Chapter IV: STROPHES.—The strophe is frequently of arbitrary length, though, (3)
Cantemos al Señor, que en la llanura
Venció del ancho mar al Trace fiero; 25
Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,
Salud y gloria nuestra.
Tú rompiste las fuerzas y la dura
Frente de Faraón, feroz guerrero;
Sus escogidos príncipes cubrieron 30
Los abismos del mar y descendieron,
Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego {p. 89}
Los tragó, como arista seca el fuego.
El soberbio tirano, confiado
En el grande aparato de sus naves,
Que de los nuestros la cerviz cautiva 5
Y las manos aviva
Al ministerio injusto de su estado,
Derribó con los brazos suyos graves
Los cedros más excelsos de la cima
Y el árbol que más yerto se sublima, 10
Bebiendo ajenas aguas y atrevido
Pisando el bando nuestro y defendido.
Temblaron los pequeños, confundidos
Del impío furor suyo; alzó la frente
Contra ti, Señor Dios, y con semblante 15
Y con pecho arrogante,
Y los armados brazos extendidos,
Movió el airado cuello aquel potente;
Cercó su corazón de ardiente saña
Contra las dos Hesperias, que el mar baña, 20
Porque en ti confiadas le resisten,
Y de armas de tu fe y amor se visten.
Dijo aquel insolente y desdeñoso:
«¿No conocen mis iras estas tierras,
Y de mis padres los ilustres hechos, 25
Ó valieron sus pechos
Contra ellos con el Húngaro medroso,
Y de Dalmacia y Rodas en las guerras?
¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos
Pudo salvar los de Austria y los Germanos? 30
¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora
Guardallas de mi diestra vencedora?
«Su Roma, temerosa y humillada,
Los cánticos en lágrimas convierte;
Ella y sus hijos tristes mi ira esperan {p. 90}
Cuando vencidos mueran;
Francia está con discordia quebrantada,
Y en España amenaza horrible muerte
Quien honra de la luna las banderas; 5
Y aquellas en la guerra gentes fieras
Ocupadas están en su defensa,
Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa?
Los poderosos pueblos me obedecen,
Y el cuello con su daño al yugo inclinan, 10
Y me dan por salvarse ya la mano.
Y su valor es vano;
Que sus luces cayendo se oscurecen.
Sus fuertes á la muerte ya caminan,
Sus vírgenes están en cautiverio, 15
Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.
Del Nilo á Eufrates fértil y Istro frío,
Cuanto el sol alto mira todo es mío.»
Tú, Señor, que no sufres que tu gloria
Usurpe quien su fuerza osado estima, 20
Prevaleciendo en vanidad y en ira,
Este soberbio mira,
Que tus aras afea en su vitoria.
No dejes que los tuyos así oprima,
Y en sus cuerpos, cruel, las fieras cebe, 25
Y en su esparcida sangre el odio pruebe;
Que hechos ya su oprobrio, dice: «¿Dónde
El Dios de éstos está? ¿De quién se asconde?»
Por la debida gloria de tu nombre,
Por la justa venganza de tu gente, 30
Por aquel de los míseros gemido,
Vuelve el brazo tendido
Contra éste, que aborrece ya ser hombre;
Y las honras que celas tú consiente,
Y tres y cuatro veces el castigo {p. 91}
Esfuerza con rigor á tu enemigo,
Y la injuria á tu nombre cometida
Sea el hierro contrario de su vida.
Levantó la cabeza el poderoso 5
Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago
Juntó el consejo, y contra nos pensaron
Los que en él se hallaron.
«Venid,» dijeron, «y en el mar ondoso
Hagamos de su sangre un grande lago; 10
Deshagamos á éstos de la gente,
Y el nombre de su Cristo juntamente,
Y dividiendo de ellos los despojos,
Hártense en muerte suya nuestros ojos.»
Vinieron de Asia y portentosa Egito 15
Los Árabes y leves Africanos,
Y los que Grecia junta mal con ellos
Con los erguidos cuellos,
Con gran poder y número infinito,
Y prometer osaron con sus manos 20
Encender nuestros fines y dar muerte
A nuestra juventud con hierro fuerte,
Nuestros niños prender y las doncellas,
Y la gloria manchar y la luz dellas.
Ocuparon del piélago los senos, 25
Puesta en silencio y en temor la tierra,
Y cesaron los nuestros valerosos,
Y callaron dudosos,
Hasta que al fiero ardor de Sarracenos
El Señor eligiendo nueva guerra, 30
Se opuso el joven de Austria generoso
Con el claro Español y belicoso;
Que Dios no sufre ya en Babel cautiva
Que su Sión querida siempre viva.
Cual león á la presa apercibido, {p. 92}
Sin recelo los impíos esperaban
A los que tú, Señor, eras escudo;
Que el corazón desnudo
De pavor, y de fe y amor vestido, 5
Con celestial aliento confiaban.
Sus manos á la guerra compusiste,
Y sus brazos fortísimos pusiste
Como el arco acerado, y con la espada
Vibraste en su favor la diestra armada. 10
Turbáronse los grandes, los robustos
Rindiéronse temblando y desmayaron;
Y tú entregaste, Dios, como la rueda,
Como la arista queda
Al ímpetu del viento, á estos injustos, 15
Que mil huyendo de uno se pasmaron.
Cual fuego abrasa selvas, cuya llama
En las espesas cumbres se derrama,
Tal en tu ira y tempestad seguiste,
Y su faz de ignominia convertiste. 20
Quebrantaste al cruel dragón, cortando
Las alas de su cuerpo temerosas
Y sus brazos terribles no vencidos;
Que con hondos gemidos
Se retira á su cueva, do silbando 25
Tiembla con sus culebras venenosas,
Lleno de miedo torpe sus entrañas,
De tu león temiendo las hazañas;
Que, saliendo de España, dió un rugido
Que lo dejó asombrado y aturdido. 30
Hoy se vieron los ojos humillados
Del sublime varón y su grandeza,
Y tú solo, Señor, fuiste exaltado,
Que tu día es llegado,
Señor de los ejércitos armados, {p. 93}
Sobre la alta cerviz y su dureza,
Sobre derechos cedros y extendidos,
Sobre empinados montes y crecidos,
Sobre torres y muros, y las naves 5
De Tiro, que á los tuyos fueron graves.
Babilonia y Egito amedrentada
Temerá el fuego y la asta violenta,
Y el humo subirá á la luz del cielo,
Y faltos de consuelo, 10
Con rostro oscuro y soledad turbada
Tus enemigos llorarán su afrenta.
Mas tú, Grecia, concorde á la esperanza
Egicia y gloria de su confianza,
Triste que á ella pareces, no temiendo 15
A Dios y á tu remedio no atendiendo,
¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste
En adulterio infame á una impía gente,
Que deseaba profanar tus frutos,
Y con ojos enjutos 20
Sus odiosos pasos imitaste,
Su aborrecida vida y mal presente?
Dios vengará sus iras en tu muerte;
Que llega á tu cerviz con diestra fuerte
La aguda espada suya; ¿quién, cuitada, 25
Reprimirá su mano desatada?
Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro,
Que en tus naves estabas gloriosa,
Y el término espantabas de la tierra,
Y si hacías guerra, 30
De temor la cubrías con suspiro,
¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa?
¿Quién pensó á tu cabeza daño tanto?
