Chapter IV: Rhyme (2)
Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro. Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras, pero sólo exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.
--¡No me respondes! exclamó Fernando al ver burlada su esperanza; ¿querrás que dé crédito á lo que de tí me han dicho? ¡Oh! No.... Háblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...
--Ó un demonio.... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frió corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casí, exclamó en un arrebato de amor:
--Si lo fueses ... fe amaría ... te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá de ella.
--Fernando, dijo la hermosa entonces con una voz semejante á una música: yo te amo más aún que tu me amas; yo, que desciendo hasta un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la tierra; soy una mujer digna de tí, que eres superior á los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea como ellas, fugaz y trasparente, hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes le premio con mi amor ... como á un mortal superior á las supersticiones del vulgo, como á un amante capaz de comprender mi cariño extraño y misterioso.
Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos verdes prosiguió así:
--¿Ves, ves el limpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales ... y yo ... yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie.... Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino ... las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven ... ven ...
La noche comenzaba á extender sus sombras, la luna rielaba en la superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la obscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas.... Ven ... ven ... estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven ... y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso ... un beso ...
Fernando dió un paso hacia ella ... otro ... y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban á su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve ... y vaciló ... y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar[1] en las orillas.[2]
[Footnote 1: expirar. Becquer uses incorrectly the form _espirar_.]
[Footnote 2: "It was a maxim both in ancient India and ancient
Greece not to look at one's reflection in water.... They feared that
the water-spirits would drag the person's reflection or soul under
water, leaving him soulless to die. This was probably the origin of
the classical story of Narcissus.... The same ancient belief
lingers, in a faded form, in the English superstition that whoever
sees a water-fairy must pine and die.
'Alas, the moon should ever beam
To show what man should never see!--
I saw a maiden on a stream,
And fair was she!
I staid to watch, a little space,
Her parted lips if she would sing;
The waters closed above her face
With many a ring.
I know my life will fade away,
I know that I must vainly pine,
For I am made of mortal clay.
But she's divine!'"
Fraser, _The Golden Bough_, London, Macmillan & Co., 1900, vol. i,
pp. 293-294. The object of Fernando's love was evidently an undine
(see p. 43, note 1, and p. 47, note 1).]
LA CORZA BLANCA
I
En un pequeño lugar[1] de Aragón,[1] y allá por los años de mil trescientos y pico, vivía retirado en su torre señorial un famoso caballero llamado don Dionís, el cual, después de haber servido á su rey[3] en la guerra contra infieles, descansaba á la sazón, entregado al alegre ejercicio de la caza, de las rudas fatigas de los combates.
[Footnote 1: un pequeño lugar. Veratón, a feudal town in the
neighborhood of the Moncayo (see p. 8, note 1). Population (1900),
484.]
[Footnote 2: Aragón. "An ancient kingdom, now a captaincy-general of
Spain, capital Saragossa, bounded by France on the north, by
Catalonia on the east, by Valencia on the south, and by New Castile,
Old Castile, and Navarre on the west, comprising the provinces of
Huesca, Saragossa, and Teruel. It is traversed by mountains and
intersected by the Ebro. During the middle ages it was one of the
two chief Christian powers in the peninsula. In 1035 it became a
kingdom; was united to Catalonia in 1137; rose to great influence
through its acquisitions in the thirteenth and fourteenth centuries
of Valencia, the Balearic Islands, Sardinia, and the Sicilies; and
was united with Castile in 1479 through the marriage of Ferdinand of
Aragon with Isabella of Castile." _Century Dict._]
[Footnote 3: The kings who reigned in Aragon during the fourteenth
century were as follows: Jaime II _el Justo_ (1291-1327), Alfonso IV
_el Benigno_ (1327-1336), Pedro IV _el Ceremonioso_ (1336-1387),
Juan I _el Cazador_ (1387-1395), and Martín (1395-1410).]
Aconteció una vez á este caballero, hallándose en su favorita diversión acompañado de su hija, cuya belleza singular y extraordinaria blancura le habían granjeado el sobrenombre de la Azucena, que como se les entrase á más andar el día engolfados en perseguir á una res en el monte de su feudo, tuvo que acogerse, durante las horas de la siesta, á una cañada por donde corría un riachuelo, saltando de roca en roca con un ruido manso y agradable.
Haría[1] cosa de unas dos horas que don Dionís se encontraba en aquel delicioso lugar, recostado sobre la menuda grama á la sombra de una chopera, departiendo amigablemente con sus monteros sobre las peripecias del día, y refiriéndose unos á otros las aventuras más ó menos curiosas que en su vida de cazador les habían acontecido, cuando por lo alto de la más empinada ladera y á través de los alternados murmullos del viento que agitaba las hojas de los árboles, comenzó á percibirse, cada vez más cerca, el sonido de una esquililla semejante á la del guión de un rebano.
[Footnote 1: Haría = 'it must have been.' See p. 5, note 2, and p.
42, note 1.]
En efecto, era así, pues á poco de haberse oído la esquililla, empezaron á saltar por entre las apiñadas matas de cantueso y tomillo, y á descender á la orilla opuesta del riachuelo, hasta unos cien corderos, blancos como la nieve, detrás de los cuales, con su caperuza calada para libertarse la cabeza de los perpendiculares rayos del sol, y su atillo al hombro en la punta de un palo, apareció el zagal que los conducía.
--Á propósito de aventuras extraordinarias, exclamó al verle uno de los monteros de don Dionís, dirigiéndose á su señor: ahí tenéis á Esteban el zagal, que de algún tiempo á esta parte anda más tonto que lo que naturalmente lo hizo Dios, que no es poco, y el cual puede haceros pasar un rato divertido refiriendo la causa de sus continuos sustos.
--¿Pues qué le acontece á ese pobre diablo? exclamó don Dionís con aire de curiosidad picada.
--¡Friolera! añadió el montero en tono de zumba: es el caso, que sin haber nacido en Viernes Santo[1] ni estar señalado con la cruz,[2] ni hallarse en relaciones con el demonic, á lo que se puede colegir de sus hábitos de cristiano viejo, se encuentra sin saber cómo ni por dónde, dotado de la facultad más maravillosa que ha poseído hombre alguno, á no ser Salomón,[3] de quien se dice que sabía hasta el lenguaje de los pájaros.
