Skip to content

Chapter IV: STROPHES.—The strophe is frequently of arbitrary length, though, (5)

Text size

No más, no más callar, ya es imposible:
¡Allá voy! no me tengan: ¡fuera! digo,
Que se desata mi maldita horrible.
No censures mi intento, ¡o Lelio amigo!,
Pues sabes cuánto tiempo he contrastado 5
El fatal movimiento, que ahora sigo.
Ya toda mi cordura se ha acabado:
Ya llegó la paciencia al postrer punto,
Y la atacada mina se ha volado.
Protesto que, pues hablo en el asunto, 10
Ha de ir lo de antaño y lo de ogaño,
Y he de echar el repollo todo junto.
Las piedras, que mil días há que apaño,
He de tirar sin miedo, aunque con tiento,
Por vengar el común y el propio daño. 15
Baste ya de un indigno sufrimiento,
Que reprimió con débiles reparos
La justa saña del conocimiento.
He de seguir la senda de los raros:
Que mendigar sufragios de la Plebe 20
Acarrea perjuicios harto caros.
Y ya que otro no chista, ni se mueve,
Quiero yo ser satírico Quijote
Contra todo escritor follón y aleve.
Guerra declaro á todo Monigote; 25
Y pues sobran justísimos pretextos,
Palo habrá de los pies hasta el cogote.
No me amedrentes, Lelio, con tus gestos,
Que ya he advertido, y el callar á todo {p. 194}
Es confundirse tontos y modestos.
En vano intentas con severo modo
Serenar el furor que me arrebata,
Ni á tus pánicos miedos me acomodo. 5
. . . . . . . . . .
Un título pomposo y halagueño,
Impreso en un papel azafranado,
Da del libro magnífico diseño.
Atiza la gaceta por su lado;
Y es gran gusto comprar por pocos reales 10
Un librejo amarillo y jaspeado.
Caen en la tentación los animales,
Y aun los que no lo son, porque desean
Ver a sus compatriotas racionales.
Pero, ¡oh dolor! mis ojos no lo vean: 15
Al leer del frontis el renglón postrero,
La esperanza y el gusto ya flaquean.
Marín, Sanz ó Muñoz son mal agüero,
Pues engendran sus necias oficinas
Todo libro civil y chapucero. 20
Crecen á cada paso las mohinas,
Viendo brotar por planas y renglones
Mil sandeces insulsas y mezquinas.
Toda Dedicatoria es clausulones,
Y voces de pie y medio, que al Mecenas 25
Le dan, en vez de inciensos, coscorrones.
Todo Prólogo entona cantilenas,
En que el autor se dice gran supuesto,
Y Bachiller por Lugo ó por Atenas.
No menos arrogante é inmodesto 30
Pondera su proyecto abominable,
Y ofrece de otras obras dar un cesto.
Yo lo fío, copiante perdurable,
Que de ajenos andrajos mal zurcidos, {p. 195}
Formas un libro ingerto en porro ó sable;
Y hurgando en albañales corrompidos
De una y otra asquerosa Poliantea,
Nos apestas el alma y los sentidos. 5
El estilo y la frase inculta y fea
Ocupa la primera y postrer llana,
Que leo enteras, sin saber que lea.
No halla la inteligencia, siempre vana,
Sentido en que emplearse, y en las voces 10
_Derelinques_ la frase castellana.
¿Por qué nos das tormentos tan atroces?
Habla bribón, con menos retornelos,
A paso llano, y sin vocales coces.
Habla como han hablado tus abuelos, 15
Sin hacer profesión de boquilobo,
Y en tono que te entienda Cienpozuelos.
Perdona, Lelio, el descortés arrobo,
Que en llegando á este punto no soy mío,
Y estoy con tales cosas hecho un bobo. 20
Déjame lamentar el desvarío,
De que nuestra gran lengua esté abatida,
Siendo de la elocuencia el mayor río.
. . . . . . . . . .
La vista de un mal libro me es terrible;
Y en mi mano no está, que en este caso 25
Me deje dominar de la irascible.
Días há que con ceño nada escaso
Hubiera desahogado el entresijo
De las fatigas tétricas que paso,
Si tú, en tus cobardías siempre fijo, 30
No hubieras conseguido reportarme;
Pero ya se fué, amigo, quien lo dijo. {p. 196}
De aquí adelante pienso desquitarme;
Tengo que hablar, y caiga el que cayere,
En vano es detenerme y predicarme.
Y si acaso tú ú otro me dijere 5
Que soy semipagano, y corta pala,
Y que este empeño más persona quiere,
Sabe, Lelio, que en esta cata y cala
La furia que me impele, y que me ciega,
Es la que el desempeño me señala; 10
Que aunque es mi Musa principiante y lega,
Para escribir contra hombres tan perversos,
Si la naturaleza me lo niega,
La misma indignación me hará hacer versos.

Nicolás Fernández de Moratín

(1737–1780)

