Chapter IV: STROPHES.—The strophe is frequently of arbitrary length, though, (6)
Noche, lóbrega noche, eterno asilo
Del miserable que, esquivando el sueño,
En tu silencio pavoroso gime:
No desdeñes mi voz; letal beleño
Presta á mis sienes, y en tu horror sublime 5
Empapada la ardiente fantasía,
Da á mi pincel fatídicos colores
Con que el tremendo día
Trace al furor de vengadora tea,
Y el odio irrite de la patria mía, 10
Y escándalo y terror al orbe sea.
¡Día de execración! La destructora
Mano del tiempo le arrojó al averno;
Mas ¿quién el sempiterno
Clamor con que los ecos importuna 15
La madre España en enlutado arreo
Podrá atajar? Junto al sepulcro frío,
Al pálido lucir de opaca luna,
Entre cipreses fúnebres la veo:
Trémula, yerta, desceñido el manto, 20
Los ojos moribundos
Al cielo vuelve, que le oculta el llanto;
Roto y sin brillo el cetro de dos mundos
Yace entre el polvo, y el león guerrero
Lanza á sus pies rugido lastimero. 25
¡Ay, que cual débil planta
Que agota en su furor hórrido viento,
De víctimas sin cuento
Lloró la destrucción Mantua afligida!
Yo ví, yo ví su juventud florida {p. 245}
Correr inerme al huésped ominoso.
¿Mas qué su generoso
Esfuerzo pudo? El pérfido caudillo
En quien su honor y su defensa fía, 5
La condenó al cuchillo.
¿Quién ¡ay! la alevosía,
La horrible asolación habrá que cuente,
Que, hollando de amistad los santos fueros,
Hizo furioso en la indefensa gente 10
Ese tropel de tigres carniceros?
Por las henchidas calles
Gritando se despeña
La infame turba que abrigó en su seno,
Rueda allá rechinando la cureña, 15
Acá retumba el espantoso trueno,
Allí el joven lozano,
El mendigo infeliz, el venerable
Sacerdote pacífico, el anciano
Que con su arada faz respeto imprime, 20
Juntos amarra su dogal tirano.
En balde, en balde gime,
De los duros satélites en torno,
La triste madre, la afligida esposa.
Con doliente clamor; la pavorosa 25
Fatal descarga suena,
Que á luto y llanto eterno la condena.
¡Cuánta escena de muerte! ¡cuánto estrago!
¡Cuántos ayes doquier! Despavorido
Mirad ese infelice 30
Quejarse al adalid empedernido
De otra cuadrilla atroz: «¡Ah! ¿Qué te hice?»
Exclama el triste en lágrimas deshecho:
«Mi pan y mi mansión partí contigo,
Te abrí mis brazos, te cedí mi lecho. {p. 246}
Templé tu sed, y me llamé tu amigo;
¿Y ahora pagar podrás nuestro hospedaje
Sincero, franco, sin doblez ni engaño,
Con dura muerte y con indigno ultraje?» 5
¡Perdido suplicar! ¡inútil ruego!
El monstruo infame á sus ministros mira,
Y con tremenda voz gritando: «¡fuego!»
Tinto en su sangre el desgraciado espira.
Y en tanto ¿dó se esconden? 10
¿Dó están ¡oh cara patria! tus soldados,
Que á tu clamor de muerte no responden?
Presos, encarcelados,
Por jefes sin honor, que, haciendo alarde
De su perfidia y dolo, 15
A merced de los vándalos te dejan,
Como entre hierros el león, forcejean
Con inútil afán. Vosotros sólo,
Fuerte Daoiz, intrépido Velarde,
Que osando resistir al gran torrente 20
Dar supisteis en flor la dulce vida
Con firme pecho y con serena frente;
Si de mi libre musa
Jamás el eco adormeció á tiranos,
Ni vil lisonja emponzoñó su aliento, 25
Allá del alto asiento
Al que la acción magnánima os eleva,
El himno oid que á vuestro nombre entona,
Mientras la fama alígera le lleva
Del mar de hielo á la abrasada zona. 30
Mas ¡ay! que en tanto sus funestas alas,
Por la opresa metrópoli tendiendo
La yerma asolación sus plazas cubre,
Y al áspero silbar de ardientes balas,
Y al ronco son de los preñados bronces, {p. 247}
Nuevo fragor y estrépito sucede.
¿Oís cómo, rompiendo
De moradores tímidos las puertas,
Caen estallando de los fuertes gonces? 5
¡Con qué espantoso estruendo
Los dueños buscan, que medrosos huyen!
Cuanto encuentran destruyen,
Bramando, los atroces forajidos,
Que el robo infame y la matanza ciegan. 10
¿No veis cuál se despliegan,
Penetrando en los hondos aposentos,
De sangre y oro y lágrimas sedientos?
Rompen, talan, destrozan
Cuanto se ofrece á su sangrienta espada. 15
Aquí, matando al dueño, se alborozan,
Hieren allí su esposa acongojada;
La familia asolada
Yace espirando, y con feroz sonrisa
Sorben voraces el fatal tesoro. 20
Suelta, á otro lado, la madeja de oro,
Mustio el dulce carmín de su mejilla,
Y en su frente marchita la azucena,
Con voz turbada y anhelante lloro,
De su verdugo ante los pies se humilla 25
Tímida virgen, de amargura llena;
Mas con furor de hiena,
Alzando el corvo alfanje damasquino,
Hiende su cuello el bárbaro asesino
¡Horrible atrocidad!... Treguas ¡oh musa! 30
Que ya la voz rehusa
Embargada en suspiros mi garganta.
Y en ignominia tanta,
¿Será que rinda el español bizarro
La indómita cerviz á la cadena? {p. 248}
No, que ya en torno suena
De Palas fiera el sanguinoso carro,
Y el látigo estallante
Los caballos flamígeros hostiga. 5
Ya el duro peto y el arnés brillante
Visten los fuertes hijos de Pelayo.
Fuego arrojó su ruginoso acero:
«¡Venganza y guerra!» resonó en su tumba;
«¡Venganza y guerra!» repitió Moncayo; 10
Y al grito heroico que en los aires zumba,
«¡Venganza y guerra!» claman Turia y Duero.
Guadalquivir guerrero
Alza al bélico son la regia frente,
Y del Patrón valiente 15
Blandiendo altivo la nudosa lanza,
Corre gritando al mar: «¡Guerra y venganza!»
¡Oh sombras infelices
De los que aleve y bárbara cuchilla
Robó á los dulces lares! 20
¡Sombras inultas que en fugaz gemido
Cruzáis los anchos campos de Castilla!
La heroica España, en tanto que al bandido
Que á fuego y sangre, de insolencia ciego,
Brindó felicidad, á sangre y fuego 25
Le retribuye el don, sabrá piadosa
Daros solemne y noble monumento.
Allí en padrón cruento
De oprobio y mengua, que perpetuo dure,
La vil traición del déspota se lea, 30
Y altar eterno sea
Donde todo Español al monstruo jure
Rencor de muerte que en sus venas cunda,
Y á cien generaciones se difunda.
José María Blanco {p. 249}
(1775–1841)
LA VOLUNTARIEDAD Y EL DESEO RESIGNADO
¡Qué rápido torrente,
Qué proceloso mar de agitaciones
Pasa de gente en gente
Dentro de los humanos corazones!