Dios, para convertir tu gloria en llanto
Y derribar tus ínclitos y fuertes, {p. 94}
Te hizo perecer con tantas muertes.
Llorad, naves del mar; que es destruida
Vuestra vana soberbia y pensamiento.
¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna, 5
Tú, que sigues la luna,
Asia adúltera, en vicios sumergida?
¿Quién mostrará un liviano sentimiento?
¿Quién rogará por ti? Que á Dios enciende
Tu ira y la arrogancia que te ofende, 10
Y tus viejos delitos y mudanza
Han vuelto contra ti á pedir venganza.
Los que vieron tus brazos quebrantados,
Y de tus pinos ir el mar desnudo,
Que sus ondas turbaron y llanura, 15
Viendo tu muerte oscura,
Dirán, de tus estragos espantados:
¿Quién contra la espantosa tanto pudo?
El Señor, que mostró su fuerte mano
Por la fe de su príncipe cristiano 20
Y por el nombre santo de su gloria,
A su España concede esta vitoria.
Bendita, Señor, sea tu grandeza;
Que después de los daños padecidos,
Después de nuestras culpas y castigo, 25
Rompiste al enemigo
De la antigua soberbia la dureza.
Adórente, Señor, tus escogidos,
Confiese cuanto cerca el ancho cielo
Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo! 30
Y la cerviz rebelde, condenada,
Perezca en bravas llamas abrasada.
Fray Luis de León {p. 95}
(1527–1591)
LA VIDA DEL CAMPO
¡Qué descansada vida
La del que huye el mundanal ruido,
Y sigue la escondida
Senda por donde han ido
Los pocos sabios que en el mundo han sido! 5
Que no le enturbia el pecho
De los soberbios grandes el estado,
Ni del dorado techo
Se admira, fabricado
Del sabio moro, en jaspes sustentado. 10
No cura si la fama
Canta con voz su nombre pregonera,
Ni cura si encarama
La lengua lisonjera
Lo que condena la verdad sincera. 15
¿Qué presta á mí contento,
Si soy del vano dedo señalado,
Si en busca de este viento
Ando desalentado
Con ansias vivas, con mortal cuidado? 20
¡Oh monte, oh fuente, oh río,
Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
A vuestro almo reposo
Huyo de aqueste mar tempestuoso. 25
Un no rompido sueño,
Un día puro, alegre, libre quiero;
No quiero ver el ceño
Vanamente severo {p. 96}
De á quien la sangre ensalza ó el dinero.
Despiértenme las aves
Con su cantar sabroso no aprendido,
No los cuidados graves 5
De que es siempre seguido
El que al ajeno arbitrio está atenido.
Vivir quiero conmigo,
Gozar quiero del bien que debo al cielo,
A solos, sin testigo, 10
Libre de amor, de celo,
De odio, de esperanzas, de recelo.
Del monte en la ladera
Por mi mano plantado tengo un huerto,
Que con la primavera, 15
De bella flor cubierto,
Ya muestra en esperanza el fruto cierto.
Y como codiciosa,
Por ver y acrecentar su hermosura,
Desde la cumbre airosa 20
Una fontana pura
Hasta llegar corriendo se apresura;
Y luégo, sosegada,
El paso entre los árboles torciendo,
El suelo de pasada 25
De verdura vistiendo,
Y con diversas flores va esparciendo.
El aire el huerto orea,
Y ofrece mil olores al sentido,
Los árboles menea 30
Con un manso ruido,
Que del oro y del cetro pone olvido.
Ténganse su tesoro
Los que de un falso leño se confían;
No es mío ver el lloro {p. 97}
De los que desconfían
Cuando el cierzo y el ábrego porfían.
La combatida antena
Cruje, y en ciega noche el claro día 5
Se torna, al cielo suena
Confusa vocería,
Y la mar enriquecen á porfía.
A mí una pobrecilla
Mesa, de amable paz bien abastada 10
Me basta; y la vajilla
De fino oro labrada
Sea de quien la mar no teme airada.
Y mientras miserable-
Mente se están los otros abrasando 15
Con sed insaciable
Del peligroso mando,
Tendido yo á la sombra esté cantando;
A la sombra tendido
De hiedra y lauro eterno coronado, 20
Puesto el atento oído
Al son dulce, acordado,
Del plectro sabiamente meneado.
LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
¿Y dejas, Pastor Santo,
Tu grey en este valle hondo, oscuro, 25
Con soledad y llanto,
Y tú, rompiendo el puro
Aire, te vas al inmortal seguro?
Los antes bienhadados,
Y los agora tristes y afligidos, 30
A tus pechos criados,
De ti desposeídos, {p. 98}
¿A dó convertirán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
Que vieron de tu rostro la hermosura,
Que no les sea enojoso? 5
Quien oyó tu dulzura,
¿Qué no tendrá por sordo y desventura?
A aqueste mar turbado,
¿Quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto
Al viento fiero, airado, 10
Estando tú cubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?
¡Ay! nube envidiosa
Aun deste breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dó vuelas presurosa? 15
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuan ciegos ¡ay! nos dejas!
A FELIPE RUIZ
¿Cuándo ser
á que pueda,
Libre de esta prisión, volar al cielo,
Felipe, y en la rueda 20
Que huye más del suelo
Contemplar la verdad pura, sin duelo?
Allí, á mi vida junto,
En luz resplandeciente convertido,
Veré distinto y junto 25
Lo que es y lo que ha sido,
Y su principio propio y escondido.
Entonces veré cómo
La soberana mano echó el cimiento
Tan á nivel y á plomo 30
Do estable y firme asiento {p. 99}
Posee el pesadísimo elemento.
Veré las inmortales
Colunas do la tierra está fundada,
Las lindes y señales 5
Con que á la mar hinchada
La Providencia tiene aprisionada;
Por qué tiembla la tierra,
Por qué las hondas mares se embravecen;
Dó sale á mover guerra 10
El cierzo, y por qué crecen
Las aguas del Océano y descrecen;
De dó manan las fuentes,
Quién ceba y quién bastece de los ríos
Las perpetuas corrientes; 15
De los helados fríos
Veré las causas y de los estíos;
Las soberanas aguas
Del aire en la región quién las sostiene;
De los rayos las fraguas; 20
Dó los tesoros tiene
De nieve Dios, y el trueno dónde viene.
¿No ves cuando acontece
Turbarse el aire todo en el verano?
El día se ennegrece, 25
Sopla el Gallego insano,
Y sube hasta el cielo el polvo vano.
Y entre las nubes mueve
Su carro Dios, ligero y reluciente;
Horrible son conmueve, 30
Relumbra fuego ardiente,
Treme la tierra, humíllase la gente.
La lluvia baña el techo,
Envían largos ríos los collados;
Su trabajo deshecho, {p. 100}
Los campos anegados
Miran los labradores espantados.
Y de allí levantado,
Veré los movimientos celestiales, 5
Ansí el arrebatado,
Como los naturales,
Las causas de los hados, las señales.
Quién rige las estrellas
Veré, y quién las enciende con hermosas 10
Y eficaces centellas;
Por qué están las dos osas
De bañarse en el mar siempre medrosas.
Veré este fuego eterno,
Fuente de vida y luz, dó se mantiene, 15
Y por qué en el invierno
Tan presuroso viene;
Quién en las noches largas le detiene.
Veré sin movimiento
En la más alta esfera las moradas 20
Del gozo y del contento,
De oro y de luz labradas,
De espíritus dichosos habitadas.
