Chapter IV: Rhyme (6)
El misterioso bandido penetró al fín en la sala del concejo, y un silencio profundo sucedió á los rumores que se elevaran[1] de entre los circunstantes, al oir resonar bajo las altas bóvedas de aquel recinto el metálico son de sus acicates de oro. Uno de los que componían el tribunal con voz lenta é insegura, le preguntó su nombre, y todos prestaron el oído con ansiedad para no perder una sola palabra de su respuesta; pero el guerrero se limitó á encoger sus hombros ligeramente con un aire de desprecio e insulto, que no pudo menos de irritar á sus jueces, los que se miraron entre sí sorprendidos.
[Footnote 1: elevaran, dirigiera. See p. 16, note 3.]
Tres veces volvió á repetirle la pregunta, y otras tantas obtuvo semejante ó parecida contestación.
--¡Que se levante la visera! ¡Que se descubra! ¡Que se descubra! comenzaron á gritar los vecinos de la villa presentes al acto. ¡Que se descubra! ¡Veremos si se atreve entonces á insultarnos con su desden, como ahora lo hace protegido por el incógnito!
--Descubríos, repitió el mismo que anteriormente le dirigiera[1] la palabra.
[Footnote 1: elevaran, dirigiera. See p. 16, note 3.]
El guerrero permaneció impasible.
--Os lo mando en el nombre de nuestra autoridad.
La misma contestación.
--En el de los condes soberanos.'[1]
[Footnote 1: condes soberanos. See p. 121, note i, and p. 123,
1.22.]
Ni por ésas.[1]
[Footnote 1: Ni por ésas = 'Nor did these (threats) avail.']
La indignación llegó á su colmo, hasta el punto que uno de sus guardas, lanzándose sobre el reo, cuya pertinacia en callar bastaría para apurar la paciencia á un santo, le abrió violentamente la visera. Un grito general de sorpresa se escapó del auditorio, que permaneció por un instante herido de un inconcebible estupor.
La cosa no era para menos.
El casco, cuya férrea visera se veía en parte levantada hasta la frente, en parte caída sobre la brillante gola de acero, estaba vacío...completamente vacío.
Cuando pasado ya el primer momento de terror quisieron tocarle, la armadura se estremeció ligeramente, y descomponiéndose en piezas, cayó al suelo con un ruido sordo y extraño.
La mayor parte de los espectadores, á la vista del nuevo prodigio, abandonaron tumultuosamente Ia habitación y salieron despavoridos á la plaza.
La nueva se divulgó con la rapidez del pensamiento entre la multitud, que aguardaba impaciente el resultado-del juicio; y fué tal la alarma, la revuelta y la vocería, que ya á nadie cupo duda sobre lo que de pública voz se aseguraba, esto es, que el diablo, á la muerte del señor del Segre, había heredado los feudos de Bellver.
Al fin se apaciguó el tumulto, y decidióse volver á un calabozo la maravillosa armadura.
Ya en él[1] despacháronse cuatro emisarios, que en representacion de la atribulada villa hiciesen presente el caso al conde de Urgel y al arzobispo, los que no tardaron muchos días en tornar con la resolución de estos personajes, resolución que, como suele decirse, era breve y compendiosa.
[Footnote 1: Ya en él. A bold ellipsis which would be inconsistent
with common usage in English.]
--Cuélguese, les dijeron, la armadura en la plaza Mayor de la villa; que si el diablo la ocupa, fuerza le serà el abandonarla ó ahorcarse con ella.
Encantados los habitantes de Bellver con tan ingeniosa solución, volvieron á reunirse en concejo, mandaron levantar una altísima horca en la plaza, y cuando ya la multitud ocupaba sus avenidas, se dirigieron á la cárcel por la armadura, en corporación y con toda la solemnidad que la importancia del caso requería.
Cuando la respetable comitiva llego al macizo arco que daba entrada al edificio, un hombre pálido y descompuesto se arrojó al suelo en presencia de los aturdidos circunstantes, exclamando con las lágrimas en los ojos:
--Perdón, señores, perdón!
--Perdón!; ¿Para quién? dijeron algunos; ¿para, el diablo, que habita dentro de la armadura del señor del Segre?
--Para mí, prosiguió con voz trémula el infeliz, en quien todos reconocieron al alcaide de las prisiones; para mí... porque las armas... han desaparecido.
Al oir estas palabras, el asombro se pintó en el rostro de cuantos se encontraban en el pórtico, que, mudos é inmóviles, hubieran permanecido en la posición en que se encontraban, Dios sabe hasta cuando, si la siguiente relación del aterrado guardián no les hubiera hecho agruparse en su alrededor para escuchar con avidez:
Perdonadme, señores, decía el pobre alcaide; y yo no os ocultaré nada, siquiera sea en contra mia.
Todos guardaron silencio, y él prosiguio así:
--Yo no acertaré nunca á dar la razón; pero es el caso que la historia de las armas vacías me pareció siempre una fábula tejida en favor de algún noble personaje, á quien tal vez altas razones de conveniencia pública no permitían ni descubrir ni castigar.
En esta creencia estuve siempre, creencia en que no podía menos de confirmarme la inmovilidad en que se encontraban desde que por segunda vez tornaron á la cárcel traídas del concejo. En vano una noche y otra, deseando sorprender su misterio, si misterio en ellas había, me levantaba poco á poco y aplicaba el oido á los intersticios de la ferrada puerta de su calabozo; ni un rumor se percibía.
En vano procuré observarlas á través de un pequeño agujero producido en el muro; arrojadas sobre un poco de paja y en uno de los más obscuros rincones, permanecian un día y otro descompuestas é inmóviles.
Una noche, por último, aguijoneado por la curiosidad y deseando convencerme por mí mismo de que aquel objeto de terror nada tenia de misterioso, encendí una linterna, bajé a las prisiones, levanté sus dobles aldabas, y no cuidando siquiera--tanta era mi fe en que todo no pasaba de un cuento--de cerrar las puertas tras mí, penetré en el calabozo. Nunca lo hubiera hecho; apenas anduve algunos pasos, la luz de mi linterna se apagó por sí sola, y mis dientes comenzaron á chocar, y mis cabellos á erizarse. Turbando el profundo silencio que me rodeaba, había oído como un ruido de hierros, que se removían y chocaban al unirse entre las sombras.
Mi primer movimiento fué arrojarme á la puerta para cerrar el paso, pero al asir sus hojas, sentí sobre mis hombros una mano formidable cubierta-con un guantelete, que después de sacudirme con violencia me derribó sobre el dintel. Allí permanecí hasta la mañana siguiente, que me encontraron mis servidores falto de sentido, y recordando sólo que despues de mi caída, había creído percibir confusamente como unas pisadas sonoras, al compás de las cuales resonaba un rumor de espuelas, que poco á poco se fué alejando hasta perderse.
