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Chapter VII

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¡Arriba, pensadores! que en la lucha
Se templa y fortalece
Vuestra raza inmortal, nunca domada,
Que lleva por celeste distintivo
5 La chispa de la audacia en la mirada
Y anhelos infinitos en el alma;
¡En cuya frente altiva
Se confunden y enlazan
El laurel rumoroso de la gloria
10 Y del dolor la mustia siempre-viva!

¡Arriba, pensadores!
¡Que el espíritu humano sale ileso
Del cadalso y la hoguera!
Vuestro heraldo triunfal es el progreso
15 Y la verdad la suspirada meta
De vuestro afán gigante.
¡Arriba! ¡que ya asoma el claro día
En que el error y el fanatismo expiren
Con doliente y confuso clamoreo!
20 ¡Ave de esa alborada es el poeta,
Hermano de las águilas del Cáucaso,
Que secaron piadosas con sus alas
La ensangrentada faz de Prometeo!
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DON RAFAEL OBLIGADO

EN LA RIBERA

Ven, sigue de la mano
Al que te amó de niño;
Ven, y juntos lleguemos hasta el bosque
Que está en la margen del paterno río.

5 ¡Oh, cuánto eres hermosa,
mi amada, en este sitio!
Sólo por ti, y á reflejar tu frente,
Corriendo baja el Paraná tranquilo.

Para besar tu huella
10 Fue siempre tan sumiso,
Que, en viéndote llegar, hasta la playa
Manda sus olas sin hacer rüido.

Por eso, porque te ama,
Somos grandes amigos;
15 Luego, sabe decirte aquellas cosas
Que nunca brotan de los labios míos.

El año que tú faltas,
La flor de sus seíbos,
Como cansada de esperar tus sienes,
20 Cuelga sus ramos de carmín marchitos.
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Por la tersa corriente,
Risueños y furtivos,
Como sueltas guirnaldas, no navegan
Los verdes camalotes florecidos.

5 Sólo inclinan los sauces
Su ramaje sombrío,
Y las aves más tristes, en sus copas
Gimiendo tejen sus ocultos nidos.

Pero llegas..., y el agua,
10 El bosque, el cielo mismo,
Es como una explosión de mil colores,
Y el aire rompe en sonorosos himnos.

Así la primavera,
Del trópico vecino
15 Desciende, y canta, repartiendo flores,
Y colgando en las vides los racimos.

¡Cuál suenan gratamente,
Acordes, en un ritmo,
Del agua el melancólico murmullo
20 Y el leve susurrar de tu vestido!

¡Oh, si me fuera dado
Guardar en mis oídos,
Para siempre, esta música del alma,
Esta unión de tu ser y de mis ríos!
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COLOMBIA

DON JOSÉ JOAQUÍN ORTIZ

COLOMBIA Y ESPAÑA

¡Oh! ¡reposad en vuestras quietas tumbas,
Augustos padres de la patria mía,
Pues bien lo merecéis! La grande obra
De redención al fin está cumplida;
5 Y no llegue á turbar vuestro reposo
El tumulto de lucha fratricida.

Hoy á vuestros sepulcros hace sombra
La bandera del iris, enlazada
Á la de los castillos y leones;
10 Que el odio no es eterno
En los pobres humanos corazones;
Y llegó el día en que la madre España
Estrechase á Colombia entre sus brazos,
Depuesta ya la saña;
15 No sierva, no señora;
Libres las dos como las hizo el cielo.
¡Ah! ¿ni cómo podría page 163
Hallarse la hija siempre separada
Del dulce hogar paterno,
Ni consentir la cariñosa madre
Que tal apartamiento fuera eterno?

5 En esos años de la ausencia fiera,
El recuerdo de España
Seguíanos doquiera.
Todo nos es común: su Dios, el nuestro;
La sangre que circula por sus venas
10 Y el hermoso lenguaje;
Sus artes, nuestras artes; la armonía
De sus cantos, la nuestra; sus reveses
Nuestros también, y nuestras
Las glorias de Bailén y de Pavía.

15 Si á veces distraídos
Fijábamos los ojos
Á contemplar las hijas de Colombia;
En el porte elegante,
En el puro perfil de su semblante,
20 En su mirada ardiente y en el dejo
Meloso de la voz, eran retrato
De sus nobles abuelas;
Copia feliz de gracia soberana,
En que agradablemente se veía
25 El decoro y nobleza castellana
Y el donaire y la sal de Andalucía;
Y entonces exclamábamos: Un nombre page 164
Terrible, España, tienes; ¡pero suena
Qué dulcemente al corazón del hombre!