PROFECÍA DEL TAJO
Folgaba el rey Rodrigo
Con la hermosa Cava en la ribera 25
Del Tajo, sin testigo;
El río sacó fuera
El pecho, y le habló desta manera:
«En mal punto te goces,
Injusto forzador; que ya el sonido 30
Oye ya, y las voces, {p. 101}
Las armas y el bramido
De Marte, y de furor y ardor ceñido.
«¡Ay! Esa tu alegría
Qué llantos acarrea! y esa hermosa 5
(Que vió el sol en mal día),
A España ¡ay! cuán llorosa
Y al cetro de los Godos cuán costosa!
«Llamas, dolores, guerras,
Muertes, asolamiento, fieros males 10
Entre tus brazos cierras,
Trabajos inmortales,
A ti y á tus vasallos naturales,
«A los que en Constantina
Rompen el fértil suelo, á los que baña 15
El Ebro, á la vecina
Sansueña, á Lusitaña,
A toda la espaciosa y triste España.
«Y dende Cádiz llama
El injuriado Conde, á la venganza 20
Atento y no á la fama,
La bárbara pujanza,
En quien para tu daño no hay tardanza.
«Oye que al cielo toca
Con temeroso son la trompa fiera; 25
Que en África convoca
El Moro á la bandera,
Que al aire desplegada va ligera.
«La lanza ya blandea
El Árabe cruel, y hiere el viento 30
Llamando á la pelea;
Innumerable cuento
De escuadras juntas veo en un momento.
«Cubre la gente el suelo,
Debajo de las velas desparece {p. 102}
La mar, la voz al cielo.
Confusa y varia crece,
El polvo roba el día y le escurece.
«¡Ay, que ya presurosos 5
Suben las largas naves! ¡Ay, que tienden
Los brazos vigorosos
A los remos, y encienden
Las mares espumosas por do hienden!
«El Eolo derecho 10
Hinche la vela en popa, y larga entrada
Por el hercúleo estrecho
Con la punta acerada
El gran padre Neptuno da á la armada.
«¡Ay triste! ¿Y aun te tiene 15
El mal dulce regazo, ni llamado,
Al mal que sobreviene
No acorres? ¿Ocupado
No ves ya el puerto á Hercules sagrado?
«Acude, corre, vuela, 20
Traspasa el alta sierra, ocupa el llano,
No perdones la espuela,
No des paz á la mano,
Menea fulminante el hierro insano.
«¡Ay, cuánto te fatiga! 25
¡Ay, cuánto de sudor está presente
Al que viste loriga,
Al infante valiente,
A hombres y á caballos juntamente.
«Y tú, Betis divino, 30
De sangre ajena y tuya amancillado,
¡Darás al mar vecino
Cuánto yelmo quebrado,
Cuánto cuerpo de nobles destrozado!
«El furibundo Marte {p. 103}
Cinco luces las haces desordena,
Igual á cada parte;
La sexta ¡ay! te condena,
Oh cara patria, á bárbara cadena.» 5
NOCHE SERENA
Cuando contemplo el cielo
De innumerables luces adornado,
Y miro hacia el suelo
De noche rodeado,
En sueño y en olvido sepultado: 10
El amor y la pena
Despiertan en mi pecho un ansia ardiente,
Despiden larga vena
Los ojos hechos fuente,
La lengua dice al fin con voz doliente: 15
Morada de grandeza,
Templo de claridad y hermosura,
El alma que á tu alteza
Nació, ¿qué desventura
La tiene en esta cárcel baja, oscura? 20
¿Qué mortal desatino
De la verdad aleja así el sentido,
Que de tu bien divino
Olvidado, perdido
Sigue la vana sombra, el bien fingido? 25
El hombre está entregado
Al sueño, de su suerte no cuidando,
Y con paso callado
El cielo vueltas dando,
Las horas del vivir le va hurtando. 30
¡Oh! ¡despertad mortales!
Mirad con atención en vuestro daño. {p. 104}
Las almas inmortales,
Hechas á bien tamaño,
¿Podrán vivir de sombras y de engaño?
¡Ay! levantad los ojos 5
A aquesta celestial eterna esfera!
Burlaréis los antojos
De aquesa lisonjera
Vida, con cuanto teme y cuanto espera.
¿Es más que un breve punto 10
El bajo y torpe suelo comparado
Con ese gran trasunto,
Do vive mejorado
Lo que es, lo que será, lo que ha pasado?
¿Quién mira el gran concierto 15
De aquestos resplandores eternales,
Su movimiento cierto,
Sus pasos desiguales,
Y en proporción concorde tan iguales,
La luna cómo mueve 20
La plateada rueda, y va en pos della
La luz do el saber llueve,
Y la graciosa estrella
De amor la sigue reluciente y bella;
Y cómo otro camino 25
Prosigue el sanguinoso Marte airado,
Y el Júpiter benigno
De bienes mil cercado
Serena el cielo con su rayo amado;
Rodéase en la cumbre 30
Saturno padre de los siglos de oro,
Tras él la muchedumbre
Del reluciente coro
Su luz va repartiendo y su tesoro;
¿Quién es el que esto mira, {p. 105}
Y precia la bajeza de la tierra,
Y no gime y suspira,
Y rompe lo que encierra
El alma, y destos bienes la destierra? 5
Aquí vive el contento
Aquí reina la paz, aquí asentado
En rico y alto asiento
Está el amor sagrado,
De glorias y deleites rodeado. 10
Inmensa hermosura
Aquí se muestra toda, y resplandece
Clarísima luz pura,
Que jamás anochece,
Eterna primavera aquí florece. 15
¡O campos verdaderos!
¡O prados con verdad frescos y amenos!
¡Riquísimos mineros!
¡O deleitosos senos,
Repuestos valles de mil bienes llenos! 20
San Juan de la Cruz
(1542–1591)
CANCIÓN: NOCHE OSCURA DEL ALMA
En una noche oscura,
Con ansias en amores inflamada,
¡Oh dichosa ventura!
Salí sin ser notada,
Estando ya mi casa sosegada: 25
A oscuras y segura,
Por la secreta escala, disfrazada,
¡Oh dichosa ventura!
A oscuras, encelada, {p. 106}
Estando ya mi casa sosegada:
En la noche dichosa,
En secreto, que nadie me veía,
Ni yo miraba cosa, 5
Sin otra luz ni guía,
Sino la que en el corazón ardía.
Aquésta me guiaba
Más cierto que la luz de mediodía,
Adonde me esperaba 10
Quien yo bien me sabía,
En parte donde nadie parecía.
¡Oh noche, que guiaste,
Oh noche amable más que el alborada!
¡Oh noche, que juntaste 15
Amado con amada,
Amada en el amado trasformada!
En mi pecho florido,
Que entero para él solo se guardaba,
Allí quedó dormido: 20
Y yo le regalaba,
Y el ventalle de cedros aire daba.
El aire del almena,
Cuando ya sus cabellos esparcía,
Con su mano serena 25
En mi cuello hería,
Y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
El rostro recliné sobre el Amado,
Cesó todo, y déjeme, 30
Dejando mi cuidado
Entre las azucenas olvidado.
Malón de Chaide {p. 107}
(† 1590)
IMITACIÓN DEL CANTAR DE LOS CANTARES
Óyeme, dulce Esposo,
Vida del alma que en la tuya vive,
Y alienta el congojoso
Pecho, do se recibe
La pena que el amor en l’alma escribe. 5
Perdíte yo, ¡ay perdida!