Cuando concluyó el alcaide, reinó un silencio profundo, al que siguió luego un infernal concierto de lamentaciones, gritos y amenazas.
Trabajo costó á los más pacificos el contener al pueblo que, furioso con la novedad, pedía á grandes voces la muerte del curioso autor de su nueva desgracia.
Al cabo logróse apaciguar el tumulto, y comenzaron á disponerse á una nueva persecución. Ésta obtuvo también un resultado satisfactorio.
Al cabo de algunos días, la armadura volvió á encontrarse en poder de sus perseguidores. Conocida la fórmula, y mediante la ayuda de San Bartolomé,[1] la cosa no era ya muy difícil.
[Footnote 1: San Bartolomé. See p. 29, note 2.]
Pero aún quedaba algo por hacer: pues en vano, á fin de sujetarlo, lo colgaron de una horca; en vano emplearon la más exquisita vigilancia con el objeto de quitarle toda ocasión de escaparse por esos mundos. En cuanto las desunidas armas veían dos dedos de luz, se encajaban, y pian pianito volvían á tomar el trote y emprender de nuevo sus excursiones por montes y llanos, que era una bendición del cielo.
Aquello era el cuento de nunca acabar.[1]
[Footnote 1: Aquello era el cuento de nunca acabar = 'It was a
never-ending story.' One of the sort that seems to reach a climax
only to begin over again.]
En tan angustiosa situación, los vecinos se repartieron entre sí las piezas de la armadura, que acaso por la centésima vez se encontraba en sus manos, y rogando[1] al piadoso eremita, que un día los iluminó con sus consejos, decidiera lo que debía hacerse de ella.
[Footnote 1: y rogando. A careless and incorrect construction which
leaves the sentence incomplete. Better y rogaron. Notice the
omission of the conjunction que before the subjunctive decidiera.
This is a frequent Spanish usage.]
El santo varón ordenó al pueblo una penitencia general. Se encerró por tres días en el fondo de una caverna que le servía de asilo, y al cabo de ellos dispuso que se fundiesen las diabólicas armas, y con ellas y algunos sillares del castillo del Segre, se levantase una cruz.
La operación se llevo á término, aunque no sin que nuevos y aterradores prodigios llenasen de pavor el animo de los consternados habitantes de Bellver.
En tanto que las piezas arrojadas á las llamas comenzaban á enrojecerse, largos y profundos gemidos parecían escaparse de la ancha hoguera, de entre cuyos troncos saltaban[1] como si estuvieran vivas y sintiesen la acción del fuego. Una tromba de chispas rojas, verdes y azules danzaba en la cúspide de sus encendidas lenguas, y se retorcían crujiendo como si una legión de diablos, cabalgando sobre ellas, pugnasen por libertar á su señor de aquel tormento.
[Footnote 1: saltaban. The antecedent must be piezas, although it is
too remote to be obvious. Such loose constructions are not to be
recommended. ]
Extraña, horrible fué la operación, en tanto que la candente armadura perdía su forma para tomar la de una cruz.
Los martillos, caían resonando con un espantoso estruendo sobre el yunque, al que veinte trabajadores vigorosos sujetaban las barras del hirviente metal, que palpitaba y gemía al sentir los golpes.
Ya se extendían los brazos del signo de nuestra redención, ya comenzaba á formarse la cabecera, cuando la diabólica y encendida masa se retorcía de nuevo como en una convulsión espantosa, y rodeándose al cuerpo de los desgraciados, que pugnaban por desasirse de sus brazos de muerte, se enroscaba en anillas como una culebra, ó se contraía en zigzag como un relámpago.
El constante trabajo, la fe, las oraciones y el agua bendita consiguieron, por último, vencer el espíritu infernal y la armadura se convirtió en cruz.
Esa cruz es la que hoy habéis visto, y á la cual se encuentra sujeto el diablo que le presta su nombre; ante ella, ni las jóvenes colocan en el mes de Mayo[1] ramilletes de lirios, ni los pastores se descubren al pasar, ni los ancianos se arrodillan, bastando apenas las severas amonestaciones del clero para que los muchachos no la apedreen.
[Footnote 1: en el mes de Mayo. To celebrate the festival of
May-day.]
Dios ha cerrado sus oídos á cuantas plegarias se le dirijan en su presencia. En el invierno los lobos se reunen en manadas junto al enebro que la protege, para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan á su sombra á los caminantes, que entierran á su pie después que los asesinan; y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal.
CREED EN DIOS
CÁNTIGA PROVENZAL
Yo fuí el verdadero Teobaldo de Montagut, barón de Fortcastell.[1] Noble ó villano, señor ó pechero, tú, cualquiera que seas, que te detienes un instante al borde de mi sepultura, cree en Dios, como yo he creído, y ruégale por mí.
[Footnote 1: Teobaldo de Montagut, barón de Fortcastell. The name of
Teobaldo, does not figure in mediaeval Catalonia, nor the barony of
Fortcastell. This inscription is probably a literary fiction.]
I
Nobles aventureros, que puesta la lanza en la cuja, caída la visera del casco y jinetes sobre un corcel poderoso, recorréis la tierra sin más patrimonio que vuestro nombre clarísimo y vuestro montante, buscando honra y prez en la profesión de las armas; si al atravesar el quebrado valle de Montagut [Foonote: 1] os han sorprendido en él la tormenta y la noche, y habéis encontrado un refugio en las ruinas del monasterio que aún se ve en su fondo, oidme.
[Footnote 1: Montagut. The mountains of Montagut, which rise to a
height of 3125 teet, are situated in the province of Tarragona,
Spain.]
II
Pastores, que seguís con lento paso vuestras ovejas que pacen derramadas por las colinas y las llanuras; si al conducirlas al borde del transparente riachuelo que corre, forcejea y salta por entre los peñascos del valle de Montagut en el rigor del verano, y en una siesta de fuego habéis encontrado la sombra y el reposo al pie de las derruídas arcadas del monasterio, cuyos musgosos pilares besan las ondas, oidme.
III
Niñas de las cercanas aldeas, lírios silvestres que crecéis felices al abrigo de vuestra humildad; si en la mañana del santo Patrono de estos lugares, al bajar al valle de Montagut á coger tréboles y margaritas con que embellecer su retablo, venciendo el temor que os inspira el sombrío monasterio que se alza en sus peñas, habéis penetrado en su claustro mudo y desierto para vagar entre sus abandonadas tumbas, á cuyos bordes crecen las margaritas más dobles y los jacintos más azules, oidme.