[Footnote 1: Viernes Santo = 'Good Friday,' the Friday of Holy Week,
anniversary of the death of Jesus Christ. Friday has long been
considered an unlucky day, and Good Friday, in spite of its name,
has been regarded by popular superstition as a fatal day. One born
on that day might have particular aptitude for witchcraft.]
[Footnote 2: señalado con la cruz = 'marked with the cross.' The
reference here is doubtless to a birth-mark in the form of a cross,
which would indicate a special aptitude for thaumaturgy or
occultism. This might take the form of Christian mysticism, as in
the case of St. Leo, who is said to have been "marked all over with
red crosses" at birth (see Brewer, _Dictionary of Miracles_, Phila.,
1884, p. 425), or the less orthodox form of magic, as is suggested
here.]
[Footnote 3: Salomón = 'Solomon.' "A famous king of Israel, 993-953
B.C. (Duncker), son of David and Bathsheba.... The name of Solomon,
who was supposed to have possessed extraordinary magical powers,
plays an important part in Eastern and thence in European legends,"
_Century Dict._ "His wisdom enabled him (as legend informs us) to
interpret the speech of beasts and birds, a gift shared afterwards,
it was said, by his descendant Hillel (Koran, sura 37, Ewald,
_Gesch. Isr._, iii, 407)." M'Clintock and Strong, _Cyclopedia of
Biblical, Theological, and Ecclesiastical Literature_, N.Y., 1880,
vol. ix, p. 871.]
--¿Y á qué se refiere esa facultad maravillosa?
--Se refiere, prosiguió el montero, á que, según él afirma, y lo jura y perjura por todo lo más sagrado del mundo, los ciervos que discurren por estos montes, se han dado de ojo para no dejarle en paz, siendo lo más gracioso del caso, que en más de una ocasión les ha sorprendido concertando entre sí las burlas que han de hacerle, y después que estas burlas se han llevado á término, ha oído las ruidosas carcajadas con que las celebran.
Mientras esto decía el montero, Constanza, que así se llamaba la hermosa hija de don Dionís, se había aproximado al grupo de los cazadores, y como demostrase su curiosidad por conocer la extraordinaria historia de Esteban, uno de éstos se adelantó hasta el sitio en donde el zagal daba de beber á su ganado, y le condujo á presencia de su señor, que para disipar la turbación y el visible encogimiento del pobre mozo, se apresuro á saludarle por su nombre, acompañando el saludo con una bondadosa sonrisa.
Era Esteban un muchacho de diecinueve á veinte años, fornido, con la cabeza pequeña y hundida entre los hombros, los ojos pequeños y azules, la mirada incierta y torpe como la de los albinos, la nariz roma, los labios gruesos y entreabiertos, la frente calzada, la tez blanca pero ennegrecida por el sol, y el cabello que le caía en parte sobre los ojos y parte alrededor de la cara, en guedejas ásperas y rojas semejantes á las crines de un rocín colorado.
Esto, sobre poco mas ó menos, era Esteban en cuanto al físico; respecto á su moral, podía asegurarse sin temor de ser desmentido ni por él ni por ninguna de las personas que le conocían, que era perfectamente simple, aunque un tanto suspicaz y malicioso como buen rústico.
Una vez el zagal repuesto de su turbación, le dirigió de nuevo la palabra don Dionís, y con el tono más serio del mundo, y fingiendo un extraordinario interés por conocer los detalles del suceso á que su montero se había referido, le hizo una multitud de preguntas, á las que Esteban comenzó á contestar de una manera evasiva, como deseando evitar explicaciones sobre el asunto.
Estrechado, sin embargo, por las interrogaciones de su señor y por los ruegos de Constanza, que parecía la más curiosa é interesada en que el pastor refiriese sus estupendas aventuras, decidióse éste á hablar, mas no sin que antes dirigiese á su alrededor una mirada de desconfianza, como temiendo ser oído por otras personas que las que allí estaban presentes, y de rascarse tres ó cuatro veces la cabeza tratando de reunir sus recuerdos ó hilvanar su discurso, que al fin comenzo dó esta manera:
--Es el caso, señor, que según me dijo un preste de Tarazona,[1] al que acudí no ha mucho, para consultar mis dudas, con el diablo no sirven juegos, sino punto en boca, buenas y muchas oraciones á San Bartolomé,[2] que es quien le conoce las cosquillas, y dejarle andar; que Dios, que es justo y está allá arriba, proveerá á todo. Firme en esta idea, había decidido no volver á decir palabra sobre el asunto á nadie, ni por nada; pero lo haré hoy por satisfacer vuestra curiosidad, y á fe á fe que después de todo, si el diablo me lo toma en cuenta, y torna á molestarme en castigo de mi indiscreción, buenos Evangelios llevo cosidos á la pellica, y con su ayuda creo que, como otras veces no me será inútil el garrote.
[Footnote 1: Tarazona. A venerable town of some 8800 inhabitants
situated on the river Queiles, northeast of the Moncayo (see p. 8,
note 1) and northwest of the town of Borja.]
[Footnote 2: San Bartolomé--'St. Bartholomew,' one of the twelve
apostles, deemed by some to be identical with Nathanael. "Little is
known of his work. According to tradition he preached in various
parts of Asia, and was flayed alive and then crucified, head
downward, at Albanopolis in Armenia. His memory is celebrated in the
Roman Catholic church on August 24." _Century Dict._ In popular
superstition St. Bartholomew is supposed to have had particular
power over the devil, and prayers to this saint are thought to be
specially efficacious against the wiles of the evil one. For a
detailed account of St. Bartholomew's power over the devil, see
Jacobi a Voragine, _Legenda Aurea_ (Th. Graesse), Lipsiae, MDCCCL,
cap. cxxiii, pp. 540-544.]
--Pero, vamos, exclamó don Dionís, impaciente al escuchar las digresiones del zagal, que amenazaban no concluir nunca; déjate de rodeos y ve derecho al asunto.