Perdí mi corazón junto contigo;
Pues di, bien de mi vida,
No estando acá conmigo,
¿Cómo podré vivir si no te sigo? 10
Vuélveme, dulce Amado,
El alma, que me llevas con la tuya,
Ó lleva el cuerpo helado
Con ella, pues es tuya,
Ó haz que tu presencia no me huya. 15
¿Por qué, mi bien, te escondes?
Vuelve á mí que te llamo y te deseo;
Mas ¡ay! que no respondes,
Y como no te veo,
El día me es escuro y el sol feo. 20
¡Oh luz serena y pura!
¡Oh sol de resplandor que alegra el cielo!
¡Oh fuente de hermosura!
Si pisas nuestro suelo,
Véate, y de mis ojos quita el velo. 25
Pero si las estrellas
Con inmortales pies mides agora,
Atiende á mis querellas;
Y al alma que te adora, {p. 108}
La lleva para ti, pues en ti mora.
Y á mi cuerpo cansado
Cerca de tu sepulcro da reposo,
Pues si no está á tu lado, 5
El cielo más hermoso
Le será escuro, triste y congojoso.
Juan Timoneda
(† 1597?)
CANZONETA
Aquel si viene ó no viene,
Aquel si sale ó no sale,
En los amores no tiene 10
Contento que se le iguale.
Aquel pensar que es amado
El amante y venturoso
Y tenerse por dudoso
De verse bien empleado: 15
Y si con esto se mantiene
Y que el seso no resbale,
En los amores no tiene
Contento que se le iguale.
Aquel mirarse de día, 20
Ella á él y él á ella,
Y esperar la noche vella
Y hablarle como solía:
Aquel cuando se detiene
Aguardando quien le vale, 25
En los amores no tiene
Contento que se le iguale.
Aquel pensar si me ha oído, {p. 109}
Si me ha visto por ventura,
Si llegó la hora y postura
Que se había constituido:
Si en esperanza se aviene 5
Y el amor con esto sale,
Todito el mundo no tiene
Contento que se le iguale
Aquellas señas que espere
Que le señala la dama, 10
Aquel ce con que le llama,
Aquel decir que le quiere,
Aquel sí cuando conviene
En cosa que poco vale,
En los amores no tiene 15
Contento que se le iguale.
Francisco de Figueroa
(† 1620)
EGLOGA: TIRSI
Fiero dolor, que del profundo pecho
De este tu propio antiguo usado nido
Sacas tan abundante y larga vena,
Afloja un poco ¡oh dolor fiero! afloja 20
Fiero dolor un poco, y de las lágrimas
Que en mis ojos cuajados hacen turbia
Mi débil vista, alguna parte enjuga,
Porque con este hierro que algún día
Ha de dar fin á mi cansada vida, 25
En ese tronco escriba mi querella;
Do por ventura la engañosa Dafne,
Tornando de la caza calurosa
Y sedienta, á buscar ó sombra ó agua, {p. 110}
Vuelva acaso los ojos y los lea;
Ó si esto no, será piadoso ejemplo
A amorosos pastores... Dafne ingrata,
Que mientras vas con el sol nuevo y alegre 5
Del espacioso mar las bravas ondas,
Que crecen con mis lágrimas, mirando,
Ó en jardín deleitoso, al manso viento,
De cuidados de amor libre paseas;
Tu Tirsi ¡ay Dios! tu Tirsi, un tiempo yace 10
Solo con su dolor en esta selva:
Que ya ni el verde prado ó fresca sombra,
Ni olor suave de diversas flores,
Ni dulce murmurar de clara fuente
Le es dulce ó caro sino el llanto mío. 15
. . . . . . . . . .
Luis Barahona de Soto
(Fl. 1586)
OCTAVAS
¿Son estos lazos de oro los cabellos
Que, ya en madeja, ya volando al viento,
Ya en red cogidos, fueron cárcel ellos
Gloriosa, do el amor vivió contento?
Son estos soles los divinos, bellos 20
Y alegres ojos, do mi pensamiento
Mil veces se abrasó? Y ¿es esta nieve
Y grana el rostro que mis glorias llueve?
Y ¿son estos rubíes y estos granos
De blancas perlas, labios, dientes, boca 25
Do los venenos dulces soberanos
Gusté, por quien mi pena ha sido poca?
Así glorificado en gozos vanos {p. 111}
Estaba, cuando el sol mis ojos toca
Y hiere. Deslizóse el sueño, y luego
Al vivo de mi vista quedé ciego.
Anónimo
SONETO: Á CRISTO CRUCIFICADO
No me mueve, mi Dios, para quererte 5
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, mi Dios; muéveme el verte
Clavado en esa cruz y escarnecido; 10
Muéveme ver tu cuerpo tan herido;
Muévenme las angustias de tu muerte;
Muéveme, en fin, tu amor de tal manera
Que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
Y aunque no hubiera infierno, te temiera. 15
No me tienes que dar por qué te quiera;
Porque, si cuanto espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.
Benito Arias Montano
(1527–1598)
SONETO
Quien las graves congojas huir desea,
De que está nuestra vida siempre llena, 20
Ame la soledad quieta y amena,
Donde las ocasiones nunca vea.
En ella de paciencia se provea {p. 112}
Contra los pensamientos que dan pena,
Y de memoria del morir, que es buena
Para defensa de cualquier pelea.
Mas el que está de amor apasionado, 5
No piense estando solo remediarse,
Ni con paciencia ni acordar de muerte;
Porque la causa trae de su cuidado
Dentro en sí, y mientras más quiere alejarse,
La fuerza de amor siente más fuerte. 10
Anónimo: Romance Histórico
ROMANCE DEL REY DON RODRIGO, CÓMO PERDIÓ Á ESPAÑA
Las huestes de don Rodrigo
Desmayaban y huían,
Cuando en la octava batalla
Sus enemigos vencían.
Rodrigo deja sus tiendas 15
Y del real se salía:
Solo va el desventurado
Que no lleva compañía.
El caballo de cansado
Ya mudar no se podía: 20
Camina por donde quiere,
Que no le estorba la vía.
El rey va tan desmayado
Que sentido no tenía:
Muerto va de sed y hambre 25
Que de velle era mancilla;
Iba tan tinto de sangre,
Que una brasa parecía.
Las armas lleva abolladas, {p. 113}
Que eran de gran pedrería;
La espada lleva hecha sierra
De los golpes que tenía;
El almete abollado 5
En la cabeza se le hundía;
La cara lleva hinchada
Del trabajo que sufría.
Subióse encima de un cerro
El más alto que veía: 10
Dende allí mira su gente
Cómo iba de vencida.
De allí mira sus banderas,
Y estandartes que tenía,
Cómo están todos pisados 15
Que la tierra los cubría.
Mira por los capitanes
Que ninguno parescía;
Mira el campo tinto en sangre,
La cual arroyos corría. 20
El triste de ver aquesto
Gran mancilla en sí tenía:
Llorando de los sus ojos
De esta manera decía:
—«Ayer era rey de España, 25
Hoy no lo soy de una villa;
Ayer villas y castillos,
Hoy ninguno poseía;
Ayer tenía criados,
Hoy ninguno me servía, 30
Hoy no tengo una almena
Que pueda decir que es mía.