IV
Tú, noble caballero, tal vez al resplandor de un relámpago; tú, pastor errante, calcinado por los rayos del sol; tú, en fin, hermosa niña, cubierta aún con gotas de rocío semejantes á lágrimas, todas habréis visto en aquel santo lugar una tumba, una tumba humilde. Antes la componían una piedra tosca y una cruz de palo; la cruz ha desaparecido, y sólo queda la piedra. En esa tumba, cuya inscripción es el mote de mi canto, reposa en paz el último barón de Fortcastell, Teobaldo de Montagut,[1] del cual voy á referiros la peregrina historia.
[Footnote 1: Teobaldo de Montagut. See p, 140, note I.]
* * * * *
I
Cuando la noble condesa de Montagut estaba en cinta de su primogénito Teobaldo, tuvo un ensueño misterioso y terrible. Acaso un aviso de Dios; tal vez una vana fantasía, que el tiempo realizó más adelante. Soñó que en su seno engendraba una serpiente, una serpiente monstruosa que, arrojando agudos silbidos, y ora arrastrándose entre la menuda hierba, ora replegándose sobre sí misma para saltar, huyó de su vista, escondiéndose al fin entre unas zarzas.
--¡Allí está! ¡allí está! gritaba la condesa en su horrible pesadilla, señalando á sus servidores la zarza en que se había escondido el asqueroso reptil.
Cuando sus servidores llegaron presurosos al punto que la noble dama, inmóvil y presa de un profundo terror, les señalaba aún con el dedo, una blanca paloma se levantó de entre las breñas y se remontó á las nubes.
La serpiente había desaparecido.
II
Teobaldo vino al mundo, su madre murió al darlo á luz, su padre pereció algunos años después en una emboscada, peleando como bueno contra los enemigos de Dios.[1]
[Footnote 1: los enemigos de Dios. The Moors are meant here.]
Desde este punto la juventud del primogénito de Fortcastell sólo puede compararse á un huracán. Por donde pasaba se veía señalando su camino un rastro de lágrimas y de sangre. Ahorcaba á sus pecheros, se batía con sus iguales, perseguía á las doncellas, daba de palos á los monjes, y en sus blasfemias y juramentos ni dejaba Santo en paz ni cosa sagrada que no maldijese.
III
Un día en que salió de caza, y que, como era su costumbre, hizo entrar á guarecerse de la lluvia á toda su endiablada comitiva de pajes licenciosos, arqueros desalmados y siervos envilecidos, con perros, caballos y gerifaltes, en la iglesia de una aldea de sus dominios, un venerable sacerdote, arrostrando su cólera y sin temer los violentos arranques de su carácter impetuoso, le conjuro en nombre del cielo y llevando una hostia consagrada en sus manos, á que abandonase aquel lugar y fuese á pie y con un bordón de romero á pedir al Papa la absolución de sus culpas.
--¡Déjame en paz, viejo loco! exclamó Teobaldo al oirle; déjame en paz; ó ya que no he encontrado una sola pieza durante el día, te suelto mis perros y te cazo como á un jabalí para distraerme.
IV
Teobaldo era hombre de hacer lo que decía. El sacerdote, sin embargo, se limitó á contestarle:--Haz lo que quieras, pero ten presente que hay un Dios que castiga y perdona, y que si muero á tus manos borrará mis culpas del libro de su indignación, para escribir tu nombre y hacerte expiar tu crimen.
--¡Un Dios que castiga y perdona! prorrumpió el sacrílego barón con una carcajada. Vo no creo en Dios, y para darte una prueba voy á cumplirte lo que te he prometido; porque aunque poco rezador, soy amigo de no faltar á mis palabras. ¡Raimundo! ¡Gerardo! ¡Pedro! Azuzad la jauría, dadme el venablo, tocad el _alali_ en vuestras trompas, que vamos á darle caza á este imbécil, aunque se suba á los retablos de sus altares.
V
Ya después de dudar un instante y á una nueva orden de su señor, comenzaban los pajes á desatar los lebreles, que aturdían la iglesia con sus ladridos; ya el barón había armado su ballesta riendo con una risa de Satanás, y el venerable sacerdote, murmurando una plegaria, elevaba sus ojos al cielo y esperaba tranquilo la muerte, cuando se oyó fuera del sagrado recinto una vocería horrible, bramidos de trompas que hacían señales de ojeo, y gritos de _¡Al jabali!--¡Por Zas breñas!--¡Hacia el monte!_ Teobaldo, al anuncio de la deseada res, corrió á las puertas del santuario, ebrio de alegría; tras él fueron sus servidores, y con sus servidores los caballos y los lebreles.
VI
--¡Por dónde va el jabalí? preguntó el barón subiendo á su corcel, sin apoyarse en el estribo ni desarmar la ballesta.--Por la cañada que se extiende al pie de esas colinas, le respondieron. Sin escuchar la última palabra, el impetuoso cazador hundió su acicate de oro en el ijar del caballo, que partió al escape. Tras él partieron todos.
Los habitantes de la aldea, que fueron los primeros en dar la voz de alarma, y que al aproximarse el terrible animal se habían guarecido en sus chozas, asomaron tímidamente la cabeza á los quicios de sus ventanas; y cuando vieron desaparecer la infernal comitiva por entre el follaje de la espesura, se santiguaron en silencio.
VII
Teobaldo iba delante de todos. Su corcel, más ligero ó más castigado que los de sus servidores, seguía tan de cerca á la res, que dos ó tres veces, dejándole la brida sobre el cuello al fogoso bruto, se había empinado sobre los estribos, y echádose al hombro la ballesta para herirlo. Pero el jabalí, al que sólo divisaba á intervalos entre los espesos matorrales, tomaba á desaparecer de su vista para mostrársele de nuevo fuera del alcance de su armas.
Así corrió muchas horas, atravesó las cañadas del valle y el pedregoso lecho del río, é internándose en un bosque inmenso, se perdió entre sus sombrías revueltas, siempre fijos los ojos en la codiciada res, siempre creyendo alcanzarla, siempre viéndose burlado por su agilidad maravillosa.
VIII
Por último, pudo encontrar una ocasión propicia; tendió el brazo y voló la saeta, que fué á clavarse temblando en el lomo del terrible animal, que dió un salto y un espantoso bufido.--¡Muerto está! exclama con un grito de alegría el cazador, volviendo á hundir por la centésima vez el acicate en el sangriento ijar de su caballo; ¡muerto está! en balde huye. El rastro de la sangre que arroja marca su camino. Y esto diciendo, comenzó á hacer en la bocina la señal del triunfo para que la oyesen sus servidores.
En aquel instante el corcel se detuvo, flaquearon sus piernas, un ligero temblor agitó sus contraídos músculos, cayó al suelo desplomado, arrojando por la hinchada nariz cubierta de espuma un caño de sangre.