--Á él voy, contestó con calma Esteban, que después de dar una gran voz acompañada de un silbido para que se agruparan los corderos, que no perdía de vista y comenzaban[1] á desparramarse por el monte, torno á rascarse la cabeza y prosiguió así:
[Footnote 1: que no perdía de vista y comenzaban. Compare the use of
the relative in this phrase with that to which attention has been
called on p. 10, note 1.]
--Por una parte vuestras continuas excursiones, y por otra el dale que le das de los cazadores furtivos, que ya con trampa ó con ballesta no dejan res á vida en veinte jornadas al contorno, habían no hace mucho agotado la caza en estos montes, hasta el extremo de no encontrarse un venado en ellos ni por un ojo de la cara.
Hablaba yo de esto mismo en el lugar, sentado en el porche de la iglesia, donde después de acabada la misa del domingo solía reunirme con algunos peones de los que labran la tierra de Veratón,[1] cuando algunos de ellos me dijeron:
[Footnote 1: Veratón. See p. 25, note 1.]
--Pues, hombre, no sé en qué consista el que tú no los topes, pues de nosotros podemos asegurarte que no bajamos una vez á las hazas que no nos encontremos rastro, y hace tres ó cuatro días, sin ir más lejos, una manada, que á juzgar por las huellas debía componerse de más de veinte, le segaron antes de tiempo una pieza de trigo al santero de la Virgen del Romeral.[1]
[Footnote 1: la Virgen del Romeral. A hermitage in the locality.]
--¿Y hacia qué sitio seguía el rastro? pregunté á los peones, con animo de ver si topaba con la tropa.
--Hacia la cañada de los cantuesos, me contestaron.
No eché en saco roto la advertencia: aquella noche misma fuí á apostarme entre los chopos. Durante toda ella estuve oyendo por acá y por allá, tan pronto lejos como cerca, el bramido de los ciervos que se llamaban unos á otros, y de vez en cuando sentía moverse el ramaje á mis espaldas; pero por más que me hice todo ojos, la verdad es que no pude distinguir á ninguno.
No obstante, al romper el día, cuando llevé los corderos al agua, á la orilla de este río, como obra de dos tiros de honda del sitio en que nos hallamos, y en una umbría de chopos, donde ni á la hora de siesta se desliza un rayo de sol, encontré huellas recientes de los ciervos, algunas ramas desgajadas, la corriente un poco turbia, y lo que es más particular, entre el rastro de las reses las breves huellas de unos pies[1] pequeñitos como la mitad de la palma de mi mano, sin ponderación alguna.
[Footnote 1: pies. Human feet are of course referred to here.]
Al decir esto, el mozo, instintivamente y al parecer buscando un punto de comparación, dirigió la vista hacia el pie de Constanza, que asomaba por debajo del brial, calzado de un precioso chapín de tafilete amarillo; pero como al par de Esteban bajasen también los ojos don Dionís y algunos de los monteros que le rodeaban, la hermosa niña se apresuró á esconderlos, exclamando con el tono más natural del mundo:
--¡Oh, no! por desgracia no los tengo yo tan pequeñitos, pues de ese tamaño sólo se encuentran en las hadas; cuya historia nos refieren los trovadores.[1]
[Footnote 1: trovadores = 'troubadours.' "A class of early poets who
first appeared in Provence, France. The troubadours were considered
the inventors of a species of lyrical poetry, characterized by an
almost entire devotion to the subject of chivalric love, and
generally very complicated in regard to meter and rhyme. They
fourished from the eleventh to the latter part of the thirteenth
century, principally in the south of France, Catalonia, Aragon, and
northern Italy." _Century Dict._ Belief in the marvelous, and hence
in fairies, likewise characterized these poets.]
--Pues no paró aquí la cosa, continuó el zagal, cuando Constanza hubo concluido; sino que otra vez, habiéndome colocado en otro escondite por donde indudablemente habían de pasar los ciervos para dirigirse á la cañada, allá al filo de la media noche me rindió un poco el sueño, aunque no tanto que no abriese los ojos en el mismo punto en que creí percibir que las ramas se movían á mi alrededor. Abrí los ojos según dejo dicho: me incorporé con sumo cuidado, y poniendo atención á aquel confuso murmullo que cada vez sonaba más próximo, oí en las ráfagas del aire, como gritos y cantares extraños, carcajadas y tres ó cuatro voces distintas que hablaban entre sí con un ruido y una algarabía semejante al de las muchachas del lugar, cuando riendo y bromeando por el camino, vuelven en bandadas de la fuente con sus cántaros á la cabeza.
Según colegía de la proximidad de las voces y del cercano chasquido de las ramas que crujían al romperse para dar paso á aquella turba de locuelas, iban á salir de la espesura á un pequeño rellano que formaba el monte en el sitio donde yo estaba oculto, cuando enteramente á mis espaldas, tan cerca ó más que me encuentro de vosotros, oí una nueva voz fresca, delgada y vibrante, que dijo ... creedlo, señores, esto es tan seguro como que me he de morir ... dijo ... claro y distintamente estas propias palabras:
_¡Por aquí, por aquí, compañeras,
que está ahí el bruto de Esteban!_
Al llegar á este punto de la relación del zagal, los circunstantes no pudieron ya contener por más tiempo la risa, que hacía largo rato les retozaba en los ojos, y dando rienda á su buen humor, prorrumpieron en una carcajada estrepitosa. De los primeros en comenzar á reir y de los últimos en dejarlo, fueron don Dionís, que á pesar de su fingida circunspección no pudo por menos de tomar parte en el general regocijo, y su hija Constanza, la cual cada vez que miraba á Esteban todo suspenso y confuso, tornaba á reirse como una loca hasta el punto de saltarle las lágrimas á los ojos.
El zagal, por su parte, aunque sin atender al efecto que su narración había producido, parecía todo turbado é inquieto; y mientras los señores reían á sabor de sus inocentadas, él tornaba la vista á un lado y á otro con visibles muestras de temor y como queriendo descubrir algo á través de los cruzados troncos de los árboles.
--¿Qué es eso, Esteban, qué te sucede? le preguntó uno de los monteros notando la creciente ínquietud del pobre mozo, que ya fijaba sus espantadas pupilas en la hija risueña de don Dionís, ya las volvía á su alrededor con una expresión asombrada y estúpida.