¡Quién que verlo pudiera 5
Furioso, desfrenado, ilimitable,
En el mundo creyera
Que hubiese nada fijo, nada estable?
Mas se enfurece en vano
Contra la roca inmoble del destino, 10
Que con certera mano
Supo contraponerle el Sér divino.
¡Sús! reyes de la tierra,
El oro omnipotente y el acero
Acumulad, que encierra 15
En su oculto tesoro el orbe entero.
Llamad de sus hogares
Cuantos cultivan el fecundo suelo,
Y mueran á millares
O suplicando ó maldiciendo al cielo. 20
Truene el estrepitoso
Cañón por tierra y mar; alce el trofeo
Su ceño sanguinoso
Desde el indo Himalaya al Pirineo.
Silbando cual serpientes 25
Engendradas del mar, vuelen las naves,
Que de hálitos ardientes
Animadas, superan á las aves.
No las arredre el viento, {p. 250}
Ni del mar las corrientes escondidas,
Y á este nuevo elemento
Cuantas fuerzas se opongan sean rendidas.
Parezca que entredicho 5
Ha puesto á la verdad la fuerza ciega,
Y que contra el capricho
Toda la raza humana en vano briega.
Bien pronto la tormenta
Que suscitó el querer de un hombre vano, 10
Creciendo, lo amedrenta
Y paraliza su atrevida mano.
No así el que sometido
A la suprema voluntad, procura
El bien apetecido 15
Sin enojado ardor y sin presura.
¡Deseo silencioso,
Fuera del corazón nunca expresado!
Tú eres más poderoso
Que el que aparece de violencia armado. 20
Cual incienso süave
Tú subes invisible al sacro trono,
Sin que tus alas grave
La necia terquedad ni el ciego encono.
Del escondido ruego, 25
Por el querer divino limitado,
No perturba el sosiego
Ni temor del azar ni horror del hado.
Alberto Lista y Aragón {p. 251}
(1775–1848)
LA MUERTE DE JESÚS
¿Y eres tú el que velando
La excelsa majestad en nube ardiente
Fulminaste en Siná? y el impío bando
Que eleva contra ti la osada frente,
¿Es el que oyó medroso 5
De tu rayo el estruendo fragoroso?
Mas hora abandonado,
¡Ay! pendes sobre el Gólgota, y al cielo
Alzas gimiendo el rostro lastimado:
Cubre tus bellos ojos mortal velo, 10
Y su luz extinguida,
En amargo suspiro das la vida.
Así el amor lo ordena,
Amor, más poderoso que la muerte:
Por él de la maldad sufre la pena 15
El Dios de las virtudes; y león fuerte,
Se ofrece al golpe fiero
Bajo el vellón de cándido cordero.
¡O víctima preciosa,
Ante siglos de siglos degollada! 20
Aun no ahuyentó la noche pavorosa
Por vez primera el alba nacarada,
Y hostia del amor tierno
Moriste en los decretos del Eterno.
. . . . . . . . . .
¿Oyes, oyes cuál clama: 25
«Padre de amor, por qué me abandonaste?»
Señor, extingue la funesta llama,
Que en tu furor al mundo derramaste:
De la acerba venganza {p. 252}
Que sufre el justo, nazca la esperanza.
¿No veis cómo se apaga
El rayo entre las manos del Potente?
Ya de la muerte la tiniebla vaga 5
Por el semblante de Jesús doliente:
Y su triste gemido
Oye el Dios de las iras complacido.
Ven, ángel de la muerte:
Esgrime, esgrime la fulmínea espada, 10
Y el último suspiro del Dios fuerte,
Que la humana maldad deja espiada,
Suba al solio sagrado,
Do vuelva en padre tierno al indignado.
Rasga tu seno, ó tierra: 15
Rompe, ó templo, tu velo. Moribundo
Yace el Criador; mas la maldad aterra,
Y un grito de furor lanza el profundo:
Muere... Gemid, humanos:
Todos en él pusisteis vuestras manos. 20
LA VICTORIA DE BAILÉN
Tronó la alzada cumbre de Pirene,
Y sobre el suelo hispano
Lanzó horrorosa nube de asesinos;
Y las madres de Iberia al triste pecho
Los hijos estrecharon 25
Y piedad y venganza reclamaron.
Pasa el dorado Tajo y las vertientes
Del Mariano monte
La caterva sin ley. Nuevas matanzas
Viene y nuevos destrozos meditando; 30
Y en su furor sañoso
Dijo entonces el bárbaro orgulloso:
«Venid, y en la florida Andalucía {p. 253}
De oro y sangre saciemos
Nuestros sedientos pechos. Sús, varones:
¿No sois los invencibles que llevaron
Muerte, luto y ruina 5
Del Rin á la remota Palestina?»
. . . . . . . . . .
Españoles, volad: hijos de Marte,
Que el Ganges y el ocaso
Hicisteis resonar con vuestro nombre,
Volad; arrebatad á esos perjuros 10
Sus laureles odiosos,
A la mísera Europa tan costosos.
Castaños inmortal, nombre de triunfo,
Dulce alumno de Palas,
Y querido de Marte, á ti encomienda 15
Su justa causa España; la victoria
Tus estandartes guía,
Y su temido rayo te confía.
. . . . . . . . . .
¿Quién sube por el Betis? ¿quién terrible
El defendido paso 20
Rompe ya de Mengíbar? ¿Quién asciende
A las alturas de Bailén y al campo,
Do humea todavía
Del sarraceno infiel la sangre impía?
Y ¿qué, Dupont, vacilas? La alta sierra 25
Te niega sus gargantas,
Por sus audaces hijos defendidas.
¡Mísero! ¿donde irás? Tienes delante
Cabe el Betis undoso
Al fuerte Ibero de tu sangre ansioso. 30
Huye infelice, huye: negra noche,
Escudo de malvados,
Cubre en su horror tu vergonzosa fuga: {p. 254}
Mas ¡ay! que en tu camino se interpone
Nuevo escuadrón valiente
Que _rendirte_ ó _morir_ sólo consiente.
Mas ¡oh! cede el impío: la fiereza 5
Y el orgullo altanero
Postra al valor del inmortal Castaños:
Yace abatida el águila rapante,
Terror de las naciones,
Al pié de nuestros fuertes escuadrones. 10
. . . . . . . . . .
Vive glorioso vengador: tu nombre
Tiembla el galo vencido,
Y venera la Europa belicosa:
Vandalia, madre antigua de guerreros,
Su claro honor te llama, 15
Y España libre tu valor aclama.
¡España, España! ¡amada patria mía!
¡Patria de los valientes
Que el largo oprobio de tu faz borraron!
Cuando tu afecto de mi pecho salga, 20
Mi cantar abatido
Sepúltese en el polvo del olvido:
Ni en las umbrosas faldas de Helicona
Honor tenga mi lira,
Y mustio de mi frente envilecida 25
Caiga el laurel sagrado de los vates,
Cuando á tu excelsa gloria
El cántico no entone de victoria.
Juan Arriaza y Superirela {p. 255}
(1770–1837)
LOS DEFENSORES DE LA PATRIA: CANCIÓN CÍVICA
_Vivir en cadenas,
¡Cuán triste vivir!
Morir por la patria,
¡Qué bello morir!_
Partamos al campo, 5
Que es gloria el partir;
La trompa guerrera
Nos llama á la lid:
La patria oprimida,
Con ayes sin fin 10
Convoca á sus hijos,
Sus ecos oíd.