¡Desdichada fué la hora,
Desdichado fué aquel día
En que nací y heredé {p. 114}
La tan grande señoría,
Pues lo había de perder
Todo junto y en un día!
¡Oh muerte! ¿por qué no vienes 5
Y llevas esta alma mía
De aqueste cuerpo mezquino,
Pues te se agradecería?»
Anónimo: Romance Histórico
BERNARDO LLORA Á SU PADRE Y CELEBRA SUS OBSEQUIAS
Al pie de un túmulo negro
Está Bernardo del Carpio, 10
Hincadas ambas rodillas,
En medio de un templo santo.
Acompáñanle parientes,
Caballeros é hijosdalgo;
Por amistad ó por deudo 15
Todos están enlutados.
Vienen á hacer las obsequias
Del muerto conde Don Sancho,
Vertiendo lágrimas tiernas
Del fuerte pecho acerado. 20
Cubierto de triste luto,
Y el corazón enlutado;
Pero tan fuerte y robusto
Como cuando sale armado.
Un rato entre dientes habla, 25
Y otro rato habla claro,
Formando quejas al cielo
Del rey don Alfonso el Casto,
Que muerte le dió á su padre, {p. 115}
Y vivo se le ha mandado.
—«Si el rey falta á su palabra,»
Dice, «¿qué hará un villano?
Con tal sinrazón, Alfonso, 5
¡Buen nombre á tu hermana has dado!
¡Buen título á tu sobrino!
¡Y buen pago á tu criado!
Pero no pende mi honra
De ti, ni de aqueste agravio, 10
Que este brazo y esta espada
Me harán temido y honrado.»—
Y volviendo al padre muerto
El valeroso Bernardo,
Con varoniles suspiros, 15
Colérico y demudado,
Abriendo el negro capuz
Hasta la punta de abajo,
Sin advertir que le escuchan,
Ni que está en lugar sagrado, 20
Con una mano en la barba
Y en la espada la otra mano,
Dice furioso, impaciente,
Con su rey y padre hablando:
—«Seguro puedes ir de la venganza, 25
Amado padre, al espacioso cielo,
Que el acerado hierro de mi lanza,
Que de sangre francesa tiñó el suelo,
Y levantó de Alfonso la esperanza
Hasta el celeste y estrellado velo, 30
Ha de mostrar que no hay seguro estado,
Siendo Bernardo vivo y tú agraviado.
Uno soy solo, Alfonso, y castellano,
Uno soy solo, y el que puede tanto,
Que deshizo el poder de Carlo-Magno, {p. 116}
Dejando á toda Francia en luto y llanto.
Esta es la misma vencedora mano
Que á ti te dió victoria, al mundo espanto;
Y esta misma te hará, padre, vengado, 5
Que Bernardo está vivo y tú agraviado.»
Anónimo: Romance Histórico
ROMANCE DE DON RODRIGO DE LARA
A cazar va don Rodrigo,
Y aun don Rodrigo de Lara:
Con la gran siesta que hace
Arrimádose ha á una haya, 10
Maldiciendo á Mudarrillo,
Hijo de la renegada,
Que si á las manos le hubiese,
Que le sacaría el alma.
El señor estando en esto, 15
Mudarrillo que asomaba:
—«Dios te salve, caballero,
Debajo la verde haya.»—
—«Así haga á ti, escudero,
Buena sea tu llegada.» 20
—«Dígasme tú, el caballero,
¿Cómo era la tu gracia?»
—«A mí dicen don Rodrigo,
Y aun don Rodrigo de Lara,
Cuñado de Gonzalo Gustos, 25
Hermano de doña Sancha;
Por sobrinos me los hube
Los siete infantes de Salas;
Espero aquí á Mudarrillo,
Hijo de la renegada; {p. 117}
Si delante lo tuviese,
Yo le sacaría el alma.»
—«Si á ti dicen don Rodrigo,
Y aun don Rodrigo de Lara, 5
A mí Mudarra Gonzales,
Hijo de la renegada,
De Gonzalo Gustos hijo,
Y alnado de doña Sancha;
Por hermanos me los hube 10
Los siete infantes de Salas:
Tú los vendiste, traidor,
En el val de Arabiana;
Mas si Dios á mí me ayuda
Aquí dejarás el alma.» 15
—«Espéresme, don Gonzalo,
Iré á tomar las mis armas.»
—«El espera que tú diste
A los infantes de Lara:
‘_Aquí morirás, traidor, 20
Enemigo de doña Sancha._’»—
Anónimo: Romance Histórico
CASAMIENTO DEL CID CON JIMENA
A su palacio de Burgos,
Como buen padrino honrado,
Llevaba el Rey á yantar
A sus nobles afijados. 25
Salen juntos de la iglesia
El Cid, el Obispo y Laín Calvo,
Con el gentío del pueblo
Que les iba acompañando.
Por la calle adonde van {p. 118}
A costa del Rey gastaron
En un arco muy polido
Más de treinta y cuatro cuartos.
En las ventanas alfombras, 5
En el suelo juncia y ramos,
Y de trecho á trecho había
Mil trovas al desposado.
Salió Pelayo hecho toro
Con un paño colorado, 10
Y otros que le van siguiendo,
Y una danza de lacayos.
También Antolín salió
A la gineta en un asno,
Y Pelaez con vejigas 15
Fuyendo de los mochachos.
Diez y seis maravedis
Mandó el Rey dar á un lacayo
Porque espantaba á las fembras
Con un vestido de diablo. 20
Más atrás viene Jimena
Trabándole el Rey la mano,
Con la Reina su madrina,
Y con la gente de manto.
Por las rejas y ventanas 25
Arrojaban trigo tanto,
Que el Rey llevaba en la gorra,
Como era ancha, un gran puñado,
Y á la homildosa Jimena
Se le metían mil granos, 30
Por la marquesota, al cuello,
Y el Rey se los va sacando.
Envidioso dijo Suero,
Que lo oyera el Rey, en alto:
—«Aunque es de estimar ser rey, {p. 119}
Estimara más ser mano.»—
Mandóle por el requiebro
El Rey un rico penacho,
Y á Jimena le rogó 5
Que en casa le dé un abrazo.
Fablándole iba el Rey,
Mas siempre le fabla en vano,
Que non dirá discreción
Como la que faz callando. 10
Llegó á la puerta el gentío
Y partiéndose á dos lados,
Quedóse el Rey á comer
Y los que eran convidados.
Anónimo: Romance Histórico
EL CID VA EN ROMERÍA Á SANTIAGO.—MILAGRO DEL GAFO
Celebradas ya las bodas, 15
A do la corte yacía,
De Rodrigo con Jimena,
A quien tanto el Rey quería,
El Cid pide al Rey licencia
Para ir en romería 20
Al apóstol Santiago,
Porque así lo prometía.
El Rey túvolo por bien,
Muchos dones le daría;
Rogóle volviese presto 25
Que es cosa que le cumplía.
Despidióse de Jimena,
A su madre la daría,
Diciendo que la regale, {p. 120}
Que en ello merced le haría.
Llevaba veinte fidalgos,
Que van en su compañía:
Dando va muchas limosnas, 5
Por Dios y Santa María,
Y allá en medio del camino,
Un gafo le aparecía,
Metido en un tremedal,
Que salir dél no podía. 10
Grandes voces está dando;
Por amor de Dios pedía
Que le sacasen de allí,
Pues d’ello se serviría.