--Me sucede una cosa muy extraña, exclamó Esteban. Cuando después de escuchar las palabras que dejo referidas, me incorporé con prontitud para sorprender á la persona que las había pronunciado, una corza blanca como la nieve salió de entre las mismas matas en donde yo estaba oculto, y dando unos saltos enormes por cima de los carrascales y los lentiscos, se alejó seguida de una tropa de corzas de su color natural, y así estas como la blanca que las iba guiando, no arrojaban bramidos al huir, sino que se reían con unas carcajadas, cuyo eco juraría que aún me está soñando en los oídos en este momento.
--¡Bah!... ¡bah!... Esteban, exclamó don Dionís con aire burlón, sigue los consejos del preste de Tarazona; no hables de tus encuentros con los corzos amigos de burlas, no sea que haga el diablo que al fin pierdas el poco juicio que tienes; y pues ya estás provisto de los Evangelios y sabes las oraciones de San Bartolomé, vuélvete á tus corderos, que comienzan á desbandarse por la cañada. Si los espíritus malignos tornan á incomodarte, ya sabes el remedio: _Pater Noster_[1] y garrotazo.
[Footnote 1: Pater Noster. The first words of the Lord's Prayer in
Latin.]
El zagal, después de guardarse en el zurrón un medio pan blanco y un trozo de came de jabalí, y en el estomago un valiente trago de vino que le dió por orden de su señor uno de los palafreneros, despidióse de don Dionís y su hija, y apenas anduvo cuatro pasos, comenzó á voltear la honda para reunir á pedradas los corderos.
Como á esta sazón notase don Dionís que entre unas y otras las horas del calor eran ya pasadas y el vientecillo de la tarde comenzaba á mover las hojas de los chopos y á refrescar los campos, dió orden á su comitiva para que aderezasen las caballerías que andaban paciendo sueltas por el inmediato soto; y cuando todo estuvo á punto, hizo seña á los unos para que soltasen las traíllas, y á los otros para que tocasen las trompas, y saliendo en tropel de la chopera, prosiguió adelante la interrumpida caza.
II
Entre los monteros de don Dionís habla uno llamado Garcés, hijo de un antiguo servidor de la familia, y por tanto el más querido de sus señores.
Garcés tenía poco más ó menos la edad de Constanza, y desde muy niño habíase acostumbrado á prevenir el menor de sus deseos, y á adivinar y satisfacer el más leve de sus antojos.
Por su mano se entretenía en afilar en los ratos de ocio las agudas saetas de su ballesta de marfil; él domaba los potros que había de montar su señora; él ejercitaba en los ardides de la caza á sus lebreles favoritos y amaestraba á sus halcones, á los cuales compraba en las ferias de Castilla[1] caperuzas rojas bordadas de oro.
[Footnote 1: Castilla = 'Castile.' An old kingdom of Spain, in the
northern and central part of the peninsula. The kingdoms of Castile
and Leon, after several unions and separations, were finally united
under Ferdinand III in 1230. Isabella of Castile married Ferdinand
of Aragon in 1469, and in 1479 the two kingdoms of Castile and
Aragon were united.]
Para con los otros monteros, los pajes y la gente menuda del servicio de don Dionís, la exquisita solicitud de Garcés y el aprecio con que sus señores le distinguían, habíanle valido una especie de general animadversión, y al decir de los envidiosos, en todos aquellos cuidados con que se adelantaba á prevenir los caprichos de su señora revelábase su carácter adulador y rastrero. No faltaban, sin embargo, algunos que, más avisados ó maliciosos, creyeron sorprender en la asiduidad del solícito mancebo algunos Señales de mal disimulado amor.
Si en efecto era así, el oculto cariño de Garcés tenia más que sobrada disculpa en la incomparable hermosura de Constanza. Hubiérase necesitado un pecho de roca y un corazón de hielo para permanecer impasible un día y otro al lado de aquella mujer singular por su belleza y sus raros atractivos.
La Azucena _del Moncayo_[1] llamábanla en veinte leguas á la redonda, y bien merecía este sobrenombre, porque era tan airosa, tan blanca y tan rubia que, como á las azucenas, parecía que Dios la había hecho de nieve y oro.
[Footnote 1: Moncayo. See p. 8, note 1]
Y sin embargo, entre los señores comarcanos murmurábase que la hermosa castellana de Veratón[1] no era tan limpia de sangre como bella, y que á pesar de sus trenzas rubias y su tez de alabastro, había tenído por madre una gitana. Lo de cierto que pudiera haber en estas murmuraciones, nadie pudo nunca decirlo, porque la verdad era que don Dionís tuvo una vida bastante azarosa en su juventud, y después de combatir largo tiempo bajo la conducta del monarca aragonés,[2] del cual recabó entre otras mercedes el feudo del Moncayo,[3] marchóse á Palestina,[4] en donde anduvo errante algunos años, para volver por último á encerrarse en su castillo de Veratón,[5] con una hija pequeña, nacida sin duda en aquellos países remotos. El único que hubiera podido decir algo acerca del misterioso origen de Constanza, pues acompañó a don Dionís en sus lejanas peregrinaciones, era el padre de Garcés, y éste había ya muerto hacía bastante tiempo, sin decir una sola palabra sobre el asunto ni á su propio hijo, que varias veces y con muestras de grande interés, se lo habia preguntado.
[Footnote 1: Veratón. See p. 25, note 1.]
[Footnote 2: monarca aragonés. See p. 25, note 3.]
[Footnote 3: Moncayo. See p. 8, note 1]
[Footnote 4: Palestina = 'Palestine.' A territory in the southern
part of Syria. Chief city Jerusalem. "It passed under Mohammedan
rule about 636, was held by the Christians temporarily during the
Crusades [seventh and last under St. Louis 1270-1272], and since
1516 has been in the possession of the Turkish government." _Century
Dict._]
[Footnote 5: Veratón. See p. 25, note 1.]
El carácter, tan pronto retraído y melancólico como bullicioso y alegre de Constanza, la extraña exaltación de sus ideas, sus extravagantes caprichos, sus nunca vistas costumbres, hasta la particularidad de tener los ojos y las cejas negras como la noche, siendo blanca y rubia como el oro, habían contribuido á dar pábulo á las hablillas de sus convecinos, y aun el mismo Garcés, que tan intimamente la trataba, había llegado á persuadirse que su señora era algo especial y no se parecía á las demás mujeres.