LA FIESTA DE TOROS EN MADRID

Madrid, castillo famoso 15
Que al rey moro alivia el miedo,
Arde en fiestas en su coso
Por ser el natal dichoso
De Alimenón de Toledo.
Su bravo alcaide Aliatar, 20
De la hermosa Zaida amante,
Las ordena celebrar,
Por si la puede ablandar
El corazón de diamante.
Pasó, vencida á sus ruegos, 25
Desde Aravaca á Madrid;
Hubo pandorgas y fuegos,
Con otros nocturnos juegos {p. 197}
Que dispuso el adalid.
Y en adargas y colores,
En las cifras y libreas,
Mostraron los amadores, 5
Y en pendones y preseas,
La dicha de sus amores.
Vinieron las moras bellas
De toda la cercanía,
Y de lejos muchas de ellas: 10
Las más apuestas doncellas
Que España entonces tenía.
Aja de Jetafe vino,
Y Zahara la de Alcorcón,
En cuyo obsequio muy fino 15
Corrió de un vuelo el camino
El moraicel de Alcabón.
Jarifa de Almonacid,
Que de la Alcarria en que habita
Llevó á asombrar á Madrid 20
Su amante Audalla, adalid
Del castillo de Zorita.
De Adamuz y la famosa
Meco llegaron allí
Dos, cada cual más hermosa, 25
Y Fatima la preciosa,
Hija de Alí el alcadí.
El ancho circo se llena
De multitud clamorosa,
Que atiende á ver en su arena 30
La sangrienta lid dudosa,
Y todo en torno resuena.
La bella Zaida ocupó
Sus dorados miradores
Que el arte filigranó {p. 198}
Y con espejos y flores
Y damascos adornó.
Añafiles y atabales,
Con militar armonía, 5
Hicieron salva y señales
De mostrar su valentía
Los moros principales.
No en las vegas de Jarama
Pacieron la verde grama 10
Nunca animales tan fieros
Junto al puente que se llama,
Por sus peces, de Viveros,
Como los que el vulgo vió
Ser lidiadores aquel día; 15
Y en la fiesta que gozó,
La popular alegría
Muchas heridas costó.
Salió un toro del toril,
Y á Tarfe tiró por tierra, 20
Y luego á Benalguacil;
Después con Hamete cierra,
El temerón de Conil.
Traía un ancho listón
Con uno y otro matiz 25
Hecho un lazo por airón,
Sobre la enhiesta cerviz
Clavado con un arpón.
Todo galán pretendía
Ofrecerle vencedor 30
A la dama que servía:
Por eso perdió Almanzor
El potro que más quería.
El alcaide muy zambrero
De Guadalajara huyó, {p. 199}
Mal herido al golpe fiero,
Y desde un caballo overo
El moro de Horche cayó.
Todos miran á Aliatar, 5
Que aunque tres toros ha muerto
No se quiere aventurar;
Porque en lance tan incierto
El caudillo no ha de entrar.
Mas viendo se culparía, 10
Va á ponerse delante:
La fiera le acometía,
Y sin que el rejón le plante
Le mató una yegua pía.
Otra monta acelerado: 15
Le embiste el toro de un vuelo.
Cogiéndole entablerado;
Rodó el bonete encarnado
Con las plumas por el suelo.
Dió vuelta hiriendo y matando 20
A los de pie que encontrara,
El circo desocupando;
Y emplazándose, se para,
Con la vista amenazando.
Nadie se atreve á salir: 25
La plebe grita indignada,
Las damas se quieren ir,
Porque la fiesta empezada
No puede ya proseguir.
Ninguno al riesgo se entrega 30
Y está en medio el toro fijo;
Cuando un portero que llega
De la puerta de la Vega
Hincó la rodilla y dijo:
«Sobre un caballo alazano, {p. 200}
Cubierto de galas y oro,
Demanda licencia urbano
Para alancear á un toro
Un caballero cristiano.» 5
Mucho le pesa á Aliatar;
Pero Zaida dió respuesta
Diciendo que puede entrar;
Porque en tan solemne fiesta
Nada se debe negar. 10
Suspenso el concurso entero
Entre dudas se embaraza,
Cuando en un potro ligero
Vieron entrar por la plaza
Un bizarro caballero; 15
Sonrosado, albo color,
Belfo labio, juveniles
Alientos, inquieto ardor,
En el florido verdor
De sus lozanos abriles. 20
Cuelga la rubia guedeja
Por donde el almete sube,
Cual mirarse tal vez deja
Del sol la ardiente madeja
Entre cenicienta nube. 25
Gorguera de anchos follajes,
De una cristiana primores,
En el yelmo los plumajes,
Por los visos y celajes
Vergel de diversas flores. 30
En la cuja gruesa lanza,
Con recamado pendón,
Y una cifra á ver se alcanza
Que es de desesperación, {p. 201}
Ó á lo menos de venganza.
En el arzón de la silla
Ancho escudo reverbera
Con blasones de Castilla, 5
Y el mote dice á la orilla:
_Nunca mi espada venciera._
Era el caballo galán,
El bruto más generoso,
De más gallardo ademán; 10
Cabos negros, y brioso,
Muy tostado y alazán.
Larga cola recogida
En las piernas descarnadas,
Cabeza pequeña, erguida, 15
Las narices dilatadas,
Vista feroz y encendida.
Nunca en el ancho rodeo
Que da Betis con tal fruto
Pudo fingir el deseo 20
Más bella estampa de bruto,
Ni más hermoso paseo.
Dió la vuelta al rededor:
Los ojos que le veían
Lleva prendados de amor. 25
¡Alah te salve! decían,
¡Déte el Profeta favor!
Causaba lástima y grima
Su tierna edad floreciente:
Todos quieren que se exima 30
Del riesgo, y él solamente
Ni recela ni se estima.
Las doncellas, al pasar,
Hacen de ámbar y alcanfor
Pebeteros exhalar, {p. 202}
Vertiendo pomos de olor
De jazmines y azahar.
Mas cuando en medio se para,
Y de más cerca le mira 5
La cristiana esclava Aldara,
Con su señora se encara,
Y así le dice, y suspira:
«Señora, sueños no son;
Así los cielos vencidos 10
De mi ruego y aflicción,
Acerquen á mis oídos
Las campanas de León,
«Como ese doncel que ufano
Tanto asombro viene á dar 15
A todo el pueblo africano,
Es Rodrigo de Bivar,
El soberbio Castellano.»
Sin descubrirle quién es,
La Zaida desde una almena 20
Le habló una noche cortés
Por donde se abrió después
El cubo de la Almudera;
Y supo que fugitivo
De la corte de Fernando, 25
El Cristiano, apenas vivo,
Está á Jimena adorando
Y en su memoria cautivo.
Tal vez á Madrid se acerca
Con frecuentes correrías, 30
Y todo en torno la cerca,
Observa sus saetías,
Arroyadas y ancha alberca.
Por eso le ha conocido:
Que en medio de aclamaciones, {p. 203}
El caballo ha detenido
Delante de sus balcones
Y la saluda rendido.
La Mora se puso en pie, 5
Y sus doncellas detrás:
El alcaide que lo ve,
Enfurecido además,
Muestra cuán celoso esté.
Suena un rumor placentero 10
Entre el vulgo de Madrid:
No habrá mejor caballero,
Dicen, en el mundo entero;
Y algunos le llaman Cid.
Crece la algazara, y él 15
Torciendo las riendas de oro,
Marcha al combate crüel:
Alza el galope y al toro
Busca en sonoro tropel.
El bruto se le ha encarado 20
Desde que le vió llegar,
De tanta gala asombrado;
Y al rededor le ha observado
Sin moverse de un lugar.
Cual flecha se disparó 25
Despedida de la cuerda,
De tal suerte le embistió;
Detrás de la oreja izquierda
La aguda lanza le hirió.
Brama la fiera burlada; 30
Segunda vez acomete,
De espuma y sudor bañada;
Y segunda vez le mete
Sutil la punta acerada.
Pero ya Rodrigo espera {p. 204}
Con heroico atrevimiento,
El pueblo mudo y atento;
Se engalla el toro y altera,
Y finge acometimiento. 5
La arena escarba ofendido,
Sobre la espalda la arroja
Con el hueso retorcido;
El suelo huele y le moja
En ardiente resoplido. 10
La cola inquieto menea,
La diestra oreja mosquea,
Vase retirando atrás,
Para que la fuerza sea
Mayor, y el ímpetu más. 15
El que en esta ocasión viera
De Zaida el rostro alterado
Claramente conociera
Cuánto le cuesta cuidado
El que tanto riesgo espera. 20
Más ¡ay! que le embiste horrendo
El animal espantoso.
Jamás peñasco tremendo
Del Cáucaso cavernoso
Se desgaja, estrago haciendo, 25
Ni llama así fulminante,
Cruza en negra oscuridad,
Con relámpagos delante,
Al estrépito tonante
De sonora tempestad, 30
Como el bruto se abalanza
En terrible ligereza;
Mas rota con gran pujanza
La alta nuca, la fiereza {p. 205}
Y el último aliento lanza.
La confusa vocería
Que en tal instante se oyó
Fué tanta, que parecía 5
Que honda mina reventó,
Ó el monte y valle se hundía.
A caballo como estaba,
Rodrigo el lazo alcanzó
Con que el toro se adornaba: 10
En su lanza le clavó
Y á los balcones llegaba.
Y alzándose en los estribos,
Le alarga á Zaida, diciendo:
«Sultana, aunque bien entiendo 15
Ser favores excesivos,
Mi corto don admitiendo,
«Si no os dignáredes ser
Con él benigna, advertid
Que á mí me basta saber 20
Que no le debo ofrecer
A otra persona en Madrid.»
Ella, el rostro placentero,
Dijo, y turbada: «señor,
Yo le admito y le venero, 25
Por conservar el favor
De tan gentil caballero.»
Y besando el rico don,
Para agradar al doncel
Le prende con afición 30
Al lado del corazón,
Por brinquiño y por joyel.
Pero Aliatar el caudillo
De envidia ardiendo se ve:
Y trémulo y amarillo, {p. 206}
Sobre un tremecén rosillo
Lozaneándose fué.
Y en ronca voz, «Castellano,»—
Le dice,—«con más decoros 5
Suelo yo dar de mi mano,
Si no penachos de toros,
Las cabezas de Cristiano.
«Y si vinieras de guerra
Cual vienes de fiesta y gala, 10
Vieras que en toda la tierra,
Al valor que dentro encierra
Madrid, ninguno se iguala.»
«Así,»—dijo el de Bivar,—
«Respondo,» y la lanza en ristre 15
Pone, y espera á Aliatar;
Mas sin que nadie administre
Orden, tocaron á armar.
Y fiero bando con gritos
Su muerte ó prisión pedía, 20
Cuando se oyó en los distritos
Del monte de Leganitos
Del Cid la trompetería.
Entre la Moncloa y Soto
Tercio escogido emboscó, 25
Que viendo cómo tardó,
Se acercó, oyó el alboroto,
Y al muro se abalanzó.
Y si no vieran salir
Por la puerta á su señor 30
Y Zaida á le despedir,
Iban la fuerza á embestir:
Tal era ya su furor.
El alcaide, recelando
Que en Madrid tenga partido, {p. 207}
Se templó, disimulando;
Y por el parque florido
Salió con él razonando.
Y es fama, que á la bajada 5
Juró por la cruz el Cid
De su vencedora espada,
De no quitar la celada
Hasta que gane á Madrid.

