés sin duda, que inclinándose sobre el calado antepecho, cambió algunas tiernas frases de despedida con su misterioso galán.

[Footnote 1: la gotica torre. See p. 55, note i.]

El primer movimiento de los dos jóvenes fué llevar las manos al puño de sus espadas; pero deteniéndose como heridos de una idea súbita, volvieron los ojos á mirarse, y se hubieron de encontrar con una cara de asombro tan cómica, que ambos prorrumpieron en una ruidosa carcajada, carcajada que, repitiéndose de eco en el silencio de la noche, resonó en toda la plaza y llego hasta el palacio.

Al oirla, la forma blanca desapareció del balcón, se escuchó el ruido de las puertas que se cerraron con violencia, y todo volvió á quedar en silencio.

Al día siguiente, la reina, colocada en un estrado lujosísimo, veía desfilar las huestes que marchaban á la guerra de moros, teniendo á su lado las damas más principales de Toledo. Entre ellas estaba doña Inés de Tordesillas, en la que aquel día, como siempre, se fijaban todos los ojos; pero según á ella le parecía advertir, con diversa expresión que la de costumbre. Diriase que en todas las curiosas miradas que á ella se volvían, retozaba una sonrisa burlona.

Este descubrimiento no dejaba de inquietarla algo, sobre todo teniendo en cuenta las ruidosas carcajadas que la noche anterior había creído percibir á lo lejos y en uno de los ángulos de la plaza, cuando cerraba el balcón y despedia á su amante; pero al mirar aparecer entre las filas de los combatientes, que pasaban por debajo del estrado lanzando chispas de fuego de sus brillantes armaduras, y envueltos en una nube de polvo, los pendones reunidos de las casas de Carrillo y Sandoval; al ver la significativa sonrisa que al saludar á la reina le dirigieron los dos antiguos rivales que cabalgaban juntos, todo lo adivinó, y la púrpura de la vergüenza enrojeció su frente, y brilló en sus ojos una lágrima de despecho.

EL BESO

I

Cuando una parte del ejército francés se apodero á principios de este siglo[1] de la histórica Toledo,[2] sus jefes, que no ignoraban el peligro á que se exponían en las poblaciones españolas diseminándose en alojamientos separados, comenzaron por habilitar para cuarteles los más grandes y mejores edificios de la ciudad.

[Footnote 1: una parte... siglo. The French armies of Napoleon
entered Spain in 1808. Joseph Bonaparte was declared king, but the
opposition of Spain was most heroic, and in 1814 the French were
expelled. They made great havoc in Toledo, where among other
desecrations they burned the Alcazar (now restored) and the convent
church of San Juan de los Reyes.]

[Footnote 2: Toledo. See p. 50, note 2.]

Después de ocupado el suntuoso alcázar[1] de Carlos V, [Footnote:2] echóse mano de la casa de Consejos;[3] y cuando ésta no pudo contener más gente, comenzaron á invadir el asilo de las comunidades religiosas, acabando á la postre por transformar en cuadras hasta las iglesias consagradas al culto. En esta conformidad se encontraban las cosas en la población donde tuvo lugar el suceso que voy á referir, cuando, una noche, ya á hora bastante avanzada, envueltos en sus obscures capotes de guerra y ensordeciendo las estrechas y solitarias calles que conducen desde la Puerta del Sol[4] á Zocodover,[5] con el choque de sus armas y el ruidoso golpear de los cascos de sus corceles que sacaban chispas de los pedernales, entraron en la ciudad hasta unos cien dragones de aquellos altos, arrogantes y fornidos, de que todavía nos hablan con admiración nuestras abuelas.

[Footnote 1: alcázar. See p. 61, note 3.]

[Footnote 2: Carlos V. Charles V, the son of Philip of Burgundy by
Joanna (daughter of Ferdinand and Isabella), and grandson of the
emperor Maximilian 1, was bom at Ghent, Flanders, February 24,1500,
and died in the monastery of Yuste, Estremadura, Spain, September
21, 1558. He became king of Spain (as Charles 1) in 1516, and
emperor in 1520. In 1556 he abdicated the government of the former
in favor of his son Philip II, and of the latter in favor of his
brother Ferdinand I.]

[Footnote 3: la casa de Consejos. The _Casa de_ Consejos ('City
Hall'), _Casa Consistorial_, or _Ayuntamiento_, by which various
names it is known, is a building erected in the fifteenth century
and remodeled in the seventeenth. It has a handsome Greco-Roman
façade in striking' contrast with the Gothic architecture of the
cathedral, which stands upon the same plaza (see p. 73, note 2).]

[Footnote 4: la Puerta del Sol. A charming old Moorish gateway with
horseshoe arches between two towers, built about 1100, and recently
restored. It is one of the most impressive and beautiful of Toledo's
monuments.]

[Footnote 5: Zocodover. See p. 64, note 1.]

Mandaba la fuerza un oficial bastante joven, el cual iba como á distancia de unos treinta pasos de su gente hablando á media voz con otro, también militar á lo que podía colegirse por su traje. Éste, que caminaba á pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un farolillo, parecía servirle de guía por entre aquel laberinto de calles obscuras, enmarañadas y revueltas.

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Legends, Tales and PoemsChapter IV: Rhyme (3)

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