Presente á la relación de Esteban, como los otros monteros, Garcés fue acaso el único que oyó con verdadera curiosidad los pormenores de su increible aventura, y si bien no pudo menos de sonreir cuando el zagal repitió las palabras de la corza blanca, desde que abandonó el soto en que habían sesteado comenzó á revolver en su mente las más absurdas imaginaciones.
No cabe duda que todo eso del hablar las corzas es pura aprensión de Esteban, que es un completo mentecato, decía entre sí el joven montero, mientras que jinete en un poderoso alazán, seguía paso á paso el palafrén de Constanza, la cual también parecia mostrarse un tanto distraída y silenciosa, y retirada del tropel de los cazadores, apenas tomaba parte en la fiesta. ¿Pero quien dice que en lo que refiere ese simple no existirá algo de verdad? prosiguio pensando el mancebo. Cosas más extrañas hemos visto en el mundo, y una corza blanca bien puede haberla, puesto que si se ha de dar crédito á las cántigas del país, San Huberto,[1] patrón de los cazadores, tenía una. ¡Oh, si yo pudiese coger viva una corza blanca para ofrecérsela á mi señora!
[Footnote 1: San Huberto = 'St. Hubert.' The patron saint of
hunters; died about 727. His memory is celebrated by the church
November 3. Legend says that he was the son of a nobleman of
Aquitaine, and a keen hunter; and that once when he was engaged in
the chase on Good Friday, in the forest of Ardennes, a stag appeared
to him having a shining crucifix between its antlers. He heard a
warning voice and was converted, entered the chnrch, and became
bishop of Maestricht and Liège. See the _Encyclopedia Americano_.
The rôle of the deer in mythology, however, is not usually so
beneficent, and "the antelope, the gazelle, and the stag generally,
instead of helping the hero, involve him rather in perplexity and
peril. This mythical subject is amplified in numerous Hindoo
legends." See de Gubernatis, _Zoölogical Mythology_, London, 1872,
vol. ii, p. 84 and following.
La Biche au Bois_ (The Hind of the Woods) of Mme. d'Aulnoy is a
story that offers some striking resemblances to _La Corza Blanca_ of
Becquer. A beautiful princess is transformed by a wicked fairy into
a white hind, which form she is allowed to quit at certain hours of
the day. One day, while still in the form of the hind, she is
pursued by her lover and wounded by an arrow. However, a release
from the enchantment and a happy marriage end the sufferings of the
heroine. In this Spanish tale the transformation is voluntary, which
fact gives to Constanza the traits of a witch.
In Wordsworth's beautiful poem _The White Doe of Rylstone_ we find
the doe divested of all the elements of witchcraft, and in its
solicitude for the gentle and bereft Lady Emily it is likened
symbolically
To the grief of her soul that doth come and go
In the beautiful form of this innocent Doe:
Which, though seemingly doomed in its breast to sustain
A softened remembrance of sorrow and pain,
Is spotless, and holy, and gentle, and bright;
And glides o'er the earth like an angel of light.]
Asi pensando y discurriendo pasó Garcés la tarde, y cuando ya el sol comenzó á esconderse por detras de las vecinas lomas y don Dionís mando volver grupas á su gente para tornar al castillo, separóse sin ser notado de la comitiva y echo en busca del zagal por lo más espeso é intrincado del monte.
La noche había cerrado casi por completo cuando don Dionís llegaba á las puertas de su castillo. Acto continuo dispusiéronle una frugal colación, y sentóse con su hija á la mesa.
--Y Garcés ¿dónde esta? preguntó Constanza notando que su montero no se encontraba allí para servirla como tenía de costumbre.
--No sabemos, se apresuraron á contestar los otros servidores; desapareció de entre nosotros cerca de la cañada, y esta es la hora en que todavía no le hemos visto.
En este punto llegó Garcés todo sofocado, cubierta aún de sudor la frente, pero con la cara más regocijada y satisfecha que pudiera imaginarse.
--Perdonadme, señora, exclamó, dirigiéndose á Constanza; perdonadme si he faltado un momento á mi obligación; pero allá de donde vengo á todo el correr de mi caballo, como aquí, sólo me, ocupaba en serviros.
--¿En servirme? repitió Constanza; no comprendo lo que quieres decir.
--Sí, señora; en serviros, repitió el joven, pues he averiguado que es verdad que la corza blanca existe. Á mas de Esteban, lo dan por seguro otros varios pastores, que juran haberla visto más de una vez, y con ayuda de los cuales espero en Dios y en mi patrón San Huberto que antes de tres días, viva ó muerta, os la traeré al castillo.
--¡Bah!... ¡Bah!... exclamo Constanza con aire de zumba, mientras hacían coro á sus palabras las risas más ó menos disimuladas de los circunstantes; déjate de cacerías nocturnas y de corzas blancas: mira que el diablo ha dado en la flor de tentar á los simples, y si te empeñas en andarle á los talones, va á dar que reir contigo como con el pobre Esteban.
--Señora, interrumpió Garcés con voz entrecortada y disimulando en lo posible la cólera que le producía el burlón regocijo de sus companeros, yo no me he visto nunca con el diablo, y por consiguiente, no sé todavía como las gasta; pero conmigo os juro que todo podrá hacer menos dar que reir, porque el uso de ese privilegio sólo en vos sé tolerarlo.
Constanza conoció el efecto que su burla había producido en el enamorado joven; pero deseando apurar su paciencia hasta lo último, tornó á decir en el mismo tono:
--¿Y si al dispararla te saluda con alguna risa del género de la que oyó Esteban, ó se te ríe en la nariz, y al escuchar sus sobrenaturales carcajadas se te cae la ballesta de las manos, y antes de reponerte del susto ya ha desaparecido la corza blanca más ligera que un relámpago?
--¡Oh! exclamó Garcés, en cuanto á eso estad segura que como yo la topase á tiro de ballesta, aunque me hiciese más monos que un juglar, aunque me hablara, no ya en romance, sino en latín como el abad de Munilla,[1] no se iba[2] sin un arpón en el cuerpo.