Había muerto de fatiga, había muerto cuando la carrera del herido jabalí comenzaba á acortarse; cuando bastaba un solo esfuerzo más para alcanzarlo.
IX
Pintar la ira del colérico Teobaldo, sería imposible. Repetir sus maldiciones y sus blasfemias, sólo repetirlas, fuera escandaloso é impío. Llamó á grandes voces á sus servidores, y únicamente le contestó el eco en aquellas inmensas soledades, y se arrancó los cabellos y se mesó las barbas, presa de la más espantosa desesperación.--Le seguiré á la carrera, aun cuando haya de reventarme, exclamo al fin, armando de nuevo su ballesta y disponiéndose á seguir á la res; pero en aquel momento sintió ruido á sus espaldas; se entreabrieron las ramas de la espesura, y se presentó á sus ojos un paje que traía del diestro un corcel negro como la noche.
--El cielo me lo envía, dijo el cazador, lanzándose sobre sus lomos ágil como un gamo. El paje, que era delgado, muy delgado, y amarillo como la muerte, se sonrió de una manera extraña al presentarle la brida.
X
El caballo relinchó con una fuerza que hizo estremecer el bosque, dió un bote increíble, un bote en que se levantó más de diez varas del suelo, y el aire comenzó á zumbar en los oídos del jinete, como zumba una piedra arrojada por la honda. Había partido al escape; pero á un escape tan rápido, que temeroso de perder los estribos y caer á tierra turbado por el vértigo, tuvo que cerrar los ojos y agarrarse con ambas manos á sus[1] flotantes crines.
[Footnote 1: sus. The antecedent is logically, but not grammatically
evident.]
Y sin agitar sus riendas, sin herirle con el acicate ni animarlo con la voz, el corcel corría, corría sin detenerse. ¿Cuanto tiempo corrió Teobaldo con él, sin saber por donde, sintiendo que las ramas le abofeteaban el rostro al pasar, y los zarzales desgarraban sus vestidos, y el viento silbaba á su alrededor? Nadie lo sabe.
XI
Cuando recobrando el ánimo, abrió los ojos un instante para arrojar en torno suyo una mirada inquieta, se encontró lejos, muy lejos de Montagut, y en unos lugares, para él completamente extraños. El corcel corría, corría sin detenerse, y árboles, rocas, castillos y aldeas pasaban á su lado como una exhalación. Nuevos y nuevos horizontes se abrían ante su vista; horizontes que se borraban para dejar lugar á otros más y más desconocidos. Valles angostos, erizados de colosales fragmentos de granito que las tempestades habian arrancado de la cumbre de las montañas, alegres campiñas, cubiertas de un tapiz de verdura y sembradas de blancos caseríos; desiertos sin límites, donde hervían las arenas calcinadas por los rayos de un sol de fuego; vastas soledades, llanuras inmensas, regiones de eternas nieves, donde los gigantescos témpanos asemejaban, destacándose sobre un cielo gris y obscuro, blancos fantasmas que extendían sus brazos para asirle por los cabellos al pasar; todo esto, y mil y mil otras cosas que yo no podré deciros, vió en su fantástica carrera, hasta tanto que envuelto en una niebla obscura; dejó de percibir el ruido que producían los cascos del caballo al herir la tierra.
* * * * *
I
Nobles caballeros, sencillos pastores, hermosas niñas que escucháis mi relato, si os maravilla lo que os cuento, no creáis que es una fábula tejida á mi antojo para sorprender vuestra credulidad; de boca en boca ha llegado hasta mí esta tradición, y la leyenda del sepulcro[1] que aún subsiste en el monasterio de Montagut, es un testimonio irrecusable de la veracidad de mis palabras.
[Footnote 1: la leyenda del sepulcro. See p. 140, note 1.]
Creed, pues, lo que he dicho, y creed lo que aún me resta por decir, que es tan cierto como lo anterior, aunque más maravilloso. Yo podré acaso adornar con algunas galas de la poesía el desnudo esqueleto de esta sencilla y terrible historia, pero nunca me apartaré un punto de la verdad á sabiendas.
II
Cuando Teobaldo dejó de percibir las pisadas de su corcel y se sintió lanzado en el vacío, no pudo reprimir un involuntario estremecimiento de terror. Hasta entonces había creído que los objetos que se representaban á sus ojos eran fantasmas de su imaginación, turbada por el vértigo, y que su corcel corría desbocado, es verdad, pero corría, sin salir del término de su señorío. Ya no le quedaba duda de que era el juguete de un poder sobrenatural que le arrastraba sin que supiese á dónde, á través de aquellas nieblas obscuras, de aquellas nubes de formas caprichosas y fantásticas, en cuyo seno, que se iluminaba á veces con el resplandor de un relámpago, creía distinguir las hirvientes centellas, próximas á desprenderse.
El corcel corría, ó mejor dicho nadaba en aquel océano de vapores caliginosos y encendidos, y las maravillas del cielo ro comenzaron á desplegarse unas tras otras ante los espantados ojos de su jinete.
III
Cabalgando sobre las nubes, vestidos de luengas túnicas con orlas de fuego, suelta al huracán la encendida cabellera, y blandiendo sus espadas que relampagueaban arrojando chispas de cárdena luz, vio á los ángeles, ministros de la cólera del Señor, cruzar como un formidable ejército sobre alas de la tempestad.
Y subió más alto, y creyó divisar á lo lejos las tormentosas nubes semejantes á un mar de lava, y oyó mugir el trueno á sus pies como muge el océano azotando la roca desde cuya cima le contempla el atónito peregrino.
IV
Y vió el arcángel, blanco como la nieve, que sentado sobre un inmenso globo de cristal,[1] lo dirige por el espacio en las noches serenas, como un bajel de plata sobre la superficie de un lago azul.
[Footnote 1: globo de cristal. The moon. Longfellow thus translates
Dante's description of the sphere of the moon in canto II of the
_Paradiso:_
It seemed to me a cloud encompassed us,
Luminous, dense, consolidate and bright
As adamant on which the sun is striking.
Into itself did the eternal pearl
Receive us...]
Y vió el sol volteando encendido sobre ejes de oro en una atmósfera de colores y de fuego, y en su foco á los ígneos espíritus[1] que habitan incólumes entre las llamas, y desde su ardiente seno entonan al Criador himnos de alegría.
[Footnote 1: ígneos espíritus. These are not elemental spirits (see
p.47, note 1), but are either angelic beings of a fiery nature, or
the spirits of the blessed in the sphere of the sun, of whom Dante
speaks as follows:
Lights many saw, vivid and triumphant,
Make us a center and themselves a circle,
More sweet in voice than luminous in aspect,
Within the court of Heaven, whence I return,
Are many jewels found, so fair and precious
They cannot be transported from the realm;
And of them was the singing of these lights.