José de Cadalso

(1741–1782)

SOBRE SER LA POESÍA UN ESTUDIO FRÍVOLO

Llegóse á mí con el semblante adusto, 10
Con estirada ceja y cuello erguido
(Capaz de dar un peligroso susto
Al tierno pecho del rapaz Cupido),
Un animal de los que llaman sabios,
Y de este modo abrió sus secos labios: 15
«No cantes más de amor. Desde este día
Has de olvidar hasta su necio nombre;
Aplícate á la gran filosofía;
Sea tu libro el corazón del hombre.»
Fuése, dejando mi alma sorprendida 20
De la llegada, arenga y despedida.
¡Adiós, Filis, adiós! No más amores,
No más requiebros, gustos y dulzuras,
No más decirte halagos, darte flores,
No más mezclar los celos con ternuras, 25
No más cantar por monte, selva ó prado
Tu dulce nombre al eco enamorado;
No más llevarte flores escogidas, {p. 208}
Ni de mis palomitas los hijuelos,
Ni leche de mis vacas más queridas,
Ni pedirte ni darte ya más celos,
Ni más jurarte mi constancia pura, 5
Por Venus, por mi fe, por tu hermosura.
No más pedirte que tu blanca diestra
En mi sombrero ponga el fino lazo,
Que en sus colores tu firmeza muestra,
Que allí le colocó tu airoso brazo; 10
No más entre los dos un albedrío;
Tuyo mi corazón, el tuyo mío.
Filósofo he de ser, y tú, que oíste
Mis versos amorosos algún día,
Oye sentencias con estilo triste 15
Ó lúgubres acentos, Filis mía,
Y di si aquel que requebrarte sabe,
Sabe también hablar en tono grave.

Gaspar Melchor de Jovellanos

(1744–1811)

CANTO GUERRERO (PARA LOS ASTURIANOS)

A las armas, valientes Astures,
Empuñadlas con nuevo vigor; 20
Que otra vez el tirano de Europa
El solar de Pelayo insultó.
Ved que fieros sus viles esclavos
Se adelantan del Sella al Nalón,
Y otra vez sus pendones tremolan 25
Sobre Torres, Naranco y Gozón.
Corred, corred briosos,
Corred á la victoria,
Y á nueva eterna gloria {p. 209}
Subid vuestro valor.
Cuando altiva al dominio del mundo
La señora del Tibre aspiró,
Y la España en dos siglos de lucha 5
Puso freno á su loca ambición;
Ante Asturias sus águilas sólo
Detuvieron el vuelo veloz,
Y el feliz Octaviano á su vista
Desmayado y enfermo tembló. 10
Corred, corred briosos, _etc._
Cuando Suevos, Alanos y Godos
Inundaban el suelo español;
Cuando atónita España rendía
La cerviz á su yugo feroz; 15
Cuando audaz Leovigildo, y triunfante
De Toledo corría á León;
Vuestros padres, alzados en Arvas,
Refrenaron su insano furor.
Corred, corred briosos, _etc._ 20
Desde el Lete hasta el Piles Tarique
Con sus lunas triunfando llegó,
Y con robos, incendios y muertes
Las Españas llenó de terror;
Pero opuso Pelayo á su furia 25
El antiguo asturiano valor;
Y sus huestes el cielo indignado
Desplomando, el Auseva oprimió.
Corred, corred briosos, _etc._
En Asturias Pelayo alzó el trono 30
Que Ildefonso afirmó vencedor;
La victoria ensanchó sus confines,
La victoria su fama extendió.
Trece reyes su imperio rigieron,
Héroes mil realzaron su honor, {p. 210}
Y engendraron los héroes que altivos
Dieron gloria á Castilla y León.
Corred, corred briosos, _etc._
Y hoy que viene un villano enemigo 5
Libertad á robaros y honor,
¿En olvido pondréis tantas glorias?
¿Sufriréis tan indigno baldón?
Menos fuerte que el fuerte Romano,
Más que el Godo y el Árabe atroz, 10
¿Sufriréis que esclavice la patria,
Que el valor de Pelayo libró?
Corred, corred briosos, _etc._
No creáis invencibles ni bravos
En la lid á esos bárbaros, no; 15
Sólo en artes malignas son fuertes,
Sólo fuertes en dolo y traición.
Si en Bailén de sus águilas vieron
Humillado el mentido esplendor,
De Valencia escaparon medrosos, 20
Zaragoza su fama infamó.
Corred, corred briosos, _etc._
Alcañiz arrastró sus banderas,
El Alberche su sangre bebió,
Ante el Tormes cayeron batidos, 25
Y Aranjuez los llenó de pavor.
Fué la heroica Gerona su oprobio,
Llobregat reprimió su furor,
Y las ondas y muros de Gades
Su sepulcro serán y baldón. 30
Corred, corred briosos, _etc._
Y vosotros de Lena y Miranda
¿No los visteis huir con terror?
Y no visteis que en Grado y Doriga {p. 211}
Su vil sangre los campos regó?
Pues ¿quién hoy vuestra furia detiene?
Pues ¿quién pudo apagar vuestro ardor?
Los que ayer eran flacos, cobardes, 5
¿Serán fuertes, serán bravos hoy?
Corred, corred briosos, _etc._
Cuando os pide el amor sacrificios,
Cuando os pide venganza el honor,
¿Cómo no arde la ira en los pechos? 10
¿Quién los brazos nerviosos ató?
A las armas, valientes Astures,
Empuñadlas con nuevo vigor;
Que otra vez con sus huestes el Corso
El solar de Pelayo manchó. 15
Corred, corred briosos,
Corred á la victoria,
Y á nueva eterna gloria
Subid vuestro valor.