¿Quién es el cobarde,
De sangre tan vil,
Que en rabia no siente 15
Sus venas hervir?
¿Quién rinde sus sienes
A un yugo servil
Viviendo entre esclavos,
Odioso vivir? 20
Placeres, halagos,
Quedaos á servir
A pechos indignos
De honor varonil;
Que el hierro es quien solo 25
Sabrá redimir
De afrenta al que libre
Juró ya vivir.
Adiós, hijos tiernos {p. 256}
Cual flores de abril;
Adiós, dulce lecho
De esposa gentil:
Los brazos, que en llanto 5
Bañáis al partir,
Sangrientos, con honra,
Veréislos venir;
Mas tiemble el tirano
Del Ebro y del Rin, 10
Si un astro á los buenos
Protege feliz.
Si el hado es adverso,
Sabremos morir...
Morir por Fernando 15
Y eternos vivir.
Sabrá el suelo patrio
De rosas cubrir
Los huesos del fuerte
Que espire en la lid: 20
Mil ecos gloriosos
Dirán: «Yace aquí
Quien fué su divisa
Triunfar ó morir.»
_Vivir en cadenas, 25
¡Cuán triste vivir!
Morir por la patria,
¡Qué bello morir!_
Francisco Martínez de la Rosa {p. 257}
(1787–1862)
EPÍSTOLA AL DUQUE DE FRÍAS (CON MOTIVO DE LA MUERTE DE LA DUQUESA)
¡Desde las tristes márgenes del Sena,
Cubierto el cielo de apiñadas nubes,
De nieve el suelo, y de tristeza el alma,
Salud te envía tu infeliz amigo,
A ti más infeliz! Y ni le arredra 5
El temor de tocar la cruda llaga,
Que aún brota sangre, y de mirar tus ojos
Bañarse en nuevas lágrimas. ¿Qué fuera
Si no llorara el hombre? Yo mil veces
He bendecido á Dios, que nos dió el llanto 10
Para aliviar el corazón, cual vemos
Calmar la lluvia al mar tempestuoso.
Llora, pues, llora; otros amigos fieles,
De más saber y de mayor ventura,
De la estoica virtud en tus oídos 15
Harán sonar la voz; yo que en el mundo
Del cáliz de amargura una vez y otra
Apuré hasta las heces, no hallé nunca
Más alivio al dolor que el dolor mismo;
Hasta que ya cansada, sin aliento, 20
Luchando el alma, y reluchando en vano,
Bajo el inmenso peso se rendía.
¿Lo creerás, caro amigo? Llega un tiempo
En que gastados del dolor los filos,
Ese afán, esa angustia, esa congoja, 25
Truécanse al fin en plácida tristeza;
Y en ella absorta, embebecida el alma,
Repliégase en sí misma silenciosa, {p. 258}
Y ni la dicha ni el placer envidia.
Tú dudas que así sea; y yo otras veces
Lo dudé como tú; juzgaba eterna
Mi profunda aflicción, y grave insulto 5
Anunciarme que un tiempo fin tendría...
Y le tuvo: de Dios á los mortales
Es esta otra merced; que así tan sólo,
Entre tantas desdichas y miserias,
Sufrir pudieran la cansada vida. 10
Espera, pues; da crédito á mis voces,
Y fíate de mí. ¿Quién en el mundo
Compró tan caro el triste privilegio
De hablar de la desdicha? En tantos años,
¿Viste un día siquiera, un solo día, 15
En que no me mirases vil juguete
De un destino fatal, cual débil rama
Que el huracán arranca, y por los aires
La remonta un instante, y contra el suelo
La arroja luego, y la revuelca impío? 20
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Ángel de Saavedra, duque de Rivas
(1791–1865)
UN CASTELLANO LEAL
I
«Hola, hidalgos y escuderos
De mi alcurnia y mi blasón,
Mirad como bien nacidos
De mi sangre y casa en pro.
«Esas puertas se defiendan, 25
Que no ha de entrar, vive Dios,
Por ellas quien no estuviese {p. 259}
Más limpio que lo está el sol.
«No profane mi palacio
Un fementido traidor,
Que contra su rey combate 5
Y que á su patria vendió.
«Pues si él es de reyes primo,
Primo de reyes soy yo;
Y conde de Benavente,
Si él es duque de Borbón; 10
«Llevándole de ventaja,
Que nunca jamás manchó
La traición mi noble sangre,
Y haber nacido español.»
Así atronaba la calle 15
Una ya cascada voz,
Que de un palacio salía,
Cuya puerta se cerró;
Y á la que estaba á caballo
Sobre un negro pisador, 20
Siendo en su escudo las lises,
Más bien que timbre, baldón;
Y de pajes y escuderos
Llevando un tropel en pos,
Cubiertos de ricas galas, 25
El gran duque de Borbón;
El que lidiando en Pavía,
Más que valiente, feroz,
Gozóse en ver prisionero
A su natural señor, 30
Y que á Toledo ha venido,
Ufano de su traición,
Para recibir mercedes
Y ver al Emperador.
II {p. 260}
En una anchurosa cuadra
Del alcázar de Toledo,
Cuyas paredes adornan
Ricos tapices flamencos,
Al lado de una gran mesa 5
Que cubre de terciopelo
Napolitano tapete
Con borlones de oro y flecos;
Ante un sillón de respaldo,
Que entre bordado arabesco 10
Los timbres de España ostenta
Y el águila del imperio,
De pie estaba Carlos Quinto,
Que de España era Primero,
Con gallardo y noble talle, 15
Con noble y tranquilo aspecto.
. . . . . . . . . .
Con el condestable insigne,
Apaciguador del reino,
De los pasados disturbios
Acaso está discurriendo; 20
O del trato que dispone
Con el rey de Francia preso,
Ó de asuntos de Alemania,
Agitada por Lutero;
Cuando un tropel de caballos 25
Oye venir á lo lejos,
Y ante el alcázar pararse,
Quedando todo en silencio.
En la antecámara suena
Rumor impensado luego; 30
Álzase en fin la mampara
Y entra el de Borbón soberbio.
Con el semblante de azufre {p. 261}
Y con los ojos de fuego,
Bramando de ira y de rabia
Que enfrena mal el respeto,
Y con balbuciente lengua 5
Y con mal borrado ceño,
Acusa al de Benavente,
Un desagravio pidiendo.
Del español Condestable
Latió con orgullo el pecho, 10
Ufano de la entereza
De su esclarecido deudo.
Y aunque advertido procura
Disimular cual discreto,
Á su noble rostro asoman 15
La aprobación y el contento.
El Emperador un punto
Quedó indeciso y suspenso,
Sin saber qué responderle
Al Francés de enojo ciego. 20
Y aunque en su interior se goza
Con el proceder violento
Del conde de Benavente,
De altas esperanzas lleno
Por tener tales vasallos, 25
De noble lealtad modelos,
Y con los que el ancho mundo
Goza á sus glorias estrecho;
Mucho al de Borbón le debe,
Y es fuerza satisfacerlo, 30
Le ofrece para calmarlo
Un desagravio completo;
Y, llamando á un gentilhombre,
Con el semblante severo
Manda que el de Benavente {p. 262}
Venga á su presencia presto.
III
Sostenido por sus pajes
Desciende de la litera
El Conde de Benavente 5
Del alcázar á la puerta.