_Dante's Paradiso, canto X, Longfellow's translation._]
Vió los hilos de luz imperceptibles que atan los hombres á las estrellas,[1] y vió el arco íris, echado como un puente colosal sobre el abismo que separa al primer cielo del segundo.[2]
[Footnote 1: A reference doubtless to the power of the stars to
influence the destiny of man, with which subject astrology concerns
itself. Compare--
That which Timasus argues of the soul
Doth not resemble that which here is seen,
Because it seems that as he speaks he thinks.
He says the soul unto its star returns,
Believing it to have been severed thence
Whenever nature gave it as a form.
Perhaps his doctrine is of other guise
Than the words sound, and possibly may be
With meaning that is not to be derided.
If he doth mean that to these wheels return
The honor of their influence and the blame,
Perhaps his bow doth hit upon some truth.
O glorious stars, O light impregnated
With mighty virtue, from which I acknowledge
All my genius, whatso'er it be.
_Idem, canto's IV and XXII._]
[Footnote 2: primer cielo, segundo. Belief in a series of heavenly
spheres, such as Dante describes, has characterized most mystical
philosophies.]
V
Por una escala[1] misteriosa vió bajar las almas á la tierra; vió bajar muchas, y subir pocas.[2] Cada una de aquellas almas inocentes iba acompañada de un arcángel purísimo que le cubría con la sombra de sus alas. Los que tornaban solos, tornaban en silencio y con lágrimas en los ojos; los que no, subían cantando como suben las alondras en las mañanas de Abril?[3]
[Footnote 1: escala. Dante mentions a similar stairway in canto XXII
of the _Paradiso_, and intimates that the vision of it is disclosed
only to true mystics.
He thereupon: "Brother, thy high desire
In the remotest sphere shall be fulfilled,
Where are fulfilled all others and my own.
There perfect is, and ripened, and complete,
Every desire; within that one alone
Is every part where it has always been;
For it is not in space, nor turns on poles,
And unto it our stairway reaches up,
thus from out thy sight it steals away.
Up to that height the Patriarch Jacob saw it
Extending its supernal part, whst time
So thronged with angels it appeared to him.
But to ascend it now no one uplifts
His feet from off the earth...."
_Longfellow's translation_.]
[Footnote 2: pocas. Because, in comparison with the number of souls
born into earthly bodies, but few escape the snares of evil and rise
again to their original state of innocence.]
[Footnote 3: Though the idea is somewhat different, there is a
certain parallelism in the picture evoked by the closing verses of
Rossetti's poem "The Blessed Damozel." The Damozel is represented as
waiting for her lover on the ramparts of heaven.
She gazed and listened and then said,
Less sad of speech than mild,--
"All this is when he comes." She ceased.
The light thrilled towards her, fill'd
With angels in strong level flight.
Her eyes prayed, and she smiled.
(I saw her smile.) But soon their path
Was vague in distant spheres:
And then she cast her arms along
The golden barriers,
And laid her face between her hands,
And wept. (I heard her tears.)]
Después las tinieblas rosadas y azules que flotaban en el espacio, como cortinas de gasa transparente, se rasgaron como el día de gloria[1] se rasga en nuestros templos el velo de los altares, y el paraíso de los justos se ofreció á sus miradas deslumbrador y magnifico.[2]
[Footnote 1: el día de gloria. Called also _Sábado de gloria_, 'Holy
Saturday.' "During the last two weeks of Lent, the pictures and
statues throughout the Catholic Church are covered by a purple cloth
and uncovered on Holy Saturday. In parts of Spain this unveiling is
effected suddenly by rending them with a spear or lance, so as to
reveal all the pictures and statues at the same time." Hence the
comparison.]
[Footnote 2: Read Dante's description in canto XXXII of the
_Paradiso_]
VI
Allí estaban los santos profetas que habréis visto groseramente esculpidos en las portadas de piedra de nuestras catedrales; allí las vírgenes luminosas,[1] que intenta en vano copiar de sus sueños el pintor en los vidrios de colores de las ojivas; allí los querubines,[2] con sus largas y flotantes vestidura? y sus nimbos de oro, como los de las tablas de los altares; allí, en fin, coronada de estrellas, vestida de luz, rodeada de todas las jerarquías celestes, y hermosa sobre toda ponderación, Nuestra Señora de Monserrat,[3] la Madre de Dios, la Reina de los arcángeles, el amparo de los pecadores y el consuelo de los afligidos.[4]
[Footnote 1: las vírgenes luminosas. _Virgin_ is "one of the titles
and grades given by the church, by which are distinguished the
choirs of sainted women who have preserved their integrity and
purity." _Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano_. Compare--
... de humildes y penitentes confesores, y de aquel coro-más
blanco que la nieve, de _vírgenes_ purísimas.
Rivadeneira.
... los estados de los mártires, confesores y _vírgenes_ cantaron
unos los triunfos de los otros.
P. Martín de Roa.
By _luminosas_ is suggested the halo of light that surrounds them,
proceeding from their own sanctity and represented in the
stained-glass windows.]
[Footnote 2: querubines. Read Dante's description of the heavenly
hierarchy in canto XXVIII of the _Paradiso_. See also p. 47, note
1.]
[Footnote 3: Nuestra Señora de Monserrat = 'Our Lady of Montserrat,'
the Virgin as venerated in the famous monastery of this name. "The
monastery owes its foundation to the miraculous image of the Virgin,
the handiwork of Luke the Apostle, which was brought to Barcelona in
the year of our Lord 50, by St. Peter himself. At the time of the
Moorish invasion, in 717, the Goths hid it in the hill, where it
remained until 880, when Some shepherds were attracted to the spot
by heavenly lightd, etc., whereupon Gondemar Bishop of Vique (guided
also by a _sweet smell_) found the image in a cave. Accompanied by
his clergy, the good bishop set out on his return to Manresa
carrying the holy image with him, but on reaching a certain spot the
Virgin obstinately refused to proceed farther; thereupon a small
chapel was built over her, where she remained 160 years. The spot
where the image first refused to move is still marked by a cross
with an appropriate inscription.... A chapel where the image now
rests was founded in 1592, and later opened by Philip II in person."
Ford, _Handbook for Travellers in Spain_. The monastery is one of
the most picturesquely situated in all Christendom. It stands high
up upon the jagged mountain _Mons Serratus_, or Montserrat, which
gives to the monastery its name. See p. 54, note 2.]
[Footnote 4: Compare--
And at that center, with their wings expanded,
More than a thousand jubilant Angels saw I,
Each differing in effolgence and in kind.
I saw there at their sports and at their songs
A Beauty[*] smiling, which the gladness was
Within the eyes of all the other saints;
And if I had in speaking as much wealth
As in imagining, I should not dare
To attempt the smallest part of its delight.