Cuando lo oyera Rodrigo 15
Del caballo descendía;
Ayudólo á levantar
Y consigo lo subía.
Lleváralo á su posada,
Consigo cenado había; 20
Ficiérales una cama,
En la cual ambos dormían.
Hacia allá á la media noche,
Ya que Rodrigo dormía,
Un soplo por las espaldas 25
El gafo dado le había,
Tan recio, que por los pechos
A don Rodrigo salía.
Despertó muy espantado,
Al gafo buscado había; 30
No le hallaba en la cama.
A voces lumbre pedía:
Traídole habían lumbre,
Y el gafo no parecía.
Tornádose había á la cama; {p. 121}
Gran cuidado en sí tenía
De lo que le aconteciera,
Mas un hombre á él venía
Vestido de blancos paños, 5
Desta manera decía.
—«¿Duermes, ó velas, Rodrigo?»
—«No duermo, le respondía;
Pero, dime tú ¿quién eres,
Que tanto resplandecías?» 10
—«San Lázaro soy, Rodrigo,
Que yo á fablarte venía.
Yo soy el gafo á que tú
Por Dios tanto bien hacías.
Rodrigo, Dios bien te quiere, 15
Y otorgado te tenía,
Que lo que tú comenzares
En lides ó en otra vía,
Lo cumplirás á tu honra
Y crecerás cada día: 20
De todos serás temido,
De Cristianos y Morisma,
Y que los tus enemigos
Empecer no te podrían.
Morirás tú muerte honrada, 25
Tu persona no vencida:
Tú serás el vencedor,
Dios su bendición te envía.»—
En diciendo estas palabras,
Luego desaparecía. 30
Levantóse don Rodrigo,
Y de hinojos se ponía:
Dió gracias á Dios del cielo,
También á Santa María,
Y ansí estuvo en oración {p. 122}
Hasta que fuera de día.
Partióse para Santiago,
Su romería cumplía;
De allí se fué á Calahorra, 5
A donde el buen Rey yacía.
Recibiéralo muy bien,
Holgóse de su venida;
Lidió con Martin González,
En el campo le vencía. 10
Anónimo: Romance Histórico
DE LA MUERTE DE LA REINA BLANCA
—«Doña María de Padilla,
No os me mostréis triste vos,
Que si me casé dos veces
Hícelo por vuestra pro,
Y por hacer menosprecio 15
A doña Blanca de Borbón:
A Medina-Sidonia envío
A que me labre un pendón:
Será el color de su sangre,
De lágrimas la labor, 20
Tal pendón, doña María,
Le haré hacer por vos.»—
y llamara á Íñigo Ortiz,
Un excelente varon:
Díjole fuese á Medina 25
A dar fin á tal labor.
Respondiera Íñigo Ortiz:
—«Aqueso no faré yo,
Que quien mata á su señora
Hace aleve á su señor.»— {p. 123}
El rey de aquesto enojado
A su cámara se entró,
Y á un ballestero de maza
El rey entregar mandó. 5
Aqueste vino á la reina
Y hallóla en oración.
Cuando vido al ballestero
La su triste muerte vió.
Aquél le dijo:—«Señora, 10
El rey acá me envió
A que ordenéis vuestra alma
Con aquel que la crío,
Que vuestra hora es llegada,
No puedo alargalla yo.» 15
—«Amigo,» dijo la reina,
«Mi muerte os perdono yo:
Si el rey mi señor lo manda,
Hágaselo que ordenó.
Confesión no se me niegue, 20
Sino pido á Dios perdón.»—
Sus lágrimas y gemidos,
Al macero enterneció,
Con la voz flaca, temblando,
Esto á decir comenzó: 25
—«¡Oh Francia, mi noble tierra!
¡Oh mi sangre de Borbón!
Hoy cumplo decisiete años,
En los deciocho voy:
El rey no me ha conocido, 30
Con las vírgenes me voy.
Castilla, di ¿qué te hice?
No te hice traición.
Las coronas que me diste
De sangre y sospiros son; {p. 124}
Mas otra terné en el cielo
Que será de más valor.»—
Y dichas estas palabras
El macero la hirió: 5
Los sesos de su cabeza
Por la sala les sembró.
Anónimo: Romance Morisco
LA CONQUISTA DE ALHAMA
Paseábase el rey moro
Por la ciudad de Granada
Desde la puerta de Elvira 10
Hasta la de Vivarambla.
«¡Ay de mi Alhama!»
Cartas le fueron venidas
Que Alhama era ganada:
Las cartas echó en el fuego, 15
Y al mensajero matara.
«¡Ay de mi Alhama!»
Descabalga de una mula,
Y en un caballo cabalga;
Por el Zacatín arriba 20
Subido se había al Alhambra.
«¡Ay de mi Alhama!»
Como en el Alhambra estuvo,
Al mismo punto mandaba
Que se toquen sus trompetas, 25
Sus añafiles de plata.
«¡Ay de mi Alhama!»
Y que las cajas de guerra
Apriesa toquen al arma,
Porque lo oigan sus moriscos {p. 125}
Los de la Vega y Granada.
«¡Ay de mi Alhama!»
Los Moros que el son oyeron
Que al sangriento Marte llama, 5
Uno á uno y dos á dos
Juntado se ha gran batalla.
«¡Ay de mi Alhama!»
Allí habló un Moro viejo,
De esta manera hablara: 10
—¿Para qué nos llamas, Rey,
Para qué es esta llamada?—
«¡Ay de mi Alhama!»
—Habéis de saber, amigos,
Una nueva desdichada: 15
Que Cristianos de braveza
Ya nos han ganado Alhama.—
«¡Ay de mi Alhama!»
Allí habló un Alfaquí
De barba cruda y cana: 20
—¡Bien se te emplea, buen Rey,
Buen Rey, bien se te empleara!
«¡Ay de mi Alhama!»
Mataste los Abencerrajes,
Que eran la flor de Granada; 25
Cogiste los tornadizos.
De Córdoba la nombrada.
«¡Ay de mi Alhama!»
Por eso mereces, Rey,
Una pena muy doblada; 30
Que te pierdas tú y el reino,
Y aquí se pierda Granada.—
«¡Ay de mi Alhama!»
Anónimo: Romance Caballeresco {p. 126}
DOÑA ALDA LLORA LA MUERTE DE ROLDÁN
En París está doña Alda,
La esposa de don Roldán,
Trescientas damas con ella
Para la acompañar:
Todas visten un vestido, 5
Todas calzan un calzar,
Todas comen á una mesa,
Todas comían de un pan,
Si no era sola doña Alda,
Que era la mayoral. 10
Las ciento hilaban oro,
Las ciento tejen cendal,
Las ciento instrumentos tañen
Para doña Alda holgar.
Al son de los instrumentos 15
Doña Alda adormido se ha:
Ensoñado había un sueño,
Un sueño de gran pesar.
Recordó despavorida
Y con un pavor muy grande; 20
Los gritos daba tan grandes
Que se oían en la ciudad.
Allí hablaron sus doncellas,
Bien oiréis lo que dirán:
—«¿Qué es aquesto, mi señora? 25
¿Quién es el que os hizo mal?»
—«Un sueño soñé, doncellas,
Que me ha dado gran pesar;
Que me veía en un monte
En un desierto lugar: 30
Bajo los montes muy altos {p. 127}
Un azor vide volar,
Tras dél viene un aguililla
Que lo afincaba muy mal.