Era un viejo respetable,
Cuerpo enjuto, cara seca,
Con dos ojos como chispas,
Cargados de largas cejas; 10
Y con semblante muy noble,
Mas de gravedad tan seria,
Que veneración de lejos
Y miedo causa de cerca.
. . . . . . . . . .
Con paso tardo, aunque firme, 15
Sube por las escaleras,
Y al verle, las alabardas
Un golpe dan en la tierra:
Golpe de honor y de aviso
De que en el alcázar entra 20
Un grande, á quien se le debe
Todo honor y reverencia.
Al llegar á la antesala,
Los pajes que están en ella
Con respeto le saludan 25
Abriendo las anchas puertas.
Con grave paso entra el Conde,
Sin que otro aviso preceda,
Salones atravesando,
Hasta la cámara regia. 30
Pensativo está el Monarca
Discurriendo cómo pueda
Componer aquel disturbio {p. 263}
Sin hacer á nadie ofensa.
Mucho al Borbón le debe
Aún mucho más de él espera,
Y al de Benavente mucho 5
Considerar le interesa.
Dilación no admite el caso,
No hay quien dar consejo pueda,
Y Villalar y Pavía
A un tiempo se le recuerdan. 10
En el sillón asentado,
Y el codo sobre la mesa,
Al personaje recibe,
Que comedido se acerca.
Grave el Conde lo saluda 15
Con una rodilla en tierra,
Mas, como grande del reino,
Sin descubrir la cabeza.
El Emperador, benigno,
Que alce del suelo le ordena, 20
Y la plática difícil
Con sagacidad empieza.
Y entre sereno y afable
Al cabo le manifiesta,
Que es el que á Borbón aloje 25
Voluntad suya resuelta.
Con respeto muy profundo,
Pero con la voz entera,
Respóndele Benavente
Destocando la cabeza: 30
«Soy, señor, vuestro vasallo,
Vos sois mi rey en la tierra;
A vos ordenar os cumple
De mi vida y de mi hacienda.
«Vuestro soy, vuestra mi casa, {p. 264}
De mí disponed y de ella,
Pero no toquéis mi honra
Y respetad mi conciencia.
«Mi casa Borbón ocupe 5
Puesto que es voluntad vuestra,
Contamine sus paredes,
Sus blasones envilezca;
«Que á mí me sobra en Toledo,
Donde vivir, sin que tenga 10
Que rozarme con traidores
Cuyo solo aliento infesta.
«Y en cuanto él deje mi casa
Antes de tornar yo á ella,
Purificaré con fuego 15
Sus paredes y sus puertas.»
Dijo el Conde, la real mano
Besó, cubrió su cabeza,
Y retiróse bajando
A do estaba su litera. 20
Y á casa de un su pariente
mandó que lo condujeran,
Abandonando la suya
Con cuanto dentro se encierra.
Quedó absorto Carlos Quinto 25
De ver tan noble firmeza,
Estimando la de España
Más que la imperial diadema.
IV
Muy pocos días el Duque
Hizo mansión en Toledo, 30
Del noble Conde ocupando
Los honrados aposentos.
Y la noche en que el palacio {p. 265}
Dejó vacío, partiendo
Con su séquito y sus pajes
Orgulloso y satisfecho,
Turbó la apacible luna 5
Un vapor blanco y espeso,
Que de las altas techumbres
Se iba elevando y creciendo.
A poco rato tornóse
En humo confuso y denso, 10
Que en nubarrones oscuros
Ofuscaba el claro cielo;
Después en ardientes chispas,
Y en un resplandor horrendo
Que iluminaba las calles 15
Dando en el Tajo reflejos,
Y al fin su furor mostrando
En embravecido incendio
Que devoraba altas torres
Y derrumbaba altos techos. 20
Resonaron las campanas,
Conmovióse todo el pueblo,
De Benavente el palacio
Presa de las llamas viendo.
El Emperador, confuso, 25
Corre á procurar remedio,
En atajar tanto daño
Mostrando tenaz empeño.
En vano todo; tragóse
Tantas riquezas el fuego, 30
A la lealtad castellana
Levantando un monumento.
Aun hoy unos viejos muros
Del humo y las llamas negros, {p. 266}
Recuerdan la acción tan grande
En la famosa Toledo.
AL FARO DEL PUERTO DE MALTA
Envuelve al mundo extenso triste noche,
Ronco huracán y borrascosas nubes 5
Confunden y tinieblas impalpables
El cielo, el mar, la tierra;
Y tú invisible te alzas, en tu frente
Ostentando de fuego una corona,
Cual rey del caos, que refleja y arde 10
Con luz de paz y vida.
En vano ronco el mar alza sus montes,
Y revienta á tus pies, do rebramante,
Creciendo en blanca espuma, esconde y borra
El abrigo del puerto: 15
Tú con lengua de fuego _aquí está_ dices,
Sin voz hablando al tímido piloto,
Que como á numen bienhechor te adora,
Y en ti los ojos clava.
Tiende apacible noche el manto rico, 20
Que céfiro amoroso desenrolla,
Con recamos de estrellas y luceros,
Por él rueda la luna;
Y entonces tú, de niebla vaporosa
Vestido, dejas ver en formas vagas 25
Tu cuerpo colosal, y tu diadema
Arde á par de los astros.
Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde
Rocas aleves, áridos escollos
Falso señuelo son, lejanas lumbres 30
Engañan á las naves;
Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca, {p. 267}
Tú, cuya inmoble posición indica
El trono de un monarca, eres su norte,
Les adviertes su engaño.
Así de la razón arde la antorcha, 5
En medio del furor de las pasiones,
Ó de aleves halagos de Fortuna,
A los ojos del alma.
Desque refugio de la airada suerte
En esta escasa tierra que presides, 10
Y grato albergue el cielo bondadoso
Me concedió propicio,
Ni una vez sola á mis pesares busco
Dulce olvido del sueño entre los brazos,
Sin saludarte, y sin tornar los ojos 15
A tu espléndida frente.
¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares
Al par los tornarán!... Tras larga ausencia
Unos, que vuelven á su patria amada,
A sus hijos y esposa: 20
Otros, prófugos, pobres, perseguidos,
Que asilo buscan, cual busqué, lejano,
Y á quienes, que lo hallaron, tu luz dice,
Hospitalaria estrella.
Arde, y sirve de norte á los bajeles, 25
Que de mi patria, aunque de tarde en tarde,
Me traen nuevas amargas, y renglones
Con lágrimas escritos.
Cuando la vez primera deslumbraste
Mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho, 30
Destrozado y hundido en amargura,
Palpitó venturoso!
Del Lacio moribundo las riberas
Huyendo inhospitables, contrastado
Del viento y mar, entre ásperos bajíos, {p. 268}
Ví tu lumbre divina:
Viéronla como yo los marineros,
Y olvidando los votos y plegarias
Que en las sordas tinieblas se perdían, 5
_¡Malta! ¡Malta!_ gritaron;
Y fuiste á nuestros ojos la aureola
Que orna la frente de la santa imagen,
En quien busca afanoso peregrino
La salud y el consuelo. 10
Jamás te olvidaré, jamás... Tan sólo
Trocara tu esplendor, sin olvidarlo,
Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
La benéfica llama,
Por la llama y los fulgidos destellos, 15
Que lanza, reflejando al sol naciente,
El arcángel dorado, que corona
De Córdoba la torre.
José de Espronceda
(1810–1842)
LA CAUTIVA
Ya el sole esconde sus rayos,
El mundo en sombras se vela, 20
El ave á su nido vuela,
Busca asilo el trovador.