Juan Meléndez Valdés

(1754–1817)

ODA: Á UN RUISEÑOR

¡Con qué alegres cantares 20
Oh ruiseñor, celebras
Tu dicha, y de tu amada
El tierno afán recreas!
Ella del blando nido
Te responde halagueña 25
Con piadas süaves,
Y se angustia si cesas.
Las otras aves callan; {p. 212}
Y el eco tus querellas
Con voz aduladora
Repite por la selva;
Mientras el cefirillo, 5
De invidioso, te inquieta,
Las hojas agitando
Con ala más traviesa.
Tú cesas y te turbas:
Atento adonde suena 10
Te vuelves, y cobarde
De ramo en ramo vuelas.
Mas luego ya seguro,
Los silbos le remedas,
El triunfo solemnizas, 15
Y tornas á tus quejas.
Así la noche engañas,
Y el sol, cuando despierta,
Aun goza la armonía
De tu amorosa vela. 20
¡Oh avecilla felice!
¡Oh! ¡qué bien la fineza
De tu pecho encareces
Con tu voz lisonjera!
Ya pías cariñoso, 25
Ya más alto gorjeas,
Ya al ardor que te agita,
Tu garganta enajenas.
¡Oh! no ceses, no ceses
En tan dulce tarea, 30
Que en delicias de oirte
Mi espíritu se anega.
Así el cielo tu nido
De asechanzas defienda,
Y tu amable consorte {p. 213}
Fiel por siempre te sea.
Yo también soy cautivo:
También yo, si tuviera
Tu piquito agradable, 5
Te diría mis penas;
Y en sencillos coloquios
Alternando las letras,
Tú cantaras tus glorias,
Y yo mi fe sincera; 10
Que los malignos hombres
Burlan de la inocencia,
Y expónese á su risa
Quien su dicha les cuenta.

ROMANCE: LA LLUVIA

Bien venida ¡oh lluvia! seas 15
A refrescar nuestros valles,
Y á traernos la abundancia
Con tu rocío agradable.
Bien vengas á dar la vida
A las flores, que fragantes, 20
Para mejor recibirte,
Rompen ya su tierno cáliz;
Do á sus galanos colores,
En primoroso contraste,
Tus perlas, del sol heridas, 25
Brillan cual ricos diamantes.
Bien vengáis, alegres aguas,
Fausto alivio del cobarde
Labrador, que ya temía
Malogrados sus afanes. 30
Bajad, bajad; que la tierra
Su agostado seno os abre,
Do os aguardan mil semillas {p. 214}
Para al punto fecundarse.
Bajad, y del mustio prado
Vuestro humor la sed apague,
Y su lánguida verdura 5
Reanimada se levante;
Tejiendo un muelle tapete,
Cuyo hermoso verde manchen
Los más vistosos matices
Como en agraciado esmalte. 10
Bajad, bajad en las alas
Del vago viento; empapadle
En frescura deleitosa,
Y el pecho lo aspire fácil.
Bajad; ¡oh, cómo al oído 15
Encanta el ruido süave
Que entre las trémulas hojas,
Cayendo, las gotas hacen!
. . . . . . . . . .

LETRILLA: Á UNOS LINDOS OJOS

_Tus lindos ojuelos
Me matan de amor._

Ora vagos giren,
Ó párense atentos, 20
Ó miren exentos,
Ó lánguidos miren,
Ó injustos se aïren
Culpando mi ardor,
_Tus lindos ojuelos 25
Me matan de amor._
Si al fanal del día
Emulando ardientes,
Alientan clementes
La esperanza mía, 30
Y en su halago fía
Mi crédulo error,
_Tus lindos ojuelos
Me matan de amor._
Si evitan, arteros, 35
Encontrar los míos,
Sus falsos desvíos
Me son lisonjeros.
Negándome fieros {p. 215}
Su dulce favor,
_Tus lindos ojuelos
Me matan de amor._
Los cierras burlando, 5
Y ya no hay amores,
Sus flechas y ardores
Tu juego apagando:
Yo entonces, temblando,
Clamo en tanto horror: 10
_Tus lindos ojuelos
Me matan de amor._
Los abres riente,
Y el amor renace,
Y en gozar se place 15
De su nuevo oriente;
Cantando demente
Yo al ver su fulgor:
_Tus lindos ojuelos
Me matan de amor._ 20
Tórnalos, te ruego,
Niña, hacia otro lado,
Que casi he cegado
De mirar su fuego
¡Ay! tórnales luego; 25
No con más rigor
_Tus lindos ojuelos
Me matan de amor._

Fray Diego González

(1733–1794)

TRADUCCIÓN DEL SALMO VIII

¡Cuán grande y admirable,
Oh Señor, en quien nuestro bien se encierra, 30
Es tu nombre adorable
En todo cuanto cierra
La redondez inmensa de la tierra!
Pues la magnificencia
Que en tus excelsas obras se ha mostrado, 35
En poderío y ciencia
Así ha sobrepujado,
Que más que el alto cielo se ha elevado.
Sacaste tú alabanza
De infantil boca, que aun enjuga el pecho; 40
La enemiga alianza
Confundida, y deshecho {p. 216}
El odio vengador y su despecho.
Que si los cielos miro,
Esmero de tu mano omnipotente,
Y el desvelado giro 5
De la luna luciente,
Y de estrellas el coro refulgente,
Luego digo, admirando:
¿Qué es el hombre, que tanto le encareces
Tu amor, ó el engendrado 10
Del hombre, que mil veces
Con tu visitación le favoreces?
Poco menos le hiciste
Que el ángel, y de honor le coronaste
Y gloria, y le pusiste, 15
Luego que le formaste,
Sobre todas las cosas que criaste.
Y todo sometido
Lo dejaste á sus pies y á su mandado;
El rebaño vestido 20
De lana, el buey pausado,
Y cuanto pace yerba en monte ó prado;
Y las ligeras aves,
Que alzan el vuelo á la región vacía.
Y los pescados graves, 25
Que cruzan á porfía
Las sendas de la mar salada y fría.
¡Cuán grande y admirable,
Oh Señor, en quien nuestro bien se encierra,
Es tu nombre adorable 30
En todo cuanto cierra
La redondez inmensa de la tierra!
Al Padre poderoso,
Al Hijo sin fin sabio, y al supremo
Espíritu amoroso {p. 217}
Se dé el honor eterno
Ahora y siempre y por siglo sempiterno.

