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Chapter LIII

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Volverán las obscuras golondrinas
25 En tu balcón sus nidos á colgar, page 123
Y, otra vez, con el ala á sus cristales
Jugando llamarán;

Pero aquellas que el vuelo refrenaban
Tu hermosura y mi dicha á contemplar,
5 Aquellas que aprendieron nuestros nombres...
Ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
De tu jardín las tapias á escalar,
Y otra vez á la tarde, aun más hermosas,
10 Sus flores se abrirán;

Pero aquellas, cuajadas de rocío,
Cuyas gotas mirábamos temblar
Y caer, como lágrimas del día...
Ésas... ¡no volverán!

15 Volverán del amor en tus oídos
Las palabras ardientes á sonar;
Tu corazón de su profundo sueño
Tal vez despertará;

Pero mudo y absorto y de rodillas,
20 Como se adora á Dios ante su altar,
Como yo te he querido... desengáñate,
¡Así no te querrán!
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LXXIII

Cerraron sus ojos
Que aun tenía abiertos;
Taparon su cara
Con un blanco lienzo;
5 y unos sollozando,
Otros en silencio,
De la triste alcoba
Todos se salieron.

La luz, que en un vaso
10 Ardía en el suelo,
Al muro arrojaba
La sombra del lecho;
Y entre aquella sombra
Veíase á intervalos
15 Dibujarse rígida
La forma del cuerpo.

Despertaba el día
Y á su albor primero
Con sus mil rüidos
20 Despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
De vida y misterios,
De luz y tinieblas,
Medité un momento:
25 «_¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!_»
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De la casa en hombros
Lleváronla al templo,
Y en una capilla
Dejaron el féretro.
5 Allí rodearon
Sus pálidos restos
De amarillas velas
Y de paños negros.

Al dar de las ánimas
10 El toque postrero,
Acabó una vieja
Sus últimos rezos;
Cruzó la ancha nave,
Las puertas gimieron,
15 Y el santo recinto
Quedóse desierto.

De un reloj se oía
Compasado el péndulo,
Y de algunos cirios
20 El chisporroteo.
Tan medroso y triste,
Tan obscuro y yerto
Todo se encontraba...
Que pensé un momento:
25 «_¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!_»
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De la alta campana
La lengua de hierro,
Le dió, volteando,
Su adiós lastimero.
5 El luto en las ropas,
Amigos y deudos
Cruzaron en fila,
Formando el cortejo.

Del último asilo,
10 Obscuro y estrecho,
Abrió la piqueta
El nicho á un extremo.
Allí la acostaron,
Tapiáronle luego,
15 Y con un saludo
Despidióse el duelo.

La piqueta al hombro,
El sepulturero
Cantando entre dientes
20 Se perdió á lo lejos.
La noche se entraba,
Reinaba el silencio;
Perdido en las sombras,
Medité un momento:
25 _«¡Dios mío, qué solos
Se quedan los muertos!»_
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En las largas noches
Del helado invierno,
Cuando las maderas
Crujir hace el viento
5 Y azota los vidrios
El fuerte aguacero,
De la pobre niña
Á solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia
10 Con un son eterno;
Allí la combate
El soplo del cierzo.
¡Del húmedo muro
Tendida en el hueco,
15 Acaso de frío
Se hielan sus huesos!...

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
20 Podredumbre y cieno?
¡No sé: pero hay algo
Que explicar no puedo,
Que al par nos infunde
Repugnancia y duelo,
25 Al dejar tan tristes,
Tan solos los muertos!
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DON VICENTE W. QUEROL

EN NOCHE-BUENA

Á mis ancianos padres

I

Un año más en el hogar paterno
Celebramos la fiesta del Dios-Niño,
Símbolo augusto del amor eterno,
Cuando cubre los montes el invierno
5 Con su manto de armiño. 5

II

Como en el día de la fausta boda
Ó en el que el santo de los padres llega,
La turba alegre de los niños juega,
Y en la ancha sala la familia toda
10 De noche se congrega. 10

III

La roja lumbre de los troncos brilla
Del pequeño dormido en la mejilla,
Que con tímido afán su madre besa;
Y se refleja alegre en la vajilla
15 De la dispuesta mesa.

IV

Á su sobrino, que lo escucha atento,
Mi hermana dice el pavoroso cuento, page 129
Y mi otra hermana la canción modula
Que, ó bien surge vibrante, ó bien ondula
Prolongada en el viento.

V

Mi madre tiende las rugosas manos
5 Al nieto que huye por la blanda alfombra;
Hablan de pie mi padre y mis hermanos,
Mientras yo, recatándome en la sombra,
Pienso en hondos arcanos.

VI

Pienso que de los días de ventura
10 Las horas van apresurando el paso,
Y que empaña el oriente niebla obscura,
Cuando aun el rayo trémulo fulgura
Último del ocaso.

VII

¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena
15 Las breves dichas el temor del daño!
Hoy presidís nuestra modesta cena,
Pero en el porvenir... yo sé que un año
Vendrá sin Noche-Buena.

VIII

Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo
20 Serán muda aflicción y hondo sollozo.
No cantará mi hermana, y mi sobrina
No escuchará la historia peregrina
Que le da miedo y gozo.
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IX

No dará nuestro hogar rojos destellos
Sobre el limpio cristal de la vajilla,
Y, si alguien osa hablar, será de aquellos
Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla
5 Con sus blancos cabellos.

X

Blancos cabellos cuya amada hebra
Es cual corona de laurel de plata,
Mejor que esas coronas que celebra
La vil lisonja, la ignorancia acata,
10 Y el infortunio quiebra.

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