Todo calla: en pobre cama
Duerme el pastor venturoso:
En su lecho suntüoso 25
Se agita insomne el señor.
Se agita; mas ¡ay! reposa
Al fin en su patrio suelo
No llora en mísero duelo {p. 269}
La libertad que perdió:
Los campos ve que á su infancia
Horas dieron de contento,
Su oído halaga el acento 5
Del país donde nació.
No gime ilustre cautivo
Entre doradas cadenas,
Que si bien de encanto llenas,
Al cabo cadenas son. 10
Si acaso triste lamenta,
En torno ve á sus amigos,
Que, de su pena testigos,
Consuelan su corazón.
La arrogante erguida palma 15
Que en el desierto florece,
Al viajero sombra ofrece
Descanso y grato manjar:
Y, aunque sola, allí es querida
Del Árabe errante y fiero, 20
Que siempre va placentero
A su sombra á reposar.
Mas ¡ay triste! yo cautiva,
Huérfana y sola suspiro,
En clima extraño respiro, 25
Y amo á un extraño también.
No hallan mis ojos mi patria;
Humo han sido mis amores;
Nadie calma mis dolores,
Y en celos me siento arder. 30
¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?... no puedo
Ni ceder á mi tristura,
Ni consuelo en mi amargura
Podré jamás encontrar.
Supe amar como ninguna, {p. 270}
Supe amar correspondida;
Despreciada, aborrecida,
¿No sabré también odiar?
¡Adiós, patria! ¡adiós, amores! 5
La infeliz Zoraida ahora
Solo venganzas implora,
Ya condenada á morir.
No soy ya del castellano
La sumisa enamorada: 10
Soy la cautiva cansada
Ya de dejarse oprimir.
SONETO
Fresca, lozana, pura y olorosa,
Gala y adorno del pensil florido,
Gallarda puesta sobre el ramo erguido, 15
Fragancia esparce la naciente rosa;
Mas si el ardiente sol lumbre enojosa
Vibra del can en llamas encendido,
El dulce aroma y el color perdido,
Sus hojas lleva el aura presurosa. 20
Así brilló un momento mi ventura
En alas del amor, y hermosa nube
Fingí tal vez de gloria y de alegría;
Mas ¡ay! que el bien trocóse en amargura
Y deshojada por los aires sube 25
La dulce flor de la esperanza mía.
Á TERESA
¿Por qué volvéis á la memoria mía,
Tristes recuerdos del placer perdido,
A aumentar la ansiedad y la agonía
De este desierto corazón herido? 30
¡Ay! de aquellas horas de alegría, {p. 271}
Le quedó al corazón solo un gemido,
Y el llanto que al dolor los ojos niegan,
Lágrimas son de hiel que el alma anegan.
¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas 5
De juventud, de amor y de ventura,
Regaladas de músicas sonoras,
Adornadas de luz y de hermosura?
Imágenes de oro bullidoras,
Sus alas de carmín y nieve pura, 10
Al sol de mi esperanza desplegando,
Pasaban ¡ay! á mi alredor cantando.
Gorjeaban los dulces ruiseñores,
El sol iluminaba mi alegría,
El aura susurraba entre las flores, 15
El bosque mansamente respondía,
Las fuentes murmuraban sus amores...
¡Ilusiones que llora el alma mía!
¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído
El bullicio del mundo y su ruido! 20
Mi vida entonces cual guerrera nave
Que el puerto deja por la vez primera,
Y al soplo de los céfiros süave,
Orgullosa desplega su bandera,
Y al mar dejando que á sus pies alabe 25
Su triunfo en roncos cantos, va velera,
Una ola tras otra bramadora
Hollando y dividiendo vencedora;
¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente
De amor volaba, el sol de la mañana 30
Llevaba yo sobre mi tersa frente,
Y el alma pura de su dicha ufana:
Dentro de ella el amor cual rica fuente,
Que entre frescura y arboledas mana,
Brotaba entonces abundante río {p. 272}
De ilusiones y dulce desvarío.
Yo amaba todo: un noble sentimiento
Exaltaba mi ánimo, y sentía
En mi pecho un secreto movimiento, 5
De grandes hechos generosa guía:
La libertad con su inmortal aliento,
Santa diosa mi espíritu encendía,
Contino imaginando en mi fe pura
Sueños de gloria al mundo y de ventura. 10
El puñal de Catón, la adusta frente
Del noble Bruto, la constancia fiera
Y el arrojo de Scévola valiente,
La doctrina de Sócrates severa,
La voz atronadora y elocuente 15
Del orador de Atenas, la bandera
Contra el tirano macedonio alzando,
Y al espantado pueblo arrebatando.
El valor y la fe del caballero,
Del trovador el arpa y los cantares, 20
Del gótico castillo el altanero
Antiguo torreón, do sus pesares
Cantó tal vez con eco lastimero,
¡Ay! arrancada de sus patrios lares,
Joven cautiva, al rayo de la luna, 25
Lamentando su ausencia y su fortuna:
El dulce anhelo del amor que aguarda
Tal vez inquieto y con mortal recelo,
La forma bella que cruzó gallarda,
Allá en la noche, entre el medroso velo; 30
La ansiada cita que en llegar se tarda
Al impaciente y amoroso anhelo,
La mujer y la voz de su dulzura,
Que inspira al alma celestial ternura;
A un tiempo mismo en rápida tormenta, {p. 273}
Mi alma alborotaban de contino,
Cual las olas que azota con violenta
Cólera, impetuoso torbellino:
Soñaba al héroe ya, la plebe atenta 5
En mi voz escuchaba su destino;
Ya al caballero, al trovador soñaba,
Y de gloria y de amores suspiraba.
Hay una voz secreta, un dulce canto,
Que el alma sólo recogida entiende, 10
Un sentimiento misterioso y santo,
Que del barro al espíritu desprende:
Agreste, vago y solitario encanto,
Que en inefable amor el alma enciende,
Volando tras la imagen peregrina 15
El corazón de su ilusión divina.
Yo desterrado en extranjera playa,
Con los ojos extático seguía
La nave audaz que en argentada raya
Volaba al puerto de la patria mía 20
Yo cuando en Occidente el sol desmaya,
Solo y perdido en la arboleda umbría,
Oir pensaba el armonioso acento
De una mujer, al suspirar del viento.
¡Una mujer! En el templado rayo 25
De la mágica luna se colora,
Del sol poniente al lánguido desmayo,
Lejos entre las nubes se evapora:
Sobre las cumbres que florece Mayo
Brilla fugaz al despuntar la aurora, 30
Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
Juega en las aguas del sereno río.
¡Una mujer! Deslízase en el cielo
Allá en la noche desprendida estrella:
Si aroma el aire recogió en el suelo, {p. 274}
Es el aroma que le presta ella.
Blanca es la nube que en callado vuelo
Cruza la esfera, y que su planta huella,
Y en la tarde la mar olas le ofrece 5
De plata y de zafir, donde se mece.