EL MURCIÉLAGO ALEVOSO

Estaba Mirta bella
Cierta noche formando en su aposento, 5
Con gracioso talento,
Una tierna canción, y porque en ella
Satisfacer á Delio meditaba,
Que de su fe dudaba,
Con vehemente expresión le encarecía 10
El fuego que en su casto pecho ardía.
Y estando divertida,
Un murciélago fiero, ¡suerte insana!
Entró por la ventana;
Mirta dejó la pluma, sorprendida, 15
Temió, gimió, dió voces, vino gente;
Y al querer diligente
Ocultar la canción, los versos bellos
De borrones llenó, por recogellos.
Y Delio, noticioso 20
Del caso que en su daño había pasado,
Justamente enojado
Con el fiero murciélago alevoso,
Que había la canción interrumpido,
Y á su Mirta afligido, 25
En cólera y furor se consumía,
Y así á la ave funesta maldecía:
«Oh monstruo de ave y bruto,
Que cifras lo peor de bruto y ave,
Visión nocturna grave, 30
Nuevo horror de las sombras, nuevo luto,
De la luz enemigo declarado, {p. 218}
Nuncio desventurado
De la tiniebla y de la noche fría,
¿Qué tienes tú que hacer donde está el día?
«Tus obras y figura 5
Maldigan de común las otras aves,
Que cánticos suaves
Tributan cada día á la alba pura;
Y porque mi ventura interrumpiste,
Y á su autor afligiste, 10
Todo el mal y desastre te suceda
Que á un murciélago vil suceder pueda.
«La lluvia repetida,
Que viene de lo alto arrebatada,
Tan sólo reservada 15
A las noches, se oponga á tu salida;
Ó el relámpago pronto reluciente
Te ciegue y amedrente;
Ó soplando del Norte recio el viento,
No permita un mosquito á tu alimento. 20
«La dueña melindrosa,
Tras el tapiz do tienes tu manida,
Te juzgue, inadvertida,
Por telaraña sucia y asquerosa,
Y con la escoba al suelo te derribe; 25
Y al ver que bulle y vive,
Tan fiera y tan ridícula figura,
Suelte la escoba y huya con presura.
«Y luego sobrevenga,
El juguetón gatillo bullicioso, 30
Y primero medroso
Al verte, se retire y se contenga,
Y bufe y se espeluce horrorizado,
Y alce el rabo esponjado,
Y el espinazo en arco suba al cielo, {p. 219}
Y con los pies apenas toque el suelo.
«Mas luego recobrado,
Y del primer horror convalecido,
El pecho al suelo unido, 5
Traiga el rabo del uno al otro lado,
Y cosido en la tierra, observe atento;
Y cada movimiento
Que en ti llegue á notar su perspicacia,
Le provoque al asalto y le dé audacia. 10
«En fin sobre ti venga,
Te acometa y ultraje sin recelo,
Te arrastre por el suelo,
Y á costa de tu daño se entretenga;
Y por caso las uñas afiladas 15
En tus alas clavadas,
Por echarte de sí con sobresalto,
Te arroje muchas veces á lo alto.
«Y acuda á tus chillidos
El muchacho, y convoque á sus iguales, 20
Que con los animales
Suelen ser comúnmente desabridos;
Que á todos nos dotó naturaleza
De entrañas de fiereza,
Hasta que ya la edad ó la cultura 25
Nos dan humanidad y más cordura.
«Entre con algazara
La pueril tropa, al daño prevenida,
Y lazada oprimida
Te echen al cuello con fiereza rara; 30
Y al oirte chillar alcen el grito
Y te llamen maldito;
Y creyéndote al fin del diablo imagen,
Te abominen, te escupan y te ultrajen.
«Luego por las telillas {p. 220}
De tus alas te claven el postigo,
Y se burlen contigo,
Y al hocico te apliquen candelillas,
Y se rían con duros corazones 5
De tus gestos y acciones,
Y á tus tristes querellas ponderadas
Correspondan con fiesta y carcajadas.
«Y todos bien armados
De piedras, de navajas,de aguijones, 10
De clavos, de punzones,
De palos por los cabos afilados
(De diversión y fiesta ya rendidos),
Te embistan atrevidos,
Y te quiten la vida con presteza, 15
Consumando en el modo su fiereza.
«Te puncen y te sajen,
Te tundan, te golpeen, te martillen,
Te piquen, te acribillen,
Te dividan, te corten y te rajen, 20
Te desmiembren, te partan, te degüellen,
Te hiendan, te desuellen,
Te estrujen, te aporreen, te magullen,
Te deshagan, confundan y aturrullen.
«Y las supersticiones 25
De las viejas creyendo realidades,
Por ver curiosidades,
En tu sangre humedezcan algodones;
Para encenderlos en la noche oscura,
Creyendo sin cordura 30
Que verán en el aire culebrinas
Y otras tristes visiones peregrinas.
«Muerto ya, te dispongan
El entierro, te lleven arrastrando,
Gori, gori, cantando, {p. 221}
Y en dos filas delante se compongan
Y otras, fingiendo voces lastimeras,
Sigan de plañideras,
Y dirijan entierro tan gracioso 5
Al muladar más sucio y asqueroso;
«Y en aquella basura
Un hoyo hondo y capaz te faciliten,
Y en él te depositen,
Y allí te den debida sepultura; 10
Y para hacer eterna tu memoria,
Compendiada tu historia
Pongan en una losa duradera,
Cuya letra dirá de esta manera.

_Epitafio_
«Aquí yace el murciélago alevoso, 15
Que al sol horrorizó y ahuyentó el día,
De pueril saña triunfo lastimoso,
Con cruel muerte pagó su alevosía:
No sigas, caminante, presuroso,
Hasta decir sobre esta losa fría: 20
Acontezca tal fin y tal estrella
A aquel que mal hiciere á Mirta bella.»

José Iglesias de la Casa

(1753–1791)

LETRILLA: LA ROSA DE ABRIL

Zagalas del valle
Que al prado venís
A tejer guirnaldas 25
De rosa y jazmín,
Parad en buen hora,
Y al lado de mí
Mirad más florida
_La rosa de Abril_. 30
Su sien coronada {p. 222}
De fresco alhelí,
Excede á la aurora
Que empieza á reir,
Y más si en sus ojos, 5
Llorando por mí,
Sus perlas asoma
_La rosa de Abril_.
Veis allí la fuente,
Veis el prado aquí 10
Do la vez primera
Sus luceros ví;
Y aunque de sus ojos
Yo el cautivo fuí,
Su dueño me llama 15
_La rosa de Abril_.
Le dije: _¿Me amas?_
Díjome ella: _Sí_;
Y porque lo crea,
Me dió abrazos mil; 20
El Amor, de envidia,
Cayó muerto allí,
Viendo cuál me amaba
_La rosa de Abril_.
De mi rabel dulce 25
El eco sutil
Un tiempo escucharon
Londra y colorín;
Que nadie más que ellos
Me oyera entendí, 30
Y oyéndome estaba
_La rosa de Abril_.
En mi blanda lira
Me puse á esculpir
Su hermoso retrato 35
De nieve y carmín;
Pero ella me dijo:
«Mira el tuyo aquí»;
Y el pecho mostróme
_La rosa de Abril_. 40
El rosado aliento
Que yo á percibir
Llegué de sus labios,
Me saca de mí:
Bálsamo de Arabia 45
Y olor de jazmín
Excede en fragancia
_La rosa de Abril_.
El grato mirar,
El dulce reir, 50
Con que ella dos almas
Ha sabido unir,
No el hijo de Venus
Lo sabe decir,
Sino aquel que goza 55
_La rosa de Abril_.

Nicasio Álvarez de Cienfuegos {p. 223}

(1764–1809)

EL OTOÑO

¡Oh, salve, salve, soledad querida,
Do en los halagos del Abril hermoso
Vine á cantar en medio á los amores
Mi eterno desamor! ¡ Salve, oh florida,
Oh calma vega! A tu feliz reposo 5
Torno otra vez, y entre tus nuevas flores
Enjugando el sudor que á Sirio ardiente
Pagó en tributo lánguida mi frente,
Veré al otoño levantarse ufano
Sobre la árida tumba del verano. 10
Sí, le veré; que la balanza justa
Las sombras y la luz igual partiendo,
En sus frescos palacios aprisiona
Voluble al sol, que de su sien augusta
La diadema inflamada desciñendo, 15
De rayos más benignos se corona.
«Otoño,» clama de su carro de oro;
Y otoño al punto, entre el favonio coro,
Que Agosto adormeció, la faz alzando,
El florido frescor vuela soplando. 20
A su dulce volar ¡cuál reverdece
La tierra, enriqueciendo su ancho manto
De opulento verdor! La tuberosa
Del albo cáliz en su honor florece,
Y la piramidal, y tú, oh amaranto, 25
De más largo vivir. Tu flor pomposa,
Que adornaba de Mayo los amores,
Hoy halla frutos donde vió las flores;
Oyó quejarse al ruiseñor, primero, {p. 224}
Y ya recibe su cantar postrero.
Tú le viste brillante y florecido
A este rico peral, que ora, agobiado
Del largo enjambre de su prole hermosa, 5
La frente inclina. Céfiro atrevido,
De una poma tal vez enamorado,
Bate rápido el ala sonorosa,
Y la besa, y la deja, y torna amante,
Y mece las hojitas, é inconstante 10
Huye y torna á mecer, y cae su amada,
Y toca el polvo con la faz rosada.
¡Otoño, otoño! ¿le miráis que llega
De colina en colina vacilante
Resaltando? ¡ Evohé! salid, oh hermosas, 15
A recibir al monte y á la vega,
Suspendiendo á los hombros el vacante
Hondo mimbre. Corred, y en pampanosas
Guirnaldas coronad mi temulenta
Sien. Dadme yedras, que ardo en violenta 20
Sed báquica. ¡Evohé! cortad; que opimos
Entre el pámpano caigan los racimos.
. . . . . . . . . .