El azor con grande cuita 5
Metióse so mi brial;
El aguililla con grande ira
De allí lo iba á sacar;
Con las uñas lo despluma
Con el pico lo deshace.»— 10
Allí habló su camarera,
Bien oiréis lo que dirá:
—«Aquese sueño, señora,
Bien os lo entiendo soltar:
El azor es vuestro esposo, 15
Que viene de allende el mar;
El águila sedes vos,
Con la cual ha de casar,
Y aquel monte es la iglesia
Donde os han de velar.» 20
—«Si así es, mi camarera,
Bien te lo entiendo pagar.»—
Otro día de mañana
Cartas de fuera le traen;
Tintas venían de dentro, 25
De fuera escritas con sangre,
Que su Roldán era muerto
En la caza de Roncesvalles.
Anónimo: Romance Caballeresco {p. 128}
LA CONSTANCIA
Mis arreos son las armas,
Mi descanso es pelear,
Mi cama las duras peñas,
Mi dormir siempre velar.
Las manidas son escuras, 5
Los caminos por usar,
El cielo con sus mudanzas
Ha por bien de me dañar,
Andando de sierra en sierra
Por orillas de la mar, 10
Por probar si en mi ventura
Hay lugar donde avadar.
Pero por vos, mi señora,
Todo se ha de comportar.
Anónimo: Romance Erótico
ROSA FRESCA
«Rosa fresca, rosa fresca, 15
Tan garrida y con amor,
Cuando vos tuve en mis brazos,
No vos supe servir, no;
Y agora que os serviría
No vos puedo haber, no.» 20
—«Vuestra fué la culpa, amigo,
Vuestra fué, que mía no;
Enviástesme una carta
Con un vuestro servidor,
Y en lugar de recaudar 25
Él dijera otra razón: {p. 129}
Que érades casado, amigo,
Allá en tierras de León:
Que tenéis mujer hermosa
Y hijos como una flor.» 5
—«Quien os lo dijo, señora,
No vos dijo verdad, no;
Que yo nunca entré en Castilla
Ni allá en tierras de León,
Sino cuando era pequeño, 10
Que no sabía de amor.»
Anónimo: Romance Erótico
FONTE FRIDA
Fonte-frida, fonte-frida,
Fonte-frida y con amor,
Do todas las avecicas
Van tomar consolación, 15
Sino es la tortolica
Que está viuda y con dolor.
Por allí fuera á pasar
El traidor de ruiseñor:
Las palabras que le dice 20
Llenas son de traición:
—«Si tú quisieses, señora,
Yo sería tu servidor.»
—«Vete de ahí, enemigo,
Malo, falso, engañador, 25
Que ni poso en ramo verde,
Ni en prado que tenga flor;
Que si el agua hallo claro,
Turbia la bebía yo;
Que no quiero haber marido, 30
Porque hijos no haya, no: {p. 130}
No quiero placer con ellos,
Ni menos consolación.
¡Déjame, triste enemigo,
Mal, falso, mal traidor, 5
Que no quiero ser tu amiga
Ni casar contigo, no!
Canción Anónima
Mientras duerme mi niña,
Céfiro alegre,
_Sopla más quedito, 10
No la recuerdes_.
Sopla manso viento
Al sueño suave,
Que enseña á ser grave
Con su movimiento; 15
Dale el dulce aliento
Que entre perlas finas
A gozar caminas
Y ufano vuelves;
_Sopla más quedito, 20
No la recuerdes_.
Mira no despierte
Del sueño en que duerme,
Que temo que el verme
Causará mi muerte. 25
¡Dichosa tal suerte!
¡Venturosa estrella!
Si á niña tan bella
Alentar mereces.
_Sopla más quedito, 30
No la recuerdes_.
Baltasar de Alcázar {p. 131}
(1530–1606)
EL SUEÑO
No es el sueño cierto lance,
Sus caprichos tiene el sueño,
Y lo alcanza presto el dueño,
Ya no puede dalle alcance.
Este tan vario accidente 5
Suele á veces dar disgusto,
Yo le corrijo y ajusto
Con el aviso siguiente
Cuando el sueño se detiene,
Rezo para reposar, 10
Y en comenzando á rezar
En el mismo punto viene.
Si carga más que debía,
Pienso en las sumas que debo,
Y el sueño huye de nuevo 15
Como la sombra del día.
Ved el áspero y cruel
Cuán manso sigue mi indicio,
Y con cuán poco artificio
Hago lo que quiero de él: 20
Con tanta puntualidad
Que como galán y dama,
Tenemos á mesa y cama
Perpetua conformidad
Revelóme este secreto 25
Una vieja de Antequera,
Y desde la vez primera
Hizo verdadero efeto.
Y así por larga experiencia {p. 132}
He venido á conocer,
Que con rezar y deber
Se repara esta dolencia.
SOBRE LOS CONSONANTES
Quisiera la pena mía 5
Contártela, Juana, en verso;
Pero temo el fin diverso
De cómo yo lo querría;
Porque si en verso refiero
Mis cosas más importantes, 10
Me fuerzan los consonantes
A decir lo que no quiero.
Ejemplo: Inés me provoca
A decir mil bienes della,
Si en verso la llamo bella, 15
Dice el consonante _loca_;
Y así, vengo á descubrir
Con término descompuesto
Que es una loca y no es esto
Lo que yo quiero decir. 20
Y si la alabo de aguda
Y más ardiente que fuego,
A la aguda dice luego
La consonante _picuda_;
Y así la llamo en sustancia 25
Picuda quizá sin sello,
A lo menos sin querello
Por sólo la consonancia.
El verso en todo me impide,
Y podrán hacerme cargo 30
Que en la relación me alargo
Más de lo que el cuento pide;
Aunque puede haber descuento, {p. 133}
Si el mentir no es excesivo,
Pues si miento en lo que escrivo,
Por los consonantes miento.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Miguel de Cervantes Saavedra
(1547–1616)
¿Quién menoscaba mis bienes? 5
¡Desdenes!
¿Y quién aumenta mis duelos?
¡Los celos!
¿Y quién prueba mi paciencia?
¡Ausencia! 10
De este modo en mi dolencia
Ningún remedio se alcanza,
Pues me matan la esperanza,
Desdenes, celos y ausencia.
¿Quién me causa este dolor? 15
¡Amor!
¿Y quién mi gloria repuna?
¡Fortuna!
¿Y quién consiente mi duelo?
¡El cielo! 20
De este modo yo recelo
Morir deste mal extraño,
Pues se aunan en mi daño
Amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará mi suerte? 25
¡La muerte!
Y el bien de amor ¿quién le alcanza? {p. 134}
¡Mudanza!
Y sus males ¿quién los cura?
¡Locura!
De ese modo no es cordura 5
Querer curar la pasión,
Cuando los remedios son
Muerte, mudanza y locura.
CANCIÓN
Marinero soy de amor,
Y en su piélago profundo 10
Navego sin esperanza
De llegar á puerto alguno.
Siguiendo voy á una estrella,
Que desde lejos descubro;
Más bella y resplandeciente 15
Que cuantas vió Palinuro.
Y no sé adonde me guía,
Y así navego confuso,
El alma á mirarla atenta,
Cuidadosa y con descuido. 20
Recatos impertinentes,
Honestidad contra el uso,
Son nubes que me la encubren,
Cuando más verla procuro.