¡Oh! ¡que esta santa alianza eterna sea,
Y el pendón de Castilla y de Colombia
5 Unidos siempre el universo vea!
Y que al ¡viva Colombia! que repiten
El áureo Tajo, y Ebro y Manzanares,
¡Responda el eco que rodando vaya
Por los tranquilos mares
10 Á la ibérica playa
De ¡viva España! con que el Ande atruena
El Cauca, el Orinoco, el Magdalena!

DON JOSÉ EUSEBIO CARO

EL CIPRÉS

¡Árbol sagrado, que la obscura frente,
Inmóvil, majestuoso,
15 Sobre el sepulcro humilde y silencioso
Despliegas hacia el cielo tristemente!
Tú, sí, tú solamente
Al tiempo en que se duerme el rey del mundo
Tras las altas montañas de occidente,
20 Me ves triste vagando
Entre las negras tumbas,
Con los ojos en llanto humedecidos,
Mi orfandad y miseria lamentando. page 165
Y cuando ya de la apacible luna
La luz de perla en tu verdor se acoge,
Sólo tu tronco escucha mis gemidos,
Sólo tu pie mis lágrimas recoge.

5 ¡Ay! hubo un tiempo en que feliz y ufano
Al seno paternal me abandonaba;
En que con blanda mano
Una madre amorosa
De mi niñez las lágrimas secaba...
10 ¡Y hoy, huérfano, del mundo desechado,
Aquí en mi patria misma
Solitario viajero,
Desde lejos contemplo acongojado
Sobre los techos de mi hogar primero
15 El humo blanquear del extranjero!
Entre el bullicio de los pueblos busco
Mis tiernos padres para mí perdidos;
¡Vanamente!... Los rostros de los hombres
Me son desconocidos.
20 Y sus manes, empero, noche y día
Presentes á mis ojos afligidos
Contino están; contino sus acentos
Vienen á resonar en mis oídos.

¡Sí, funeral ciprés! Cuando la noche
25 Con su callada sombra te rodea,
Cuando escondido el solitario buho
En tus obscuros ramos aletea; page 166
La sombra de mi padre por tus hojas
Vagando me parece,
Que á velar por los días de su hijo
Del reino de los muertos se aparece.
5 Y si el viento sacude impetüoso
Tu elevada cabeza,
Y á su furor con susurrar medroso
Respondes pavoroso;
En los tristes silbidos
10 Que en torno de ti giran,
Á los paternos manes
Escucho, que dulcísimos suspiran.

¡Árbol augusto de la muerte! ¡Nunca
Tus verdores abata el bóreas ronco!
15 ¡Nunca enemiga, venenosa sierpe
Se enrosque en torno de tu pardo tronco!
¡Jamás el rayo ardiente
Abrase tu alta frente!
¡Siempre inmoble y sereno
20 Por las cóncavas nubes
Oigas rodar el impotente trueno!
Vive, sí, vive; y cuando ya mis ojos
Cerrar el dedo de la muerte quiera;
Cuando esconderse mire en occidente
25 Al sol por vez postrera,
Moriré sosegado
Á tu tronco abrazado.
Tú mi sepulcro ampararás piadoso page 167
De las roncas tormentas;
Y mi ceniza entonce agradecida,
En restaurantes jugos convertida,
Por tus delgadas venas penetrando,
5 Te hará reverdecer, te dará vida.

Quizá sabiendo el infeliz destino
Que oprimió mi existencia desdichada,
Sobre mi pobre tumba abandonada
Una lágrima vierta el peregrino.

DON JOSÉ MANUEL MARROQUÍN

LOS CAZADORES Y LA PERRILLA

10 Es flaca sobremanera
Toda humana previsión,
Pues en más de una ocasión
Sale lo que no se espera.

Salió al campo una mañana
15 Un experto cazador,
El más hábil y el mejor
Alumno que tuvo Diana.

Seguíale gran cuadrilla
De ejercitados monteros,
20 De ojeadores, ballesteros
Y de mozos de traílla;
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Van todos apercibidos
De las armas necesarias,
Y llevan de castas varias
Perros diestros y atrevidos,

5 Caballos de noble raza,
Cornetas de monte: en fin,
Cuanto exige Moratín
En su poema _La Caza_.

Levantan pronto una pieza,
10 Un jabalí corpulento,
Que huye veloz, rabo á viento,
Y rompiendo la maleza.