Mujer que amor en su ilusión figura,
Mujer que nada dice á los sentidos,
Ensueño de suavísima ternura,
Eco que regaló nuestros oídos; 10
De amor la llama generosa y pura,
Los goces dulces del placer cumplidos,
Que engalana la rica fantasía,
Goces que avaro el corazón ansía:
¡Ay! aquella mujer, tan sólo aquella 15
Tanto delirio á realizar alcanza,
Y esa mujer tan cándida y tan bella,
Es mentida ilusión de la esperanza:
Es el alma que vívida destella
Su luz al mundo cuando en él se lanza, 20
Y el mundo con su magia y galanura
Es espejo no más de su hermosura:
Es el amor que al mismo amor adora,
El que creó las Sílfides y Ondinas,
La sacra ninfa que bordando mora 25
Debajo de las aguas cristalinas:
Es el amor que recordando llora
Las arboledas del Edén divinas,
Amor de allí arrancado, allí nacido,
Que busca en vano aquí su bien perdido. 30
¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!
¡Sentimiento purísimo! ¡memoria
Acaso triste de un perdido cielo,
Quizá esperanza de futura gloria!
¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo! {p. 275}
¡Oh mujer que en imagen ilusoria
Tan pura, tan feliz, tan placentera,
Brindó el amor á mi ilusión primera...
¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías 5
¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis á mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días
No consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh! los que no sabéis las agonías
De un corazón, que penas á millares 10
¡Ay! desgarraron, y que ya no llora,
¡Piedad tened de mi tormento ahora!
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
CANCIÓN DEL PIRATA
Con diez cañones por banda,
Viento en popa á toda vela
No corta el mar, sino vuela 15
Un velero bergantín:
Bajel pirata que llaman
Por su bravura el _Temido_,
En todo mar conocido
Del uno al otro confín. 20
La luna en el mar rïela,
En la lona gime el viento,
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul;
Y ve el capitán pirata, 25
Cantando alegre en la popa,
Asia á un lado, al otro Europa,
Y allá á su frente Stambul.
«Navega, velero mío, {p. 276}
Sin temor,
Que ni enemigo navío,
Ni tormenta, ni bonanza
Tu rumbo á torcer alcanza, 5
Ni á sujetar tu valor.
«Veinte presos
Hemos hecho
A despecho
Del Inglés, 10
Y han rendido
Sus pendones
Cien naciones
A mis pies.
«Que es mi barco mi tesoro, 15
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar.
«Allá muevan feroz guerra
Ciegos reyes 20
Por un palmo más de tierra:
Que yo tengo aquí por mío
Cuanto abarca el mar bravío,
A quien nadie impuso leyes.
«Y no hay playa, 25
Sea cual quiera,
Ni bandera
De esplendor,
Que no sienta
Mi derecho, {p. 277}
Y dé pecho
Al valor.
«Que es mi barco mi tesoro...
«A la voz de «¡barco viene!» 5
Es de ver
Como vira y se previene
A todo trapo á escapar:
Que yo soy el rey del mar,
Y mi furia es de temer. 10
«En las presas
Yo divido
Lo cogido
Por igual:
Solo quiero 15
Por riqueza
La belleza
Sin rival.
«Que es mi barco mi tesoro...
«¡Sentenciado estoy á muerte! 20
Yo me río:
No me abandone la suerte,
Y al mismo que me condena
Colgaré de alguna entena,
Quizá en su propio navío. 25
«Y si caigo,
¿Qué es la vida?
Por perdida
Ya la dí.
Cuando el yugo {p. 278}
Del esclavo,
Como un bravo,
Sacudí.
«Que es mi barco mi tesoro... 5
«Son mi música mejor
Aquilones:
El estrépito y temblor
De los cables sacudidos,
Del negro mar los bramidos 10
Y el rugir de mis cañones.
«Y del trueno
Al son violento,
Y del viento
Al rebramar, 15
Yo me duermo
Sosegado,
Arrullado
Por el mar.
«Que es mi barco mi tesoro, 20
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza y el viento,
Mi única patria la mar.»
Manuel de Cabanyes {p. 279}
(1808–1833)
LA INDEPENDENCIA DE LA POESÍA
Como una casta ruborosa vírgen
Se alza mi Musa, y tímida las cuerdas
Pulsando de su harpa solitaria,
Suelta la voz del canto.
Léjos ¡profanas gentes! No su acento 5
Del placer muelle corruptor del alma
En ritmo cadencioso hará süave
La funesta ponzoña.
Léjos ¡esclavos! léjos: no sus gracias
Cual vuestro honor trafícanse y se venden; 10
No sangri-salpicados techos de oro
Resonarán sus versos.
En pobre independencia, ni las iras
De los verdugos del pensar la espantan
De sierva á fuer; ni, meretriz impura, 15
Vil metal la corrompe.
Fiera como los montes de su patria,
Galas desecha que maldad cobijan:
Las cumbres vaga en desnudez honesta;
Mas ¡guay de quien la ultraje! 20
Sobre sus cantos la expresión del alma
Vuela sin arte: números sonoros
Desdeña y rima acorde; son sus versos
Cual su espíritu libres.
Duros son; mas son fuertes, son hidalgos 25
Cual la espada del bueno: y nunca, nunca
Tu noble faz con el rubor de oprobio
Cubrirán, madre España,
Cual del cisne de Ofanto los cantares {p. 280}
A la Reina del mundo avergonzaron,
De su opresor con el infame elogio
Sus cuitas acreciendo.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
José Zorrilla
(1817–1893)
INDECISIÓN
¡Bello es vivir, la vida es la armonía! 5
Luz, peñascos, torrentes y cascadas,
Un sol de fuego iluminando el día,
Aire de aromas, flores apiñadas:
Y en medio de la noche majestuosa
Esa luna de plata, esas estrellas, 10
Lámparas de la tierra perezosa,
Que se ha dormido en paz debajo de ellas.
¡Bello es vivir! Se ve en el horizonte
Asomar el crepúsculo que nace;
Y la neblina que corona el monte 15
En el aire flotando se deshace;
Y el inmenso tapiz del firmamento
Cambia su azul en franjas de colores;
Y susurran las hojas en el viento,
Y desatan su voz los ruiseñores. 20
. . . . . . . . . .
Si hay huracanes y aquilón que brama,
Si hay un invierno de humedad vestido,
Hay una hoguera á cuya roja llama
Se alza un festín con su discorde ruido.
Y una pintada y fresca primavera, {p. 281}
Con su manto de luz y orla de flores,
Que cubre de verdor la ancha pradera
Donde brotan arroyos saltadores.
. . . . . . . . . .
¡Bello es vivir, la vida es la armonía! 5
Luz, peñascos, torrentes y cascadas,
Un sol de fuego iluminando el día,
Aire de aromas, flores apiñadas.
Arranca, arranca, Dios mío,
De la mente del poeta 10
Este pensamiento impío
Que en un delirio creó;
Sin un instante de calma,
En su olvido y amargura,
No puede soñar su alma 15
Placeres que no gozó.
¡Ay del poeta! su llanto
Fué la inspiración sublime
Con que arrebató su canto
Hasta los cielos tal vez; 20
Solitaria flor que el viento
Con impuro soplo azota,
Él arrastra su tormento
Escrito sobre la tez.
Porque tú, ¡oh Dios! le robaste 25
Cuanto los hombres adoran;
Tú en el mundo le arrojaste
Para que muriera en él;
Tú le dijiste que el hombre
Era en la tierra su _hermano_; 30
Mas él no encuentra ese nombre
En sus recuerdos de hiel.
Tú le has dicho que eligiera {p. 282}
Para el viaje de la vida
Una hermosa compañera
Con quien partir su dolor;
Mas ¡ay! que la busca en vano; 5
Porque es para el ser que ama
Como un inmundo gusano
Sobre el tallo de una flor.