¡O clara y luciente estrella, 25
En cuya lumbre me apuro!
Al punto que te me encubras
Será de mi muerte el punto.
SONETO {p. 135}
Almas dichosas, que del mortal velo
Libres y exentas por el bien que obrastes,
Desde la baja tierra os levantastes
A lo más alto y lo mejor del cielo.
Y ardiendo en ira y en honroso celo, 5
De los cuerpos la fuerza ejercitastes,
Que en propia y sangre agena colorastes
El mar vecino, y arenoso suelo.
Primero que el valor faltó la vida
En los cansados brazos, que muriendo 10
Con ser vencidos llevan la victoria:
Y esta vuestra mortal triste caída
Entre el muro y el hierro os va adquiriendo
Fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
GLOSA
Si mi _fué_ tornase á _es_ 15
Sin esperar más _será_,
Ó viniese el tiempo ya
De lo que _será después_.
Al fin, como todo pasa,
Se pasó el bien que me dió 20
Fortuna, un tiempo no escasa,
Y nunca me le volvió,
Ni abundante, ni por tasa.
Siglos ha ya que me ves,
Fortuna, puesto á tus pies; 25
Vuélveme á ser venturoso,
Que será mi ser dichoso,
_Si mi fué tornase á es_.
No quiero otro gusto ó gloria,
Otra palma ó vencimiento, 30
Otro triunfo, otra vitoria, {p. 136}
Sino volver al contento;
Que es pesar en mi memoria.
Si tú me vuelves allá,
Fortuna, templado está 5
Todo el rigor de mi fuego,
Y más si este bien es luego
_Sin esperar más será_.
Cosas imposibles pido,
Pues volver el tiempo á ser, 10
Después que una vez ha sido,
No hay en la tierra poder
Que á tanto se haya extendido.
Corre el tiempo, vuela y va
Ligero, y no volverá, 15
Y erraría el que pidiese,
Ó que el tiempo ya se fuese,
_Ó viniese el tiempo ya_.
Vivir en perpleja vida,
Ya esperando, ya temiendo, 20
Es muerte muy conocida,
Y es mucho mejor muriendo
Buscar al dolor salida.
A mí me fuera interés
Acabar; mas no lo es, 25
Pues con discurso mejor
Me da la vida el temor
_De lo que será después_.
Lupercio Leonardo de Argensola {p. 137}
(1563–1613)
SONETO
Ojalá suyo así llamar pudiera
Gala cuanto hay, desde la frente al cuello,
Como puede con causa á su cabello,
Que suyo es, pues compró la cabellera,
Que para nuestros ojos mejor fuera 5
Ver un rostro comprado blanco y bello,
Y ojalá (para echar á todo el sello)
Que pudiera comprarse toda entera.
Que entonces fuera buena y fuera suya,
Como cuando se ahorra algún esclavo 10
Con el propio trabajo de sus manos.
Y así, contra el cabello nadie arguya,
Porque es en ella lo que solo alabo;
Lo demás, mate el hambre á los alanos.
CANCIÓN (TRADUCCIÓN DE HORACIO: _BEATUS ILLE_)
Dichoso el que, apartado 15
De negocios, imita
A la primera gente de la tierra,
Y en el campo, heredado
De su padre, ejercita
Sus bueyes, y la usura no le encierra, 20
Ni le despierta la espantosa guerra,
Ni el mar con son horrendo le amenaza;
Huye la curial plaza
Y las soberbias puertas de los vanos,
Ricos y poderosos ciudadanos. 25
Mas las vides crecidas {p. 138}
Con olmos acomoda,
Y en el valle remoto huelga, viendo
Sus vacas esparcidas.
El ramo inútil poda, 5
Mejor en su lugar otro ingiriendo,
Ó en cántaros la miel pura exprimiendo;
Sus ovejas trasquila, y cuando empieza
A mostrar su cabeza
Coronada el otoño, coge ufano 10
La pera engerta de su propria mano.
Y el maduro racimo
Que competir parece
Con la púrpura misma, juntamente,
Como despojo opimo, 15
A ti, Priapo, ofrece,
Y á Silvano, en los campos presidente;
Y mientras su cuidado le consiente
Bajo la antigua encina hacer su cama
De tenaz verde grama, 20
Al sueño le convida los suaves
Mormurios de las aguas y las aves.
O cuando nos fatiga
En el invierno helado
Júpiter con las lluvias y con nieve, 25
Con sus perros obliga
Al jabalí acosado
A que sus redes y asechanzas pruebe,
Y que su mismo engaño al tordo cebe;
Que la cobarde liebre en lazos muera, 30
Ó la grulla extranjera;
¿Quién con esto no olvida los cuidados
Que son del fiero amor solicitados?
Pues si alivia el cuidado
De los hijos y casa, {p. 139}
Cual las Sabinas, la mujer honesta,
Ó cual la del cansado
Pullés, que al sol se abrasa,
Y antes que venga su marido, presta 5
(La seca leña al sacro fuego puesta,
Las mansas ovejuelas ordeñadas
Y en setos encerradas),
Viandas no compradas apareja,
Sacando el vino de la pipa añeja. 10
No las ostras lucrinas,
El rombo ni otros peces,
De los que con los hielos nos envían
Las borrascas marinas
Del Carpacio á las veces, 15
Ó las aves que en África se crían,
A mi vientre mejor descenderían,
Que de los ramos fértiles algunas
Maduras aceitunas,
Que la malva ó de lápato la yerba, 20
Que al cuerpo da salud y lo conserva:
Ó la muerta cordera
En las fiestas sagradas,
Ó el cabrito que el lobo vió en sus dientes;
Y ver desta manera 25
A casa, repastadas,
Volver las ovejuelas diligentes,
Ó los cansados bueyes, con las frentes
Bajas, traer la esteva del arado,
Y el hogar rodeado 30
De esclavos, que al enjambre se parecen,
En quien las casas ricas resplandecen.
Mientras Alfio, usurero,
Estas cosas relata,
Mediado el mes recoge su dinero, {p. 140}
Y de ser labrador rústico trata;
Mas luego á las calendas
Lo vuelve á dar á usura sobre prendas.
Bartolomé Leonardo de Argensola
(1564–1631)
SONETO
«Dime, Padre común, pues eres justo, 5
¿Por qué ha de permitir tu providencia
Que, arrastrando prisiones la inocencia,
Sube la fraude á tribunal augusto?
«¿Quién da fuerzas al brazo que robusto
Hace á tus leyes firme resistencia, 10
Y que el celo, que más la reverencia,
Jima á los pies del vencedor injusto?
«Vemos que vibran vitoriosas palmas
Manos inicuas, la virtud gimiendo
Del triunfo en el injusto regocijo.» 15
Esto decía yo, cuando riendo
Celestial ninfa apareció, y me dijo:
«¡Ciego! ¿es la tierra el centro de las almas?»
EPIGRAMA (TRADUCCIÓN DE MARCIAL)
Cloe la sétima vez
Las exequias celebró. 20
Siete maridos lloró;
No hay tan honrada viudez.
¿Pudo con más sencillez
Toda la verdad decir?
Mandó en la piedra escribir {p. 141}
Que ella les dió sepoltura,
Y dijo la verdad pura,
Porque los hizo morir.
Luis de Argote y Góngora
(1561–1627)
ROMANCE
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A Spanish AnthologyChapter IV: STROPHES.—The strophe is frequently of arbitrary length, though, (3)
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