[Footnote 1: Munilla. A town of 1170 inhabitants situated in the
province of Logroño to the west of the town of Arnedillo on the
Cidacos. Munilla was a place of considerable importance at the time
in which the events of this story are supposed to have occurred.]
[Footnote 2: no se iba = 'it would not escape.' See p. 108, note 3]
En este punto del diálogo, terció don Dionís, y con una desesperante gravedad á través de la que se adivinaba toda la ironía de sus palabras, comenzó á darle al ya asendereado mozo los consejos más originales del mundo, para el caso de que se encontrase de manos á boca con el demonio convertido en corza blanca.
Á cada nueva ocurrencia de su padre, Constanza fijaba sus ojos en el atribulado Garcés y rompía á reir como una loca, en tanto que los otros servidores esforzaban las burlas con sus miradas de inteligencia y su mal encubierto gozo.
Mientras duró la colación prolongóse esta escena, en que la credulidad del joven montero fué, por decirlo así, el tema obligado del general regocijo; de modo que cuando se levantaron los paños, y don Dionís y Constanza se retiraron á sus habitaciones, y toda la gente del castillo se entregó al reposo, Garcés permaneció un largo espacio de tiempo irresoluto, dudando si á pesar de las burlas de sus señores, proseguiría firme en su propósito, o desistiría completamente de la empresa.
--¡Qué diantre! exclamó saliendo del estado de incertidumbre en que se encontraba: mayor mal del que me ha sucedido no puede sucederme, y si por el contrario es verdad lo que nos ha contado Esteban ... ¡oh, entonces, cómo he de saborear mi triunfo!
Esto diciendo, armó su ballesta, no sin haberla[1] hecho antes la señal de la cruz en la punta de la vira, y colocándosela á la espalda se dirigió á la poterna del castillo para tomar la vereda del monte.
[Footnote 1: la. See p. 20, note 2.]
Cuando Garcés llego á la cañada y al punto en que, según las instrucciones de Esteban, debía aguardar la aparición de las corzas, la luna comenzaba á remontarse con lentitud por detrás de los cercanos montes.
Á fuer de buen cazador y práctico en el oficio, antes de elegir un punto á propósito para colocarse al acecho de las reses, anduvo un gran rato de acá para allá examinando las trochas y las veredas vecinas, la disposición de los árboles, los accidentes del terreno, las curvas del río y la profundidad de sus aguas.
Por último, después de terminar este minucioso reconocimiento del lugar en que se encontraba, agazapose en un ribazo junto á unos chopos de copas elevadas y obscuras, á cuyo pie crecían unas matas de lentisco, altas lo bastante para ocultar á un hombre echado en tierra.
El río, que desde las musgosas rocas donde tenía su nacimiento venía siguiendo las sinuosidades del Moncayo á entrar en la cañada por una vertiente, deslizábase desde allí bañando el pie de los sauces que sombreaban su orilla, ó jugueteando con alegre murmullo entre las piedras rodadas del monte hasta caer en una hondura próxima al lugar que servía de escondrijo al montero.
Los álamos, cuyas plateadas hojas movía el aire con un rumor dulcísimo, los sauces que inclinados sobre la limpia corriente humedecían en ella las puntas de sus desmayadas ramas, y los apretados carrascales por cuyos troncos subían y se enredaban las madreselvas y las campanillas azules, formaban un espeso muro de follaje alrededor del remanso del río.
El viento, agitando los frondosos pabellones de verdura que derramaban en torno su flotante sombra, dejaba penetrar á intervalos un furtivo rayo de luz, que brillaba como un relámpago de plata sobre la superficie de las aguas inmóviles y profundas.
Oculto tras los matojos, con el oído atento al más leve rumor y la vista clavada en el punto en donde según sus cálculos debían aparecer las corzas, Garcés esperó inútilmente un gran espacio de tiempo.
Todo permanecía á su alrededor sumido en una profunda calma.
Poco á poco, y bien fuese que el peso de la noche, que ya había pasado de la mitad, comenzara á dejarse sentir, bien que el lejano murmullo del agua, el penetrante aroma de las flores silvestres y las caricias del viento comunicasen á sus sentidos el dulce sopor en que parecía estar impregnada la naturaleza toda, el enamorado mozo que hasta aquel punto había estado entretenido revolviendo en su mente las más halagüeñas imaginaciones comenzó á sentir que sus ideas se elaboraban con más lentitud y sus pensamientos tomaban formas más leves é indecisas.
Después de mecerse un instante en ese vago espacio que media entre la vigilia y el sueño, entornó al fin los ojos, dejó escapar la ballesta de sus manos y se quedó profundamente dormido. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cosa de dos horas ó tres haría[1] ya que el joven montero roncaba á pierna suelta, disfrutando á todo sabor de uno de los sueños más apacibles de su vida, cuando de repente entreabrió los ojos sobresaltado; é incorporóse á medias lleno aún de ese estupor del que se vuelve en sí de improviso después de un sueño profundo.
[Footnote 1: haría = 'it must have been.' See p. 5, note 2, and p.
26, note 1.]
En las ráfagas del aire y confundido con los leves rumores de la noche, creyó percibir un extraño rumor de voces delgadas, dulces y misteriosas que hablaban entre sí, reian ó cantaban cada cual por su parte y una cosa diferente, formando una algarabia tan ruidosa y confusa como la de los pájaros que despiertan al primer rayo del sol entre las frondas de una alameda.
Este extraño rumor solo se dejó oir un instante, y después todo volvió á quedar en silencio.
--Sin duda soñaba con las majaderías que nos refirió el zagal, exclamó Garcés restregándose los ojos con mucha calma, y en la firme persuasión de que cuanto había creído oir no era más que esa vaga huella del ensueño que queda, al despertar, en la imaginación, como queda en el oído la última cadencia de una melodía después que ha expirado temblando la última nota. Y dominado por la invencible languidez que embargaba sus miembros, iba á reclinar de nuevo la cabeza sobre el césped, cuando tornó á oir el eco distante de aquellas misteriosas voces, que acompañándose del rumor del aire, del agua y de las hojas, cantaban asi:
CORO
«El arquero que velaba en lo alto de la torre ha reclinado su pesada cabeza en el muro.