CANCIÓN

Rosal, rosal, ¿dó está el tiempo
Que me oyó tu sombra amiga
Jurar un amor eterno 25
Al que el suyo me ofrecía?
Cuando en ti fijaba
La risueña vista,
¡Con qué amor tus rosas
Su prisión cerrada abrían! 30
Hora sin amparo, {p. 225}
¿Qué harán? Afligidas,
Del pajizo trono
Para siempre caen marchitas.
¡Cuántas veces ¡ay! tu tronco 5
Nos vió en amantes caricias
Darle en cristalinas aguas
Su frescor y hermosa vida!
¡Árbol infelice,
Mi recreo un día, 10
Ya tu solo riego
Serán las lágrimas mías.
Muerte son tus galas:
Pluguiese á mi dicha
Que, al caer, tus hojas 15
Cubriesen mi tumba fría!

Félix María de Samaniego

(1745–1801)

FÁBULA: EL LEÓN Y LA CABRA

Un señor León andaba, como un perro,
Del valle al monte, de la selva al cerro,
A caza, sin hallar pelo ni lana,
Perdiendo la paciencia y la mañana. 20
Por un risco escarpado
Ve trepar una Cabra á lo encumbrado,
De modo que parece que se empeña
En hacer creer al León que se despeña.
El pretender seguirla fuera en vano; 25
El cazador entonces cortesano
La dice: «Baja, baja, mi querida;
No busques precipicios á tu vida:
En el valle frondoso {p. 226}
Pacerás á mi lado con reposo.—
¿Desde cuándo, señor, la real persona
Cuida con tanto amor de la barbona?
Esos halagos tiernos 5
No son por bien, apostaré los cuernos.»
Así le respondió la astuta Cabra;
Y el Léon se fué sin replicar palabra.
_Lo paga la infeliz con el pellejo,
Si toma sin examen el consejo._ 10

FÁBULA: EL JABALÍ Y LA ZORRA

Sus horribles colmillos aguzaba
Un Jabalí en el tronco de una encina.
La Zorra, que vecina
Del animal cerdoso se miraba,
Le dice: «Extraño el verte, 15
Siendo tú en paz señor de la bellota,
Cuando ningún contrario te alborota,
Que tus armas afiles de esa suerte.»
La fiera respondió: «Tenga entendido
Que en la paz se prepara el buen guerrero, 20
Así como en la calma el marinero,
_Y que vale por dos el prevenido._»

Tomás de Iriarte

(1750–1791)

EL OSO, LA MONA Y EL CERDO

Un Oso, con que la vida
Ganaba un Piamontés,
La no muy bien aprendida 25
Danza ensayaba en dos pies.
Queriendo hacer de persona, {p. 227}
Dijo á una Mona: «¿Qué tal?»
Era perita la Mona,
Y respondióle: «Muy mal.»
«Yo creo,» replicó el Oso, 5
«Que me haces poco favor.
¡Pues qué! ¿Mi aire no es garboso?
¿No hago el paso con primor?»
Estaba el Cerdo presente,
Y dijo: «Bravo, ¡bien va! 10
Bailarín más excelente
No se ha visto ni verá.»
Echó el Oso, al oir esto,
Sus cuentas allá entre sí,
Y con ademán modesto 15
Hubo de exclamar así:
«Cuando me desaprobaba
La Mona, llegué á dudar;
Mas ya que el Cerdo me alaba,
Muy mal debo de bailar.» 20
Guarde para su regalo
Esta sentencia un autor;
Si el sabio no aprueba, ¡malo!
Si el necio aplaude, ¡peor!

SONETO

(_Cumple el autor la palabra que dió de escribir un soneto á los ojos de Laura._)

¿Un soneto á tus ojos, Laura mía? 25
¿No hay más que hacer sonetos, y á tus ojos?
—Serán los versos duros, serán flojos;
Pero á Laura mi afecto los envía.
¿Con que, ha de ser soneto? ¡Hay tal porfía!
—Ta! que por estos súbitos arrojos {p. 228}
Se ven tantos poetas en sonrojos,
Que lo quiero dejar para otro día.
—Respondes, Laura, que no importa un pito
Que no sea el soneto muy discreto, 5
Como hable de tus ojos infinito.
—¿Sí?—Pues luego escribirle te prometo,
Allá voy... ¿Para qué, si ya está escrito,
Laura mía, á tus ojos el soneto?

Leandro Fernández de Moratín

(1760–1828)

ODA: LOS DÍAS

¡No es completa desgracia, 10
Que por ser hoy mis días,
He de verme sitiado
De incómodas visitas!
Cierra la puerta, mozo,
Que sube la vecina, 15
Su cuñada y sus yernos
Por la escalera arriba.
Pero ¡qué!... No la cierres;
Si es menester abrirla;
Si ya vienen chillando 20
Doña Tecla y sus hijas.
El coche que ha parado,
Según lo que rechina,
Es el de don Venancio,
¡Famoso petardista! 25
¡Oh! ya está aquí don Lucas
Haciendo cortesías,
Y don Mauro el abate, {p. 229}
Opositor á mitras,
Don Genaro, don Zoilo,
Y doña Basilisa;
Con una lechigada 5
De niños y de niñas.
¡Qué necios cumplimientos!
¡Qué frases repetidas!
Al monte de Torozos
Me fuera por no oirlas. 10
Ya todos se preparan
(Y no bastan las sillas)
A engullirme bizcochos,
Y dulces y bebidas.
. . . . . . . . . .
¡Demonios! Yo que paso 15
La solitaria vida,
En virginal ayuno
Abstinente eremita;
Yo, que del matrimonio
Renuncié las delicias, 20
Por no verme comido
De tales sabandijas,
¿He de sufrir ahora
Esta algazara y trisca?
Vamos, que mi paciencia 25
No ha de ser infinita.
Váyanse enhoramala;
Salgan todos aprisa,
Recojan abanicos,
Sombreros y basquiñas. 30
Gracias por el obsequio
Y la cordial visita,
Gracias; pero no vuelvan {p. 230}
Jamás á repetirla.
Y pues ya merendaron,
Que es á lo que venían,
Si quieren baile, vayan 5
Al soto de la Villa.