[Footnote *: The Virgin]
_Dante's Paradiso, canto XXXI, Longfellow's Translation._]
Mas allá el paraíso de los justos, más allá el trono donde se asienta la Virgen Maria.[1] El ánimo de Teobaldo se sobrecogió temeroso, y un hondo pavor se apoderó de su alma. La eterna soledad, el eterno silencio viven en aquellas regiones, que conducen al misterioso santuario del Señor. De cuando en cuando azotaba su frente una ráfaga de aire, frío como la hoja de un puñal, que crispaba sus cabellos de horror y penetraba hasta la médula de sus huesos; ráfagas semejantes a las que anunciaban á los profetas la aproximación del espíritu divino.[2] Al fin llegó á un punto donde creyó percibir un rumor sordo, que pudiera compararse al zumbido lejano de un enjambre de abejas, cuando, en las tardes del otoño, revolotean en derredor de las últimas flores.
[Footnote 1: Is there confusion here between the Virgin Mary and the
Virgin of Montserrat, or is the throne her ementioned vacant?]
[Footnote 2: Compare "And, behold, the Lord passed by, and a great
and strong wind rent the mountains, and brake in pieces the rocks
before the Lord; but the Lord was not in the wind: and after the
wind an earthquake; but the Lord was not in the earthquake: and
after the earthquake a fire; but the Lord was not in the fire: and
after the fire a still small voice. And it was so, when Elijah heard
it, that he wrapped his face in his mantle, and went out, and stood
in the entering in of the cave." I Kings, xix, part of verses 11-13.
"And I looked, and, behold, a whirlwind came out of the north, a
great cloud, and a fire.... And when I saw it, I fell upon my face,
and I heard a voice of one that spake." Ezekiel, i. 4 and 28.]
VIII
Atravesaba esa fantástica región adonde van todos los acentos de la tierra, los sonidos que decimos que se desvanecen, las palabras que juzgamos que se pierden en el aire, los lamentos que creemos que nadie oye.
Aquí, en un círculo armónico,[1] flotan las plegarias de los niños, las, oraciones de las vírgenes, los salmos de los piadosos eremitas, las peticiones de los humildes, las castas palabras de los limpios de corazón, las resignadas quejas de los que padecen, los ayes de los que sufren y los himnos de los que esperan. Teobaldo oyó entre aquellas voces que palpitaban aún en el éter luminoso, la voz de su santa madre, que pedía á Dios por él; pero no oyó la suya.
[Footnote 1: círculo armónico = 'melodious circle.' A rhythmic
circling accompanied by song is characteristic of all of the
heavenly choirs in Dante's _Paradiso_. Compare--
Soon as the blessed flame had taken up
The final word to give it utterance
Began the holy millstone to revolve,
And in its gyre had not turned wholly round,
Before another in a ring enclosed it,
And motion joined to motion, song to song;
Song that as greatly doth transcend our muses,
Our Sirens, in those dulcet clarions,
As primal splendor that which is reflected.
_canto XII, Longfellow's translation._
As by a greater gladness urged and drawn
They who are dancing in a ring sometimes
Uplift their voices and their motions quicken;
So, at that orison devout and prompt,
The holy circles a new joy displayed
In their revolving and their wondrous Song.
_Idem, canto XIV._]
IX
Más allá hirieron sus oídos con un estrépito discordante mil y mil acentos ásperos y roncos, blasfemias, gritos de venganzas, cantares de orgias, palabras lúbricas, maldiciones de la desesperación, amenazas de impotencia y juramentos sacrílegos de la impiedad.[1]
[Footnote 1: This conception of two distinct places in the other
world to which all good words and all evil words go and echo
eternally seems to be original with Becquer.]
Teobaldo atravesó el segundo círculo con la rapidez que el meteoro cruza el cielo en una tarde de verano, por no oir su voz que vibraba allí sonante y atronadora, sobreponiéndose á las otras voces en media de aquel concierto infernal.
--_¡ No creo en Dios! ¡ No creo en Dios!_ decia aún su acento agitándose en aquel océano de blasfemias; y Teobaldo comenzaba á creer.
X
Dejó atrás aquellas regiones y atravesó otras inmensidades llenas de visiones terribles, que ni él pudo comprender ni yo acierto á concebir, y llegó al cabo al último círculo[1] de la espiral de los cielos, donde los serafines[2] adoran al Señor, cubierto el rostro con las triples alas[3] y postrados á sus pies.
[Footnote 1: último circulo. Becquer follows no particular
metaphysical system in his description of the various heavenly
spheres.]
[Footnote 2: serafines. The seraphim ('burning' _or_ 'flaming ones')
are the highest order in the hierarchy of angels. They are mentioned
by Isaiah (vi. 2).
Dante speaks of the seraph as "that soul in Heaven which is most enlightened." _Paradiso_, canto XXI, Charles Eliot Norton's translation. See p. 47, note 1, and also p. 152, note 1.]
[Footnote 3: cubierto el rostro con las triples alas. Becquer does
not follow exactly the Biblical description. "Above it stood the
seraphim: each one had six wings; with twain he covered his face,
and with twain he covered his feet, and with twain he did fly."
Isaiah vi. 2.
In the famous vision of St. Francis of Assisi, at the time that he
received his stigmata, the Seraph appeared to him with two wings
raised above his head, with two wings stretched out for flight, and
with two wings covering his whole body. See Mrs. Oliphant, Francis
_of Assisi_, London, Macmillan & Co., 1871, pp. 253-255.]
Él quiso mirarlo.
Un aliento de fuego abrasó su cara, un mar de luz obscureció sus ojos, un trueno gigante retumbó en sus oídos, y arrancado del corcel y lanzado al vacío como la piedra candente que arroja un volcán, se sintió bajar, y bajar sin caer nunca, ciego, abrasado y ensordecido, como cayó el ángel rebelde cuando Dios derribó el pedestal de su orgullo con un soplo de sus labios.[1]
[Footnote 1: Compare--
Nine days they fell; confounded Chaos roared,
And felt tenfold confusion in their fall
Through his wild anarchy; so huge a rout
Encumbered him with ruin. Hell at last,
Yawning, received them whole, and on them closed--
Hell, their fit habitation, fraught with fire
Unquenchable, the house of woe and pain.
Milton, _Paradise Lost_, book vi.]
* * * * *
I
La noche había cerrado, y el viento gemía agitando las hojas de los árboles, por entre cuyas frondosas ramas se deslizaba un suave rayo de luna, cuando Teobaldo, incorporándose sobre el codo y restregándose los ojos como si despertara de un profundo sueño, tendió alrededor una mirada y se encontró en el mismo bosque donde hirió al jabalí, donde cayó muerto su corcel; donde le dieron aquella fantástica cabalgadura que le había arrastrado á unas regiones desconocidas y misteriosas.