Todos siguen con gran bulla
Tras la cerdosa alimaña,
15 Pero ella se da tal maña
Que á todos los aturrulla;

Y aunque gastan todo el día
En paradas, idas, vueltas,
Y carreras y revueltas,
20 Es vana tanta porfía.

Ahora que los lectores
Han visto de qué manera
Pudo burlarse la fiera
De los tales cazadores,
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Oigan lo que aconteció,
Y aunque es suceso que admira,
No piensen, no, que es mentira,
Que lo cuenta quien lo vio:

5 Al pie de uno de los cerros
Que batieron aquel día,
Una viejilla vivía,
Que oyó ladrar a los perros;

Y con gana de saber
10 En qué parara la fiesta,
Iba subiendo la cuesta
Á eso del anochecer:

Con ella iba una perrilla...
Mas sin pasar adelante,
15 Es preciso que un instante
Gastemos en describilla:

Perra de canes decana
Y entre perras protoperra,
Era tenida en su tierra
20 Por perra antediluviana;

Flaco era el animalejo,
El más flaco de los canes,
Era el rastro, eran los manes
De un cuasi-semi-ex-gozquejo;
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Sarnosa era... digo mal;
No era una perra sarnosa,
Era una sarna perrosa
Y en figura de animal;

5 Era, otrosí, derrengada;
La derribaba un resuello;
Puede decirse que aquello
No era perra ni era nada.

Á ver, pues, la batahola
10 La vieja al cerro subía,
De la perra en compañía,
Que era lo mismo que ir sola.

Por donde iba, hizo la suerte
Que se hubiese el jabalí
15 Escondido, por si así
Se libraba de la muerte;

Empero, sintiendo luego
Que por ahí andaba gente,
Tuvo por cosa prudente
20 Tomar las de Villadiego;

La vieja entonces al ver
Que escapaba por la loma,
¡Sus! dijo por pura broma,
Y la perra echó á correr.
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Y aquella perra extenuada,
Sombra de perra que fué,
De la cual se dijo que
No era perra ni era nada;

5 Aquella perrilla, sí,
¡Cosa es de volverse loco!
No pudo coger tampoco
Al maldito jabalí.

DON MIGUEL ANTONIO CARO

LA VUELTA A LA PATRIA

Mirad al peregrino
10 ¡Cuán doliente y trocado!
Apoyándose lento en su cayado
¡Qué solitario va por su camino!

En su primer mañana,
Alma alegre y cantora
15 Abandonó el hogar, como á la aurora
Deja su nido la avecilla ufana.

Aire y luz, vida y flores,
Buscó en la vasta y fría
Región que la inocente fantasía
20 Adornaba con mágicos fulgores.
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Ve el mundo, oye el rüido
De las grandes ciudades,
Y sólo vanidad de vanidades
Halla doquier su espíritu afligido

5 Materia da á su llanto
Cuanto el hombre le ofrece;
Ya la risa en sus labios no florece,
Y olvidó la nativa voz del canto.

Hízose pensativo;
10 Las nubes y las olas
Sus confidentes son, y trata á solas
El sitio más repuesto y más esquivo.

Á su penar responde
En la noche callada,
15 La estrella que declina fatigada
Y en el materno piélago se esconde.

_¡Vuelve, vuelve á tu centro!_
Natura al infelice
Clama; _¡vuelve!_ una voz también le dice
20 Que habla siempre con él, amiga, adentro,

¡Ay triste! En lontananza
Ve los pasados días,
Y en gozar otra vez sus alegrías
Concentra reanimado la esperanza.
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¡Imposible! ¡Locura!...
¿Cuándo pudo á su fuente
Retroceder el mísero torrente
Que probó de los mares la amargura?

5 Ya sube la colina
Con mal seguro paso;
Del sol poniente al resplandor escaso
El valle de la infancia se domina.

10 ¡Ay! Ese valle umbrío
Que la paterna casa
Guarece; ese rumor con que acompasa
Sus blandos tumbos el sagrado río;

Esa aura embalsamada
Que sus sienes orea,
15 ¿A un corazón enfermo que desea
Su antigua soledad, no dicen nada?