Manuel María de Arjona

(1771–1820)

ESPAÑA RESTAURADA EN CÁDIZ

(_Oda dedicada á la memoria de Juan de Padilla_)

Sal del sepulcro, deja tu mancilla,
Revístete de luz y de grandeza,
O sombra glorïosa de Padilla,
Que grata España á venerar empieza, 10
La España, que á un patíbulo afrentoso
(¡Gime, oh patria!) la vida vió entregada
Del ciudadano fiero y generoso
Por quien Castilla fuera reengendrada.
Vuela al cadalso el águila insolente, 15
De su triunfo ufanándose inhumano,
Y la corona arranca de la frente
Del héroe más ilustre castellano.
Murió tu libertad, oh patria mía;
La Austria altiva te ciñe las cadenas; 20
Vengad, cielos, vengad su tiranía;
Oh vencedor, tú á muerte te condenas.
Tiembla, tirano; á tu pesar, del cielo
Baja al suplicio la virtud llorosa,
Y al héroe moribundo rasga el velo 25
En que se encubre edad más venturosa.
«Muere, le dice, con heroico aliento; {p. 231}
Tu sangre será el fuego que algún día
Llegando España hasta el postrer momento,
La vuelva á su primera valentía.
«¿No ves dó quiebra la ira poderosa 5
El Atlántico mar, una luz grata
Que crece poco á poco, y victoriosa
Por los dos hemisferios se dilata?
«Ya las columnas de Hércules altares
Son de la libertad; allí la España 10
Une, á pesar de los inmensos mares,
Sus hijos, que gozosa en llanto baña;
«Y á su seno estrechándolos piadosa,
Sus manos lleva á la sagrada pira,
Que á la de Mucio emula, y orgullosa 15
Odio eterno á tiranos les inspira.
«¿Juráis, les dice, libres y atrevidos
Lavar la mancha que imprimió en mi frente
La austriaca tiranía, y sometidos
Nunca veros á déspota insolente? 20
«¿Juráis que á ese tirano, cuyo imperio
Medrosos reinos con infamia humilla,
No sufriréis que en torpe cautiverio
Incline vuestra madre la rodilla?
«—Juramos,» claman: agitado el viento 25
Lleva en vuelo los gritos hasta el Sena;
Y del libre Español el noble intento
Del esclavo francés es mengua y pena.»
Así gozoso el inmortal Padilla
Miró las glorias de su patria amada, 30
Al tiempo que la bárbara cuchilla
Sobre su cuello descendiera airada.
Mas de su espada, que aun gloriosa vive,
Ármate, España, y al tirano aterra;
Y en tu naciente libertad recibe {p. 232}
Nuevo valor para tu honrosa guerra.
Así Roma triunfó cuando su asiento
El Janículo daba al Rey de Etruria;
Así cuando del galo fraudulento 5
Quiso con oro redimir la injuria.
Dada la gloria que á Camilo sea
A ti ley sacrosanta, por ti España
No otro laurel ni triunfo ya desea
Que eternizar en paz tan alta hazaña. 10

IV {p. 233} POESÍAS DEL SIGLO XIX

Manuel José Quintana {p. 235}

(1772–1857)

ODA Á ESPAÑA, DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN DE MARZO

¿Qué era, decidme, la nación que un día
Reina del mundo proclamó el destino,
La que á todas las zonas extendía
Su cetro de oro y su blasón divino?
Volábase á occidente, 5
Y el vasto mar Atlántico sembrado
Se hallaba de su gloria y su fortuna.
Do quiera España: en el preciado seno
De América, en el Asia, en los confines
Del África, allí España. El soberano 10
Vuelo de la atrevida fantasía
Para abarcarla se cansaba en vano;
La tierra sus mineros le rendía,
Sus perlas y coral el Oceano,
Y donde quier que revolver sus olas 15
Él intentase, á quebrantar su furia
Siempre encontraba costas españolas.
Ora en el cieno del oprobio hundida,
Abandonada á la insolencia ajena,
Como esclava en mercado, ya aguardaba 20
La ruda argolla y la servil cadena.
¡Qué de plagas! ¡oh Dios! Su aliento impuro,
La pestilente fiebre respirando,
Infestó el aire, emponzoñó la vida; {p. 236}
La hambre enflaquecida
Tendió sus brazos lívidos, ahogando
Cuanto el contagio perdonó; tres veces
De Jano el templo abrimos, 5
Y á la trompa de Marte aliento dimos;
Tres veces ¡ay! los dioses tutelares
Su escudo nos negaron, y nos vimos
Rotos en tierra y rotos en los mares.
¿Qué en tanto tiempo viste 10
Por tus inmensos términos, oh Iberia?
¿Qué viste ya sino funesto luto,
Honda tristeza, sin igual miseria,
De tu vil servidumbre acerbo fruto?
Así rota la vela, abierto el lado, 15
Pobre bajel á naufragar camina,
De tormenta en tormenta despeñado,
Por los yermos del mar; ya ni en su popa
Las guirnaldas se ven que antes le ornaban,
Ni en señal de esperanza y de contento 20
La flámula riendo al aire ondea.
Cesó en su dulce canto el pasajero,
Ahogó su vocería
El ronco marinero,
Terror de muerte en torno le rodea, 25
Terror de muerte silencioso y frío;
Y él va á estrellarse al áspero bajío.
Llega el momento, en fin; tiende su mano
El tirano del mundo al occidente,
Y fiero exclama: «El occidente es mío.» 30
Bárbaro gozo en su ceñuda frente
Resplandeció, como en el seno oscuro
De nube tormentosa en el estío
Relámpago fugaz brilla un momento
Que añade horror con su fulgor sombrío. {p. 237}
Sus guerreros feroces
Con gritos de soberbia el viento llenan;
Gimen los yunques, los martillos suenan,
Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso 5
Pensáis que espadas son para el combate
Las que mueven sus manos codiciosas?
No en tanto os estiméis: grillos, esposas,
Cadenas son que en vergonzosos lazos
Por siempre amarren tan inertes brazos. 10
Estremecióse España
Del indigno rumor que cerca oía,
Y al grande impulso de su justa saña
Rompió el volcán que en su interior hervía.
Sus déspotas antiguos 15
Consternados y pálidos se esconden;
Resuena el eco de venganza en torno,
Y del Tajo las márgenes responden:
«¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,
Los colosos de oprobio y de vergüenza 20
Que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
Su gloria fué, nuestro esplendor comienza;
Y tú, orgulloso y fiero,
Viendo que aun hay Castilla y castellanos,
Precipitas al mar tus rubias ondas, 25
Diciendo: «Ya acabaron los tiranos.»
¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!
¿Con que puede ya dar el labio mío
El nombre augusto de la patria al viento?
Yo le daré; mas no en el arpa de oro 30
Que mi cantar sonoro
Acompañó hasta aquí; no aprisionado
En estrecho recinto, en que se apoca
El numen en el pecho
Y el aliento fatídico en la boca. {p. 238}
Desenterrad la lira de Tirteo,
Y el aire abierto á la radiante lumbre
Del sol; en la alta cumbre
Del riscoso y pinífero Fuenfría, 5
Allí volaré yo, y allí cantando
Con voz que atruene en rededor la sierra,
Lanzaré por los campos castellanos
Los ecos de la gloria y de la guerra.
¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime, 10
Único asilo y sacrosancto escudo
Al ímpetu sañudo
Del fiero Atila que á occidente oprime!
¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis
Ved del Tercer Fernando alzarse airada 15
La augusta sombra; su divina frente
Mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
Blandir el Cid su centelleante espada,
Y allá sobre los altos Pirineos,
Del hijo de Jimena 20
Animarse los miembros giganteos.
En torbo ceño y desdeñosa pena
Ved cómo cruzan por los aires vanos;
Y el valor exhalando que se encierra
Dentro del hueco de sus tumbas frías, 25
En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!
¡Pues qué! ¿Con faz serena
Vierais los campos devastar opimos,
Eterno objeto de ambición ajena,
Herencia inmensa que afanando os dimos? 30
Despertad, raza de héroes: el momento
Llegó ya de arrojarse á la victoria;
Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
Que vuestra gloria humille nuestra gloria.
No ha sido en el gran día {p. 239}
El altar de la patria alzado en vano
Por vuestra mano fuerte.
Juradlo, ella os lo manda: _¡Antes la muerte
Que consentir jamás ningún tirano!_» 5
Sí, yo lo juro, venerables sombras;
Yo lo juro también, y en este instante
Ya me siento mayor. Dadme una lanza,
Ceñidme el casco fiero y refulgente;
Volemos al combate, á la venganza; 10
Y el que niegue su pecho á la esperanza,
Hunda en el polvo la cobarde frente.
Tal vez el gran torrente
De la devastación en su carrera
Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura 15
No se muere una vez? ¿No iré, espirando,
A encontrar nuestros ínclitos mayores?
«¡Salud, oh padres de la patria mía,
Yo les diré, salud! La heroica España
De entre el estrago universal y horrores 20
Levanta la cabeza ensangrentada,
Y vencedora de su mal destino,
Vuelve á dar á la tierra amedrentada
Su cetro de oro y su blasón divino.»