Un silencio de muerte reinaba á su alrededor; un silencio que sólo interrumpía el lejano bramido de los ciervos, el temeroso murmullo de las hojas, y el eco de una campana distante que de vez en cuando traía el viento en sus ráfagas.
--Habré soñado, dijo el barón: y emprendió su camino al través del bosque, y salió al fin á la llanura.
II
En lontananza, y sobre las rocas de Montagut, vió destacarse la negra silueta de su castillo, sobre el fondo azulado y transparente del cielo de la noche.--Mi castillo está lejos y estoy cansado, murmuró; esperaré el día en un lugar cercano, y se dirigió al lugar.--Llamó á la puerta.--¿Quien sois? le preguntaron.--El barón de Fortcastell, respondió, y se le rieron en sus barbas.--Llamó á otra.--¿Quién sois y que queréis? tornaron á preguntarle.--Vuestro señor, insistió el caballero, sorprendido de que no le conociesen; Teobaldo de Montagut.[1]--¡Teobaldo de Montagut! dijo colérica su interlocutora, que no era una vieja; ¡Teobaldo de Montagut el del cuento!... ¡Bah!... Seguid vuestro camino, y no vengáis á sacar de su sueño á las gentes honradas para decirles chanzonetas insulsas.
[Footnote 1: Teobaldo de Montagut. See p. 140, note 1.]
III
Teobaldo, lleno de asombro, abandonó la aldea y se dirigió al castillo, á cuyas puertas llego cuando apenas clareaba el día. El foso estaba cegado con los sillares de las derruidas almenas; el puente levadizo, inútil ya, se pudría colgado aún de sus fuertes tirantes de hierro, cubiertos de orín por la acción de los años; en la torre del homenaje tañia lentamente una campana; frente al arco principal de la fortaleza y sobre un pedestal de granito se elevaba una cruz; en los muros no se veía un solo soldado; y confuso, y sordo, parecía que de su seno se elevaba como un murmullo lejano, un himno religioso, grave, solemne y magnífico.
--¡Y este es mi castillo, no hay duda! decía Teobaldo, paseando su inquieta mirada de un punto á otro, sin acertar á comprender lo que le pasaba. ¡Aquel es mi escudo, grabado aún sobre la clave del arco! ¡Ese es el valle de Montagut! Estas tierras que domina, el señorio de Fortcastell....
En aquel instante las pesadas hojas de la puerta giraron sobre sus goznes y apareció en su dintel un religioso.
IV
--¿Quién sois y que hacéis aquí? preguntó Teobaldo al monje.
--Yo soy, contestó éste, un humilde servidor de Dios, religioso del monasterio de Montagut.
--Pero ... interrumpió el barón, Montagut ¿no es un señorío?
--Lo fué, prosiguió el monje ... hace mucho tiempo. ... Á su último señor, según cuentan, se le llevó el diablo; y como no tenía á nadie que le sucediese en el feudo, los condes soberanos[1] hicieron donación de estas tierras á los religiosos de nuestra regla, que están aquí desde hará cosa de ciento á ciento veinte años. Y vos ¿quién sois?
[Footnote 1: condes soberanos. See p. 121, note 1, and p. 123, l.
22.]
--Yo ... balbuceó el barón de Fortcastell, después de un largo rato de silencio; yo soy ... un miserable pecador, que arrepentido de sus faltas, viene á confesarlas á vuestro abad, y 15 á pedirle que le admita en el seno de su religión.
LAS HOJAS SECAS
El sol se había puesto: las nubes, que cruzaban hechas jirones sobre mi cabeza, iban á amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento frio de las tardes de otoño arremolinaba las hojas secas á mis pies.
Yo estaba sentado al borde de un camino,[1] por donde siempre vuelven menos de los que van.
[Footnote 1: un camino. The road to the cemetery.]
No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba á punto de lanzarse al espacio, como el pajáro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el vuelo.
Hay momentos en que, merced á una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae á cuanto le rodea, y replegándose en sí mismo analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la vida interna del hombre.
Hay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde con los elementos de la naturaleza, se relaciona con su modo de ser, y traduce su incomprensible lenguaje.
Yo me hallaba en uno de estos últimos momentos, cuando solo y en medio de la escueta llanura, oí hablar cerca de mí.
Eran dos hojas secas las que hablaban, y éste, poco más ó menos, su extraño diálogo:
¿De donde vienes, hermana?
--Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube del polvo y de las hojas secas nuestras compañeras, á lo largo de la interminable llanura. ¿Y tú?
--Yo he seguido algún tiempo la corriente del río, hasta que el vendaval me arranco de entre el légamo y los juncos de la orilla.
--¿Y adónde vas?
--No lo sé[1]: ¿lo sabe acaso el viento que me empuja?
[Footnote 1: ¿Y adónde vas?--No lo sé. Compare these well-known
verses by the French poet Arnault:
De ta tige détachée,
Pauvre feuille desséchée,
Oh vas-tu?--Je n'en sais rien.
L'orage a brisé le chêne
Qui seul était mon soutien;
De son inconstante haleine
Le zéphyr ou l'aquilon
Depuis ce jour me promène
De la forêt a la plaine,
De la montagne au vallon.
Je vais oh le vent me mene,
Sans me plaindre ou m'effrayer;
Je vais où va toute chose,
Oh va la fenille de rose
Et la feuille de laurier.]
--¡Ay! ¿Quién diría que habíamos de acabar 'amarillas y secas arrastrándonos por la tierra, nosotras que vivimos vestidas de color y de luz meciéndonos en el aire?
--Te acuerdas de los hermosos días en que brotamos; de aquella apacible mañana en que, roto el hinchado botón que nos servía de cuna, nos desplegamos al templado beso del sol como un abanico de esmeraldas?
--¡Oh! ¡Qué dulce era sentirse balanceada por la brisa á aquella altura, bebiendo por todos los poros el aire y la luz!
--¡Oh! ¡Qué hermoso era ver correr el agua del río que lamía las retorcidas raíces del añoso tronco que nos sustentaba, aquel agua limpia y trasparente que copiaba como un espejo el azul del cielo, de modo que creíamos vivir suspendidas entre dos abismos azules!
--¡Con qué placer nos asomábamos por cima de las verdes frondas para vernos retratadas en la temblorosa corriente!
--¡Cómo cantábamos juntas imitando el rumor de la brisa y siguiendo el ritmo de las ondas!
--Los insectos brillantes revoloteaban desplegando sus alas de gasa á nuestro alrededor.