El pobre peregrino
Ni oye, ni ve, ni siente;
De la Patria la imagen en su mente
20 No existe ya, sino ideal divino.

Invisible le toca
Y sus párpados cierra
Ángel piadoso, y la ilusión destierra,
Y el dulce sonreir vuelve á su boca.
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¡Qué muda despedida!
¿Quién muerto le creyera?
¡Mirando está la Patria verdadera!
¡Está durmiendo el sueño de la vida!

DON DIÓGENES A. ARRIETA

EN LA TUMBA DE MI HIJO

5 ¡Espejismos del alma dolorida!...
¡Hermosas esperanzas de la vida
Que disipa la muerte con crueldad!
Para engañar las penas nos forjamos
Imágenes de dicha, y luego damos
10 Á la Ilusión el nombre de Verdad.

Aquí te llamo y nadie me responde:
Sorda y cruel, la tierra que te esconde
Ni el eco de mi voz devolverá.
Así la Eternidad: sombría y muda,
15 El odio ni el amor, la fe y la duda
En sus abismos nada alcanzarán.

Otros alienten la creencia vana
De que es posible á la esperanza humana
De la muerte sacar vida y amor.
20 Si es cruel la verdad, yo la prefiero...
¡Me duele el corazón, pero no quiero
Consolar con mentiras mi dolor!
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¡Hijo querido, la esperanza mía!
Animaste mi hogar tan sólo un día,
No volvemos á vernos ya los dos...
Pues que la ley se cumpla del destino:
Tomo mi cruz y sigo mi camino...
¡Luz de mi hogar y mi esperanza, adiós!

DON IGNACIO GUTIÉRREZ PONCE

DOLORA

El ángel de mi cielo, mi María,
Que á la primera vuelta de las flores
Tres años cumplirá, medrosa un día
10 Buscó refugio en mis abiertos brazos,
Y cuando entre caricias y entre abrazos,
Que prodigué, con paternal empeño,
Hubo al fin disipado sus temores,
Trocando así en sonrisas sus clamores,
15 Cerró los ojos en tranquilo sueño.

En silencio quedó la estancia mía;
Y sintiéndome ansioso
De no turbar el infantil reposo
De mi bien, en mi pecho reclinado,
20 Inmóviles mis miembros mantenía,
Y mi amoroso corazón latía
Al ritmo de su aliento sosegado.
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Sobre su faz serena,
Regadas como límpido rocío
En el cáliz de pálida azucena,
Brillaban gotas del reciente lloro,
5 Y las guedejas de oro
Del undoso cabello
Caían arropando su albo cuello.

Así nos sorprendió mi tierna esposa.
Que á la par temerosa
10 De interrumpir mi sueño de ventura,
Con paso leve recorrió el estrado
Y sin sentirla yo, vino á mi lado.

Aquella dulce calma
Que reinaba entre mí y en torno mío,
15 Llenóme al fin de arrobamiento el alma.
Y se quedó mi mente
Enajenada en éxtasis creciente.

Absorto siempre en ella,
Con íntimo lenguaje la decía:
20 «Eres botón de flor embalsamado
Con aromas del cielo todavía.»
Y al verla así, tan bella,
Con plácido embeleso
Á su rosada frente
25 Fuíme inclinando para darla un beso;
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Pero escuché, de súbito, á mi lado,
Algo como un sollozo;
Y mirando con ojos sorprendidos,
Hallé los de mi esposa humedecidos
5 Por inefable gozo...
«No la despiertes,» díjome sencilla,
Y me acercó su cándida mejilla.

DON JOSÉ MARÍA GARAVITO A.

VOLVERÉ MAÑANA

I

--¡Adiós! ¡adiós! Lucero de mis noches,
--Dijo un soldado al pie de una ventana,--
10 ¡Me voy!... pero no llores, alma mía,
Que volveré mañana.
Ya se asoma la estrella de la aurora,
Ya se divisa en el oriente el alba,
Y en mi cuartel tambores y cornetas
15 Están tocando _diana_.

II

Horas después, cuando la negra noche
Cubrió de luto el campo de batalla,
Á la luz del vivac pálida y triste,
Un joven expiraba.
20 Alguna cosa de _ella_ el centinela
Al mirarlo morir, dijo en voz baja... page 178
Alzó luego el fusil, bajó los ojos
Y se enjugó dos lágrimas.

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