Chapter IV: STROPHES.—The strophe is frequently of arbitrary length, though, (4)
La más bella niña 5
De nuestro lugar,
Hoy viuda y sola
Y ayer por casar,
Viendo que sus ojos
A la guerra van, 10
A su madre dice
Que escucha su mal:
_Dejadme llorar
Orillas del mar._
Pues me distes, madre, 15
En tan tierna edad
Tan corto el placer,
Tan largo el pesar,
Y me cautivastes
De quien hoy se va 20
Y lleva las llaves
De mi libertad,
_Dejadme llorar_, etc.
En llorar conviertan
Mis ojos de hoy más 25
El sabroso oficio
Del dulce mirar,
Pues que no se pueden
Mejor ocupar,
Yéndose á la guerra 30
Quien era mi paz.
_Dejadme llorar_, etc.
No me pongáis freno
Ni queráis culpar;
Que lo uno es justo, 35
Lo otro por demás.
Si me queréis bien
No me hagáis mal;
Harto peor fué
Morir y callar. 40
_Dejadme llorar_, etc.
Dulce madre mía,
¿Quién no llorará,
Aunque tenga el pecho
Como un pedernal, 45
Y no dará voces
Viendo marchitar
Los más verdes años
De mi mocedad?
_Dejadme morir_, etc. 50
Váyanse las noches,
Pues ido se han
Los ojos que hacían {p. 142}
Los míos velar;
Váyanse, y no vean
Tanta soledad
Después que en mi lecho 5
Sobra la mitad.
_Dejadme llorar
Orillas del mar._
VILLANCICO
_Caído se le ha un clavel
Hoy á la Aurora del seno: 10
¡Qué glorioso que está el heno
Porque ha caído sobre él!_
Cuando el silencio tenía
Todas las cosas del suelo,
Y coronado de hielo 15
Reinaba la noche fría,
En medio la monarquía
De tiniebla tan cruel
¡Caído se le ha un clavel!
De un solo clavel ceñida 20
La Virgen, aurora bella,
Al mundo le dió y ella
Quedó cual antes florida:
A la púrpura caída
Siempre fué el heno fiel: 25
¡Caído se le ha un clavel!
El heno pues que fué dino
A pesar de tantas nieves
De ver en sus brazos leves
Este rosicler divino, 30
Para su lecho fué lino,
Oro para su dosel;
¡Caído se le ha un clavel!
SOLEDAD PRIMERA {p. 143}
Era del año la estación florida
En que el mentido robador de Europa
(Media luna las armas de su frente,
Y el sol todos los rayos de su pelo,)
Luciente honor del cielo 5
En campos de záfiro pace estrellas,
Cuando el que ministrar podía la copa
A Júpiter mejor que el garzón de Ida,
Náufrago y desdeñado, sobre ausente,
Lagrimosas de amor dulces querellas 10
Da al mar, que condolido
Fué á las ondas, fué al viento,
El mísero gemido,
Segundo de Arión dulce instrumento,
Del siempre en la montaña opuesto pino 15
Al enemigo noto,
Piadoso miembro roto,
Brava tabla, delfín no fué pequeño
Al inconsiderado peregrino
Que á una Libia de ondas su camino 20
Fió, y su vida á un leño;
Del Océano pues antes sorbido,
Y luego vomitado
No lejos de un escollo coronado
De secos juncos, de calientes plumas, 25
Algo todo y espumas,
Halló hospitalidad donde halló nido
De Júpiter el ave.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
SONETO (CONTRA LOS QUE DIJERON MAL DE LAS _SOLEDADES_) {p. 144}
Con poca luz y menos disciplina
Al voto de un muy crítico y muy lego
Salió en Madrid la _Soledad_, y luego
A palacio con lento pie camina.
Las puertas le cerró de la Latina 5
Quien duerme en español y sueña en griego,
Pedante gofo, que de pasión ciego,
La suya reza, y calla la divina.
Del viento es el pendón pompa ligera,
No hay paso concedido á mayor gloria, 10
Ni voz que no la acusen de extranjera.
Gastando pues en tanto la memoria
Ajena invidia más que propia cera,
Por el Carmen la lleva á la vitoria.
Conde de Villamediana (Juan de Tassis)
(† 1622)
SONETO
El que fuere dichoso será amado, 15
Y yo en amar no quiero ser dichoso,
Teniendo mi desvelo generoso
A dicha ser por vos tan desdichado.
Sólo es servir, servir sin ser premiado;
Cerca está de grosero el venturoso; 20
Seguir el bien á todos es forzoso,
Yo solo sigo el bien sin ser forzado.
No he menester ventura por amaros;
Amo de vos lo que de vos entiendo,
No lo que espero, porque nada espero. 25
Llévame el conoceros á adoraros; {p. 145}
Servir mas por servir sólo pretendo,
De vos no quiero más que lo que os quiero.
EPIGRAMAS
I
_Al marqués de Malpica_
Cuando el marqués de Malpica,
Caballero de la llave, 5
Con su silencio replica,
Dice todo cuanto sabe.