»Al cazador furtivo que esperaba sorprender la res, lo ha sorprendido el sueño.
»El pastor que aguarda el día consultando las estrellas, duerme ahora y dormirá hasta el amanecer.
»Reina de las ondinas,[1] sigue nuestros pasos.
[Footnote 1: ondinas = 'undines.' Female water-sprites, without
souls. They form one branch of the elemental spirits (see p. 24,
note 2, and p. 47, note 1). Read Fouqué's romantic novel entitled
_Undine_.]
»Ven á mecerte en las ramas de los sauces sobre el haz del agua.
»Ven á embriagarte con el perfume de las violetas que se abren entre las sombras.
»Ven á gozar de la noche, que es el día de los espíritus.»
Mientras flotaban en el aire las suaves notas de aquella deliciosa música, Garcés se mantuvo inmóvil. Después que se hubo desvanecido, con mucha precaución apartó un poco las ramas, y no sin experimentar algún sobresalto vió aparecer las corzas que en tropel y salvando los matorrales con ligereza increíble unas veces, deteniéndose como á escuchar otras, jugueteando entre sí, ya escondiéndose entre la espesura, ya saliendo nuevamente á la senda, bajaban del monte con dirección al remanso del río.
Delante de sus compañeras, más ágil, más linda, más juguetona y alegre que todas, saltando, corriendo, parándose y tornando á correr, de modo que parecía no tocar el suelo con los pies, iba la corza blanca, cuyo extraño color destacaba como una fantástica luz sobre el obscuro fondo de los árboles.
Aunque el joven se sentía dispuesto á ver en cuanto le rodeaba algo de sobrenatural y maravilloso, la verdad del caso era, que prescindiendo de la momentánea alucinación que turbó un instante sus sentidos fingiéndole músicas, rumores y palabras, ni en la forma de las corzas ni en sus movimientos, ni en los cortos bramidos con que parecían llamarse, había nada con que no debiese estar ya muy familiarizado un cazador práctico en esta clase de expediciones nocturnas.
Á medida que desechaba la primera impresión, Garcés comenzó á comprenderlo así, y riéndose interiormente de su incredulidad y su miedo, desde aquel instante solo se ocupó en averiguar, teniendo en cuenta la dirección que seguían, el punto donde se hallaban las corzas.
Hecho el cálculo, cogió la ballesta entre los dientes, y arrastrándose como una culebra por detrás de los lentiscos, fué á situarse obra de unos cuarenta pasos más lejos del lugar en que antes se encontraba. Una vez acomodado en su nuevo escondite, esperó el tiempo suficiente para que las corzas estuvieran ya dentro del río, á fin de hacer el tiro más seguro. Apenas empezó á escucharse ese ruido particular que produce el agua que se bate á golpes ó se agita con violencia, Garcés comenzó á levantarse poquito á poco y con las mayores precauciones, apoyándose en la tierra primero sobre la punta de los dedos, y después con una de las rodillas.
Ya de pie, y cerciorándose á tientas de que el arma estaba preparada, dió un paso hacia adelante, alargó el cuello por cima de los arbustos para dominar el remanso, y tendió la ballesta; pero en el mismo punto en que, á par de la ballesta, tendió la vista buscando el objeto que había de herir, se escapó de sus labios un imperceptible é involuntario grito de asombro.
La luna que había ido remontandose con lentitud por el ancho horizonte, estaba inmóvil y como suspendida en la mitad del cielo. Su dulce claridad inundaba el soto, abrillantaba la intranquila superficie del río y hacía ver los objetos como á través de una gasa azul.
Las corzas habían desaparecido.
En su lugar, lleno de estupor y casi de miedo, vió Garcés un grupo de bellísimas mujeres, de las cuales, unas entraban en el agua jugueteando, mientras las otras acababan de despojarse de las ligeras túnicas que aún ocultaban á la codiciosa vista el tesoro de sus formas.
En esos ligeros y cortados sueños de la mañana, ricos en imágenes risueñas y voluptuosas, sueños diáfanos y celestes como la luz que entonces comienza á transparentarse á través de las blancas cortinas del lecho, no ha habido nunca imaginación de veinte años que bosquejase con los colores de la fantasía una escena semejante á la que se ofrecía en aquel punto á los ojos del atónito Garcés.
Despojadas ya de sus túnicas y sus velos de mil colores, que destacaban sobre el fondo, suspendidas de los árboles ó arrojadas con descuido sobre la alfombra del césped, las muchachas discurrían á su placer por el soto, formando grupos pintorescos, y entraban y salían en el agua, haciéndola saltar en chispas luminosas sobre las flores de la margen como una menuda lluvia de rocío.
Aquí una de ellas, blanca como el vellón de un cordero, sacaba su cabeza rubia entre las verdes y flotantes hojas de una planta acuática, de la cual parecía una flor á medio abrir, cuyo flexible tallo más bien se adivinaba que se veía temblar debajo de los infinites círculos de luz de las ondas.
Otra allá, con el cabello suelto sobre los hombros mecíase suspendida de la rama de un sauce sobre la corriente de un río, y sus pequeños pies, color de rosa, hacían una raya de plata al pasar rozando la tersa superficie. En tanto que éstas permanecían recostadas aún al borde del agua con los azules ojos adormidos, aspirando con voluptuosidad el perfume de las flores y estremeciéndose ligeramente al contacto de la fresca brisa, aquellas danzaban en vertiginosa ronda, entrelazando caprichosamente sus manos, dejando caer atrás la cabeza con delicioso abandono, é hiriendo el suelo con el pie en alternada cadencia.
Era imposible seguirlas en sus ágiles movimientos, imposible abarcar con una mirada los infinitos detalles del cuadro que formaban, unas corriendo, jugando y persiguiéndose con alegres risas por entre el laberinto de los árboles; otras surcando el agua como un cisne, y rompiendo la corriente con el levantado seno; otras, en fin, sumergiéndose en el fondo, donde permanecían largo rato para volver á la superficie, trayendo una de esas flores extrañas que nacen escondidas en el lecho de las aguas profundas.