--Y lás mariposas blancas y las libélulas azules, que giran por el aire en extraños círculos, se paraban un momento en nuestros dentellados bordes á contarse los secretos de ese misterioso amor que dura un instante y les consume la vida.[1]
[Footnote 1: y les consume la vida. This is strictly true of the
honey-bee, but not to my knowledge of butterflies or dragon-flies.]
--Cada cual de nosotras era una nota en el concierto de los bosques.
--Cada cual de nosotras era un tono en la armonía de su color.
--En las noches de luna, cuando su plateada luz resbalaba sobre la cima de los montes, ¿te acuerdas cómo charlábamos en voz baja entre las diáfanas sombras?
--Y referíamos con un blando susurro las historias de los silfos que se columpian en los hilos de oro que cuelgan las arañas entre los árboles.
--Hasta que suspendíamos nuestra monótona charla para oir embebecidas las quejas del ruiseñor, que había escogido nuestro tronco por escabel.
--Y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos que, aunque lenas de gozo al oirle,[1] nos amanecía llorando.
[Footnote 1: oirle. See p. 66, note 1.]
--¡Oh! ¡Qué dulces eran aquellas lágrimas que nos prestaba el rocío de la noche y que resplandecían con todos los colores del iris á la primera luz de la aurora!
--Después vino la alegre banda de jilgueros á llenar de vida y de ruidos el bosque con la alborozada y confusa algarabia de sus cantos.
--Y una enamorada pareja, colgó junto á nosotras su redondo nido de aristas y de plumas.
--Nosotras servíamos de abrigo á los pequeñuelos contra las molestas gotas de la lluvia en las tempestades de verano.
--Nosotras les servíamos de dosel y los defendíamos de los importunos rayos del sol.
--Nuestra vida pasaba como un sueño de oro, del que no sospechábamos que se podría despertar.
--Una hermosa tarde en que todo parecía sonreir á nuestro alrededor, en que el sol poniente encendía el ocaso y arrebolaba las nubes, y de la tierra ligeramente húmeda se levantaban efluvios de vida y perfumes de flores, dos amantes se detuvieron á la orilla del agua y al pie del tronco que nos sostenía.
--¡Nunca se borrará ese recuerdo de mi memoria! Ella era joven, casi una niña, hermosa y pálida. Él le decía con ternura:--¿Por qué lloras?--Perdona este involuntario sentimiento de egoísmo, le respondió ella enjugándose una lágrima; lloro por mí. Lloro la vida que me huye: cuando el cielo se corona de rayos de luz, y la tierra se viste de verdura y de flores, y el viento trae perfumes y cantos de pájaros y armonías distantes, y se ama y se siente una amada ¡la vida es buena!--¿Y por que no has de vivir? insistió él estrechándole las manos conmovido.--Porque es imposible. Cuando caigan secas--esas hojas que murmuran armoniosas sobre nuestras cabezas, yo moriré también, y el viento llevará algún día su polvo y el mío ¿quién sabe adónde?
--Yo lo oí y tú lo oiste, y nos estremecimos y callamos. ¡Debiamos secarnos! ¡Debiamos morir y girar arrastradas por los remolinos del viento! Mudas y llenas de terror permanecíamos aún cuando llegó la noche. ¡Oh! ¡Que noche tan horrible!
--Por la primera vez faltó á su cita el enamorado ruiseñor que la encantaba con sus quejas.
--Á poco volaron los pájaros, y con ellos sus pequeñuelos ya vestidos de plumas; y quedó el nido solo, columpiándose lentamente y triste, como la cuna vacía de un niño muerto.
--Y huyeron las mariposas blancas y las libélulas azules, dejando su lugar á los insectos obscuros que venían á roer nuestras fibras y á depositar en nuestro seno sus asquerosas larvas.
--¡Oh! ¡Y cómo nos estremecíamos encogidas al helado contacto de las escarchas de la noche!
--Perdimos el color y la frescura.
--Perdimos la suavidad y las formas, y lo que antes al tocarnos era como rumor de besos, como murmullo de palabras de enamorados, luego se convirtió en áspero ruido, seco, desagradable y triste.
--¡Y al fin volamos desprendidas!
--Hollada bajo el pie de indiferente pasajero, sin cesar arrastrada de un punto á otro entre el polvo y el fango, me he juzgado dichosa cuando podía reposar un instante en el profundo surco de un camino.
--Yo he dado vueltas sin cesar arrastrada por la turbia corriente, y en mi larga peregrinación vi, solo, enlutado y sombrío, contemplando con una mirada distraída las aguas que pasaban y las hojas secas que marcaban su movimiento, á uno de los dos amantes cuyas palabras nos hicieron presentir la muerte.
--¡Ella también se desprendió de la vida y acaso dormirá en una fosa reciente, sobre la que yo me detuve un momento!
--¡Ay! Ella duerme y reposa al fin; pero nosotras, cuando acabaremos este large viaje?...
--¡Nunca!...Ya el viento que nos dejó reposar un punto vuelve á soplar, y ya me siento estremecida para levantarme de la tierra y seguir con él. ¡Adiós, hermana!
--¡Adiós!...
Silbó el aire que había permanecido un momento callado, y las hojas se lavantaron en confuso remolino, perdiéndose á 10 lejos entre las tineblas de la noche.
Y yo pensé entonces algo que no puedo recordar, y que, aunque lo recordase, no encontraría palabras para decirlo.
RIMAS
I[1]
Yo sé un himno gigante y extraño
Que anuncia en la noche del alma una aurora,
Y estas páginas son de ese himno
Cadencias que el aire dilata en las sombras.
Yo quisiera escribirle,[2] del hombre
Domando el rebelde, mezquino idioma,
Con palabras que fuesen á un tiempo
Suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar; que no hay cifra
Capaz de encerrarlo, y apenas ¡oh hermosa!
Si, teniendo en mis manos las tuyas,
Pudiera, al oirlo, cantártelo á solas.
[Footnote 1: This poem is made up of alternate decasyllabic
anapests and dodecasyllabic amphibrachs, thus:
-- -- / | -- -- / | -- -- / | --
-- / -- | -- / -- | -- / -- | -- / --
The even verses have the same assonance throughout.]
[Footnote 2: escribirle. Le refers to _himno_. See p. 66, note 1.]
IV[1]
No digáis que agotado su tesoro,
De asuntos falta,[2] enmudeció la lira:
Podrá no haber poetas; pero siempre
Habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso[3]
Palpiten encendidas;
Mientras el sol las desgarradas nubes
De fuego y oro vista;
Mientras el aire en su regazo lleve
Perfumes y armonías;
Mientras haya en el mundo primavera,
¡Habrá poesía!
Comments
Log in to leave a comment.
Legends, Tales and PoemsChapter IV: Rhyme (6)
0%36 min left in chapter