Canta la luz y las flores,
Y el amor en las mujeres, 10
Y el placer en los amores,
Y la calma en el placer:
Y sin esperanza adora
Una belleza escondida,
Y hoy en sus cantares llora 15
Lo que alegre cantó ayer.
Él con los siglos rodando
Canta su afán á los siglos,
Y los siglos van pasando
Sin curarse de su afán. 20
¡Maldito el nombre de gloria
Que en tu cólera le diste!
Sentados en su memoria
Recuerdos de hierro están.
El día alumbra su pena, 25
La noche alarga su duelo,
La aurora escribe en el cielo
Su sentencia de vivir:
Fábulas son los placeres,
No hay placeres en su alma, 30
No hay amor en las mujeres,
Tarda la hora de morir.
Hay sol que alumbra, mas quema:
Hay flores que se marchitan,
Hay recuerdos que se agitan {p. 283}
Fantasmas de maldición.
Si tiene una voz que canta,
Al arrancarla del pecho
Deja fuego en la garganta, 5
Vacío en el corazón.
¡Bello es vivir! Sobre gigante roca
Se mira el mundo á nuestros pies tendido,
La frente altiva con las nubes toca...
Todo creado para el hombre ha sido. 10
¡Bello es vivir! Que el hombre descuidado
En los bordes se duerme de la vida,
Y de locura y sueños embriagado
En un festín el porvenir olvida.
¡Bello es vivir! Vivamos y cantemos: 15
El tiempo entre sus pliegos roedores
Ha de llevar el bien que no gocemos,
Y ha de apagar placeres y dolores.
Cantemos de nosotros olvidados,
Hasta que el son de la fatal campana 20
Toque á morir.—Cantemos descuidados,
Que el sol de ayer no alumbrará mañana.
LA FUENTE
Huye la fuente al manantial ingrata
El verde musgo en derredor lamiendo,
Y el agua limpia en su cristal retrata 25
Cuanto va viendo.
El césped mece y las arenas moja
Do mil caprichos al pasar dibuja,
Y ola tras ola murmurando arroja,
Riza y empuja. 30
Lecho mullido la presenta el valle, {p. 284}
Fresco abanico el abedul pomposo,
Cañas y juncos retirada calle,
Sombra y reposo.
Brota en la altura la fecunda fuente; 5
¿Y á qué su empeño, si al bajar la cuesta
Halla del río en el raudal rugiente
Tumba funesta?
Á LA MEMORIA DE LARRA
Ese vago clamor que rasga el viento
Es la voz funeral de una campana; 10
Vano remedo del postrer lamento
De un cadáver sombrío y macilento
Que en sucio polvo dormirá mañana.
Acabó su misión sobre la tierra,
Y dejó su existencia carcomida, 15
Como una virgen al placer perdida
Cuelga el profano velo en el altar.
Miró en el tiempo el porvenir vacío,
Vacío ya de ensueños y de gloria,
Y se entregó á ese sueño sin memoria 20
Que nos lleva á otro mundo á despertar.
Era una flor que marchitó el estío,
Era una fuente que agotó el verano;
Ya no se siente su murmullo vano,
Ya está quemado el tallo de la flor, 25
Todavía su aroma se percibe,
Y ese verde color de la llanura,
Ese manto de hierba y de frescura,
Hijos son del arroyo creador.
Que el poeta en su misión, {p. 285}
Sobre la tierra que habita
Es una planta maldita
Con frutos de bendición.
Duerme en paz en la tumba solitaria, 5
Donde no llegue á tu cegado oído
Más que la triste y funeral plegaria
Que otro poeta cantará por ti.
Ésta será una ofrenda de cariño,
Más grata, sí, que la oración de un hombre, 10
Pura como la lágrima de un niño,
Memoria del poeta que perdí.
Si existe un remoto cielo,
De los poetas mansión,
Y sólo le queda al suelo 15
Ese retrato de hielo,
Fetidez y corrupción,
¡Digno presente, por cierto,
Se deja á la amarga vida!
¡Abandonar un desierto 20
Y darle á la despedida
La fea prenda de un muerto!
Poeta: si en el _no ser_
Hay un recuerdo de ayer,
Una vida como aquí 25
Detrás de ese firmamento...
Conságrame un pensamiento
Como el que tengo de ti.
TOLEDO {p. 286}
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Ya no hay cañas ni torneos,
Ni moriscas cantilenas,
Ni entre las negras almenas
Moros ocultos están;
Hoy se ven sin celosías 5
Miradores y ventanas;
No hay danzas ya de sultanas
En el jardín del Sultán.
Ya no hay dorados salones
En alcázares reales, 10
Gabinetes orientales
Consagrados al placer;
Ya no hay mujeres morenas
En lechos de terciopelo,
Prometidas en un cielo 15
Que los Moros no han de ver.
Ya no hay pájaros de Oriente
Presos en redes de oro,
Cuyo cántico sonoro
Cuyo pintado color 20
Presten al aire armonía,
Mientras en baño de olores
Dormita, soñando amores,
El opulento señor.
No hay una edad de placeres 25
Como fué la edad moruna;
Igual á aquélla ninguna,
Porque no puede haber dos;
Pero hay, en gótica torre
De parda iglesia cristiana, 30
Una gigante campana {p. 287}
Con el acento de un Dios.
Hay un templo sostenido
En cien góticos pilares,
Y cruces en los altares, 5
Y una santa religión.
Y hay un pueblo prosternado
Que eleva á Dios su plegaria
A la llama solitaria
De la fe del corazón. 10
Hay un Dios cuyo nombre guarda el viento
En los pliegues del ronco torbellino;
A cuya voz vacila el firmamento
Y el hondo porvenir rasga el destino.
La cifra de ese nombre vive escrita 15
En el impuro corazón del hombre,
Y él adora en un árabe mezquita
La misteriosa cifra de ese nombre.
Juan Eugenio Hartzenbusch.
(1806–1880)
Á CALDERÓN
Tú que en acento de desdén profundo
Dijiste al ver la pequeñez humana: 20
«Sombra es la vida, como el sueño vana,
Fantástica existencia la del mundo»;
Cuando brillabas luminar fecundo,
Sol refulgente de la escena hispana,
¿Pudo tener tu mente soberana 25
Por ilusión tu ingenio sin segundo?
Desde el Tíber al patrio Manzanares, {p. 288}
Desde el Rin á los Andes mereciste
Universal admiración y altares;
Y eterna de tu nombre la memoria,
Ella te enseña que decir debiste: 5
«Sueño todo será, menos mi gloria.»
Manuel Bretón de los Herreros
(1796–1873)
EL SOLDADO Y EL CARRETERO
Bueno es ser comedido, mas no tanto
Que raye la modestia en tontería.
Fábula al canto.
Ya no podía continuar su ruta, 10
Con la mochila y el fusil cargado,
Pobre recluta.
Viéndole un carretero muy bizarro
En tal angustia, «¡Militar!», le dijo,
«Sube á mi carro.» 15
«De perlas me vendría, que voy muerto;
Mas si á pagar el porte se me obliga...»
«¡Eh! no por cierto.»
«Gracias. Bendigo al cielo, que me trajo
Tan buen padrino,» le responde, y monta 20
No sin trabajo.
«Ahora, bueno será dar un refuerzo
Al estómago,» dijo el trajinante.
«No: yo no almuerzo.»