ODA Á GUZMÁN EL BUENO

Ya con lira sonora 25
Himnos dí á la beldad, hija del cielo,
Y á amor canté que sin cesar la adora;
Más ¿cómo al fin mi generoso anhelo
Podrá exaltarse de la hermosa fama
Hasta el templo inmortal? Ella me llama, 30
Y ya en mi pecho hierve
El canto de loor, sin que mis ojos {p. 240}
En esta sirte miserable vean
El grande objeto que ensalzar desean.
¿Cantara yo las haces españolas
En Pirene temblando al eco horrendo 5
Con que Mavorte en rededor rugía?
¿O á las naves británicas huyendo
Nuestra mísera escuadra entre las olas,
Amedrentadas ya con su osadía?
No, España, patria mía; 10
No son eternas, no, las torpes huellas
Que de tu noble frente
Empañan el honor; tú en otros días,
Con victorioso patriotismo bellos,
De gloria ornada y esplendor te vías. 15
¡Ah! ¿por qué yo infeliz no nací en ellos?
Entonces los Alfonsos esforzados,
El hijo de Jimena y gran Rodrigo,
Rayos horribles de la gente mora,
Con sus nervudos brazos no cansados 20
Desolación del bárbaro enemigo
Eran siempre en la lid espantadora.
¿Quién diera á mi deseo
Tantos lauros contar? Cada llanura
Fué campo de batalla, 25
Cada colina vencedor trofeo;
Los sitios mismos que el baldón miraron,
Miraron la venganza, y las afrentas
En torrentes de sangre se lavaron.
«Venid, venid, el Árabe decía, 30
Volad, hijos de Agar; ya los esclavos
El yugo intentan sacudir que un día
En su arrollado cuello
Vuestro valor indómito cargara.
¿Lo sufriréis? Las naves aprestemos, {p. 241}
Y el ancho valladar con que el destino
La Europa y Libia dividió salvemos.
Venid, venid; que nuestra fiera saña
Estremecida España 5
Sientra otra vez; acometed, y abiertas
De Calpe y de Tarifa os son las puertas.»
Mas no las puertas de Tarifa entonces
Al pérfido Julián obedecían;
El valor y el honor las defendían; 10
El honor y el valor que siempre fueron
Escudo impenetrable el más seguro.
¿Qué sin ellos valer el alto muro
Ni el grueso torreón jamás pudieron?
El hombre es solo quien guarnece al hombre. 15
¡Oh pueblo numantino!
¡Oh sagrada ciudad de alto renombre!
¿Quién sino tu constancia te ceñía
Cuando las olas del poder romano
Sobre ti vanamente se estrellaban, 20
Y sus feroces águilas temblaban?
Tal Guzmán impertérrito defiende
La fortaleza en donde
Quebrada el Moro su pujanza vía;
Que ataca en vano, y de furor se enciende, 25
Y truena, al fin, con la espantable saña
De nube que se rompe
Con estruendo fragoso en la montaña.
«¿Así será que la esperanza mía
Un hombre solo á contrastar se atreva? 30
Oye, Guzmán: las leyes del destino
Esta prenda infeliz de tus amores
A mi venganza dieron:
Hijo es tuyo, ¿le ves? Si en el momento
Ante mis pies no allanas {p. 242}
La firme valla del soberbio fuerte,
Tú, que le diste el ser, tú le das muerte.»
Así la iniquidad habla á la tierra,
Cuando, de orgullo y de poder henchida, 5
Mueve á los hombres espantosa guerra.
¡Oh! ¡no tembléis! Magnánimo á su encuentro
La virtud generosa se levanta,
Y sus soberbios ímpetus quebranta.
Ella elevó á Guzmán; de ella inspirado, 10
«Conóceme, tirano, respondía;
Y si es que espada en tu cobarde mano
Falta á la atrocidad, ahí va la mía;
Que yo consagro mi inocente hijo
Sobre las aras de mi patria amada.» 15
Esto sereno dijo,
Y arroja al campo la fulmínea espada.
Y estremécese el campo, y da un gemido
Al vacilar la víctima, do esconde
Su punta aguda el inclemente acero. 20
Calpe con gritos de dolor responde
Al grito universal, y del guerrero
También la faz valiente
Brotando riega involuntario el llanto.
¡Ah! tú padre de España eres primero; 25
Mira cuál ella la segura frente
Alza y su numen tutelar te aclama;
Mira á tu gloria despertar la fama,
Que, sus doradas alas desplegando
Y sonando la trompa refulgente, 30
Los grandes ecos de tu nombre envía
Del norte al mediodía,
Del templo de la aurora al occidente.
Y esta soberbia aclamación oyendo,
De horror y espanto el Berberisco herido, {p. 243}
Huye al mar confundido,
Entre sollozos trémulos diciendo:
«Huyamos ¡ay! á nuestra ardiente arena.
¿Cómo arrancar la tímida paloma 5
Podrá su presa al águila valiente
Del aire vago en la región serena?
Quiébrase el cetro á la africana gente,
Su trono se hunde, y la cruel venganza
Del Godo vencedor, estrago y ruina 10
Contra el ceño de África fulmina.»
Así temblando el Musulmán huía
Del Español guerrero,
Que sobre él centellando revolvía.
Bien como cuando su valor primero, 15
Sorprendido, el león pierde, y se amansa,
Y en sí el oprobio de servir consiente.
¿Cómo á tan vergonzoso vituperio
La generosa frente
Pudo ya doblegar? ¿Do fue el espanto 20
Que dio á la selva atónita su imperio?
¿Nació quizá para vivir esclavo?
No, que llega su vez, y ardiendo en ira,
Rompe, y se libra, y con feroz semblante
Del vil ultraje á la venganza aspira, 25
Bañando en sangre las atroces manos;
Y ruge, y amedrenta á sus tiranos.

Juan Nicasio Gallego {p. 244}

(1777–1853)

EL DOS DE MAYO

Comments

Log in to leave a comment.

A Spanish AnthologyChapter IV: STROPHES.—The strophe is frequently of arbitrary length, though, (5)

0%30 min left in chapter