La mirada del atónito montero vagaba absorta de un lado á otro, sin saber dónde fijarse, hasta que sentado bajo un pabellón de verdura que parecía servirle de dosel, y rodeado de un grupo de mujeres todas á cual más bellas, que la ayudaban á despojarse de sus ligerísimas vestiduras, creyó ver el objeto de sus ocultas adoraciones, la hija del noble don Dionís, la incomparable Constanza.
Marchando de sorpresa en sorpresa, el enamorado joven no se atrevía ya á dar crédito ni al testimonio de sus sentidos, y creíase bajo la influencia de un sueño fascinador y engañoso.
No obstante, pugnaba en vano por persuadirse de que todo cuanto veía era efecto del desarreglo de su imaginación; porque mientras más la miraba, y más despacio, más se convencía de que aquella mujer era Constanza.
No podía caber duda, no: suyos eran aquellos ojos obscuros y sombreados de largas pestañas, que apenas bastaban á amortiguar la luz de sus pupilas; suya aquella rubia y abundante cabellera, que después de coronar su frente se derramaba por su blanco seno y sus redondas espaldas como una cascada de oro; suyos, en fin, aquel cuello airoso, que sostenía su languida cabeza, ligeramente inclinada como una flor que se rinde al peso de las gotas de rocío, y aquellas voluptuosas formas que el había soñado tal vez, y aquellas manos semejantes a manojos de jazmines, y aquellos pies diminutos, comparables sólo con dos pedazos de nieve que el sol no ha podido derretir, y que á la mañana blanquean entre la verdura.
En el momento en que Constanza salió del bosquecillo, sin velo alguno que ocultase á los ojos de su amante los escondidos tesoros de su hermosura, sus compañeras comenzaron nuevamente á cantar estas palabras con una melodia dulcísima:
CORO
«Genios del aire, habitadores del luminoso éter, venid envueltos en un jirón de niebla plateada.
»Silfos[1] invisibles, dejad el cáliz de los entreabiertos lirios, y venid en vuestros carros de nácar al que vuelan uncidas las mariposas.
[Footnote 1: The spirits mentioned here belong to the race of
sub-human intelligences known in the old magical doctrine as
elemental or elementary spirits, "who are formally grouped into four
broad species. The air is inhabited by the amiable race of Sylphs,
the sea by the delightful and beautiful Undines, the earth by the
industrious race of swarthy Gnomes, and the fire by the exalted and
glorious nation of Salamanders, who are supreme in the elementary
hierarchy. There is a close analogy in the natures of all these
intelligences with the more lofty constitution of certain angelical
choirs.... the Seraphim, Virtues, and Powers (being) of a fiery
character, the Cherubim terrestrial, the Thrones and Archangels
aquatic, while the Dominations and Principalities are aerial." A. E.
Waite, _The Occult Sciences_, London, 1891, p. 37.
The elementary spirits are believed to be without souls. "Sometimes,
however, an elementary spirit procures a soul by means of a loving
union with one of the human race. At other times, the reverse
happens, and the soul of the mortal is lost, who, leaving the haunts
of men, associates with those soulless, but often amiable and
affectionate beings." Idem, pp. 35-36. See p. 24, note 2, and p. 43,
note 1.]
»Larvas de las fuentes,[1] abandonad el lecho de musgo y caed sobre nosotras en menuda lluvia de perlas.
[Footnote 1: See p. 47, note 1.]
»Escarabajos de esmeralda, luciérnagas de fuego, mariposas negras,[1] venid!
[Footnote 1: These insects figure frequently in popular mythology.
Consult de Gubematis, _Zoological Mythology_, London, 1872, 2 vols.]
»Y venid vosotros todos, espíritus de la noche, venid zumbando como un enjambre de insectos de luz y de oro.
»Venid, que ya el astro protector de los misterios[1] brilla en la plenitud de su hermosura.
[Footnote 1: The moon.]
»Venid, que ha llegado el momento de las transformaciones maravillosas.
»Venid, que las que os aman os esperan impacientes.»
Garcés, que permanecía inmóvil, sintió al oir aquellos cantares misteriosos que el áspid de los celos le mordía el corazón, y obedeciendo á un impulso más poderoso que su voluntad, deseando romper de una vez el encanto que fascinaba sus sentidos, separó con mano trémula y convulsa el ramaje que le ocultaba, y de un solo salto se puso en la margen del río. El encanto se rompió, desvanecióse todo como el humo, y al tender en torno suyo la vista, no vió ni oyó más que el bullicioso tropel con que las tímidas corzas, sorprendidas en lo mejor de sus nocturnos juegos, huían espantadas de su presencia, una por aquí, otra por allá, cuál salvando de un salto los matorrales, cuál ganando á todo correr la trocha del monte.
--¡Oh! bien dije yo que todas estas cosas no eran más que fantasmagorías del diablo, exclamó entonces el montero; pero por fortuna esta vez ha andado un poco torpe dejándome entre las manos la mejor presa.
Y en efecto, era así: la corza blanca, deseando escapar por el soto, se había lanzado entre el laberinto de sus árboles, y enredándose en una red de madreselvas, pugnaba en vano por desasirse. Garcés le encaró la ballesta; pero en el mismo punto en que iba á herirla, la corza se volvió hacia el montero, y con voz clara y aguda detuvo su acción con un grito, diciendole:--Garcés ¿qué haces?--El joven vaciló, y después de un instante de duda, dejó caer al suelo el arma, espantado á la sola idea de haber podido herir á su amante. Una sonora y estridente carcajada vino á sacarle al fin de su estupor; la corza blanca había aprovechado aquellos cortos instantes para acabarse de desenredar y huír ligera como un relámpago, riéndose de la burla hecha al montero.
--¡Ah! condenado engendro de Satanás, dijo éste con voz espantosa, recogiendo la ballesta con una rapidez indecible: pronto has cantado la victoria, pronto te has creído fuera de mi alcance; y esto diciendo, dejó volar la saeta, que partió silbando y fue á perderse en la obscuridad del soto, en el fondo del cual sonó al mismo tiempo un grito, al que siguieron después unos gemidos sofocados.
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Legends, Tales and PoemsChapter IV: Rhyme (2)
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