«¡Eh! nada de melindres y pamplinas. 25
La bota tengo llena, y en la alforja
Pan y sardinas.»
Al fin, transido de hambre el buen soldado, {p. 289}
Aunque gravar temía su conciencia,
Toma un bocado.
Ya durmiendo, ya hablando al camarada,
Dejado había atrás el carretero 5
Media jornada;
Y todavía el mílite (¡da grima!)
No se había quitado la engorrosa
Mole de encima.
Ríe el otro y le dice: «El sol escalda, 10
¡Y aun la ruda mochila, majadero,
Veo en tu espalda!»
«Ya que me ahorro de pisar hormigas,
No es justo dar á la cansada mula
Nuevas fatigas.» 15
«¿Y alivias por ventura su molestia?
De ti y del carro y todo el cargamento
Tira la bestia.
No es tu propia carrera el castrense.—
«Pues ¿cuál?»—«Hazte, ya que eres tan pacato, 20
Fraile mostense.»
José María Heredia.
(1803–1839)
AL HURACÁN
Huracán, huracán, venir te siento,
Y en tu soplo abrasado
Respiro entusiasmado
Del Señor de los aires el aliento. 25
En las alas del viento suspendido
Vedle rodar por el espacio inmenso,
Silencioso, tremendo, irresistible {p. 290}
En su curso veloz. La tierra en calma
Siniestra, misteriosa,
Contempla con pavor su faz terrible.
¿Al toro no miráis? El suelo escarban 5
De insoportable ardor sus pies heridos;
La frente poderosa levantando,
Y en la hinchada nariz fuego aspirando,
Llama la tempestad con sus bramidos.
¡Qué nubes! ¡qué furor! El sol temblando 10
Vela en triste vapor su faz gloriosa,
Y su disco nublado sólo vierte
Luz fúnebre y sombría,
Que no es noche ni día.
¡Pavoroso color, velo de muerte! 15
Los pajarillos tiemblan y se esconden
Al acercarse el huracán bramando,
Y en los lejanos montes retumbando
Le oyen los bosques y á su voz responden.
Llega ya... ¿No le veis? ¡Cual desenvuelve 20
Su manto aterrador y majestuoso!
¡Gigante de los aires, te saludo!
En fiera confusión el viento agita
Las orlas de su parda vestidura.
¡Ved, en el horizonte 25
Los brazos rapidísimos enarca,
Y con ellos abarca
Cuanto alcanzo á mirar de monte á monte!
¡Oscuridad universal! ¡Su soplo
Levanta en torbellinos 30
El polvo de los campos agitado!
En las nubes retumba despeñado
El carro del Señor, y de sus ruedas
Brota el rayo veloz, se precipita,
Hiere y aterra el suelo, {p. 291}
Y su lívida luz inunda el cielo.
¡Qué rumor! ¡Es la lluvia! Desatada
Cae á torrentes, oscurece el mundo,
Y todo es confusión, horror profundo. 5
Cielo, nubes, colinas, caro bosque,
¿Dó estáis? Os busco en vano:
Desparecisteis... La tormenta umbría
En los aires revuelve un Oceano
Que todo lo sepulta. 10
Al fin, mundo fatal, nos separamos:
El huracán y yo solos estamos.
¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,
De tu solemne inspiración henchido,
Al mundo vil y miserable olvido, 15
Y alzo la frente de delicias lleno!
¿Dó está el alma cobarde
Que teme tu rugir? Yo en ti me elevo
Al trono del Señor: oigo en las nubes
El eco de su voz; siento á la tierra 20
Escucharte y temblar. Ferviente lloro
Desciende por mis pálidas mejillas,
Y su alta majestad trémulo adoro.
ODA Á NIÁGARA
Dadme mi lira, dádmela: que siento
En mi alma estremecida y agitada 25
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz!... Niágara undoso,
Sola tu faz sublime ya podría
Tornarme el don divino, que ensañada 30
Me robó del dolor la mano impía.
Torrente prodigioso, calma, acalla {p. 292}
Tu trueno aterrador: disipa un tanto,
Las tinieblas que en torno te circundan,
Y déjame mirar tu faz serena,
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena. 5
Yo digno soy de contemplarte; siempre
Lo común y mezquino desdeñando,
Ansié por lo terrífico y sublime.
Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo, 10
Palpitando gocé: ví al Oceano
Azotado del austro proceloso,
Combatir mi bajel, y ante mis plantas
Sus abismos abrir, y amé el peligro,
Y sus iras amé: mas su fiereza 15
En mi alma no dejara
La profunda impresión que tu grandeza.
Corres sereno y majestuoso, y luego
En ásperos peñascos quebrantado,
Te abalanzas violento, arrebatado, 20
Como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
De la sirte rugiente
La aterradora faz? El alma mía
En vagos pensamientos se confunde, 25
Al contemplar la férvida corriente,
Que en vano quiere la turbada vista
En su vuelo seguir al borde obscuro
Del precipicio altísimo: mil olas,
Cual pensamiento rapidas pasando, 30
Chocan, y se enfurecen,
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
Y entre espuma y fragor desaparecen.
Mas llegan... saltan... El abismo horrendo
Devora los torrentes despeñados; {p. 293}
Crúzanse en él mil iris, y asordados
Vuelven los bosques el fragor tremendo.
Al golpe violentísimo en las peñas
Rómpese el agua, y salta, y una nube 5
De revueltos vapores
Cubre el abismo en remolinos, sube,
Gira en torno, y al cielo
Cual pirámide inmensa se levanta,
Y por sobre los bosques que le cercan 10
Al solitario cazador espanta.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Plácido (Gabriel de la Concepción Valdés)
(1809–1844)
PLEGARIA Á DIOS
¡Sér de inmensa bondad! ¡Dios poderoso!
A vos acudo en mi dolor vehemente.
Extended vuestro brazo omnipotente,
Rasgad de la calumnia el velo odioso, 15
Y arrancad este sello ignominioso
Con que el mundo manchar quiere mi frente!
¡Rey de los reyes! ¡Dios de mis abuelos!
Vos solo sois mi defensor, ¡Dios mío!
Todo lo puede quien al mar sombrío 20
Olas y peces dió, luz á los cielos,
Fuego al sol, giro al aire, al Norte hielos,
Vida á las plantas, movimiento al río.
Todo lo podéis Vos, todo fenece
Ó se reanima á vuestra voz sagrada; 25
Fuera de Vos, Señor, el todo es nada
Que en la insondable eternidad perece; {p. 294}
Y aun esa misma nada Os obedece,
Pues de ella fué la humanidad creada.
Yo no Os puedo engañar, Dios de clemencia;
Y pues vuestra eternal sabiduría 5
Ve al través de mi cuerpo el alma mía
Cual del aire á la clara transparencia,
Estorbad que, humillada la inocencia,
Bata sus palmas la calumnia impía.
Estorbadlo, Señor, por la preciosa 10
Sangre vertida, que la culpa sella
Del pecado de Adán, ó por aquella
Madre cándida, dulce y amorosa,
Cuando envuelta en pesar, mustia y llorosa,
Siguió tu muerte como heliaca estrella. 15
Mas si cuadra á tu suma omnipotencia
Que yo perezca cual malvado impío,
Y que los hombres mi cadáver frío
Ultrajen con maligna complacencia,
Suene tu voz y acabe mi existencia, 20
¡Cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío!
Carolina Coronado
(B. 1823)
EL AMOR DE LOS AMORES
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