I
_A don Juan de España_
Jura España por su vida
Que nunca cenó en su casa,
Y que sin cenar se pasa 10
Cuando nadie le convida.
III
_Epitafio de don Rodrigo Calderón_
Aquí yace Calderón.
Pasajero, el paso ten;
Que en hurtar y morir bien
Se parece al buen ladrón. 15
Vicente Espinel
(† 1634?)
REDONDILLAS
_Pedir celos no es cordura
En el que de veras ama,
Porque es despertar la dama
De lo que estaba segura._
Los celos es un tormento, {p. 146}
Que nace de puro amor,
Y así nos fuera el temor
A tener celos del viento:
Mas pedirlos es locura 5
Aunque mas arda la llama,
Porque es despertar la dama
De lo que estaba segura.
Muchos celosos se quedan
Privados de sus placeres, 10
Porque siempre las mujeres
Se van tras lo que les vedan.
Mejor es darles anchura,
Que mirarán por su fama,
Y no despertar la dama 15
De lo que estaba segura.
Más vale por complacellas
Dejarlas á su sabor
Que ellas miran por su honor
Más que nosotros por ellas. 20
Y la que es más casta y pura
Cuando á su galán más ama,
Si con celos la disfama,
No la tendrá muy segura.
LETRILLA
Contentamientos pasados, 25
¿Que queréis?
¡Dejadme, no me canséis!
Contentos cuya memoria
A cruel muerte condena,
Idos de mí enhorabuena, 30
Y pues que no me dais gloria,
No vengáis á darme pena.
Ya están los tiempos trocados, {p. 147}
Mi bien llevóselo el viento,
No me deis ya más cuidados,
Que son para más tormento
Contentamientos pasados. 5
No me os mostréis lisonjeros,
Que no habéis de ser creídos,
Ni me amenacéis con fieros
Porque el temor de perderos
Le perdió en siendo perdidos, 10
Y si acaso pretendéis
Cumplir vuestra voluntad
Con mi muerte, bien podréis
Matarme; y si no, mirad,
¿Que queréis? 15
Si dar disgusto y desdén
Es vuestro propio caudal,
Sabed que he quedado tal
Que aun no me ha dejado el bien
De suerte que sienta el mal: 20
Mas con todo pues me habéis
Dejado y estoy sin vos,
¡Paso! ¡no me atormentéis!
Contentos, idos con Dios,
Dejadme, no me canséis. 25
Lope Félix de Vega Carpio
(1562–1635)
CANCIÓN DE LA VIRGEN
Pues andáis en las palmas,
Ángeles santos,
Que se duerme mi niño,
Tened los ramos.
Palmas de Belén {p. 148}
Que mueven airados
Los furiosos vientos,
Que suenan tanto,
No le hagáis ruido, 5
Corred más paso;
Que se duerme mi niño,
Tened los ramos.
El niño divino,
Que está cansado 10
De llorar en la tierra,
Por su descanso
Sosegar quiere un poco
Del tierno llanto;
Que se duerme mi niño, 15
Tened los ramos.
Rigurosos hielos
Le están cercando,
Ya veis que no tengo
Con que guardarlo: 20
Ángeles divinos,
Que vais volando,
Que se duerme mi niño,
Tened los ramos.
ROMANCE
A mis soledades voy, 25
De mis soledades vengo,
Porque para andar conmigo
Me bastan mis pensamientos.
¡No sé qué tiene la aldea
Donde vivo y donde muero, 30
Que con venir de mí mismo
No puedo venir más lejos!
Ni estoy bien ni mal conmigo; {p. 149}
Mas dice mi entendimiento,
Que un hombre que todo es alma
Está cautivo en su cuerpo.
Entiendo lo que me basta, 5
Y solamente no entiendo
Cómo se sufre á sí mismo
Un ignorante soberbio.
De cuantas cosas me cansan,
Fácilmente me defiendo; 10
Pero no puedo guardarme
De los peligros de un necio.
Él dirá que yo lo soy,
Pero con falso argumento;
Que humildad y necedad 15
No caben en un sujeto.
La diferencia conozco,
Porque en él y en mí contemplo,
Su locura en su arrogancia,
Mi humildad en su desprecio. 20
Ó sabe naturaleza
Más que supo en otro tiempo,
Ó tantos que nacen sabios
Es porque lo dicen ellos.
Sólo sé que no sé nada, 25
Dijo un filósofo, haciendo
La cuenta con su humildad,
Adonde lo más es menos.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Oigo tañer las campanas,
Y no me espanto, aunque puedo, 30
Que en lugar de tantas cruces
Haya tantos hombres muertos.
Mirando estoy los sepulcros {p. 150}
Cuyos mármoles eternos
Están diciendo sin lengua,
Que no lo fueron sus dueños.
¡Oh bien haya quien los hizo, 5
Porque solamente en ellos
De los poderosos grandes
Se vengaron los pequeños!
Fea pintan á la envidia;
Yo confieso que la tengo 10
De unos hombres que no saben
Quién vive pared en medio,
Sin libros y sin papeles,
Sin tratos, cuentas ni cuentos:
Cuando quieren escribir 15
Piden prestado el tintero.
Sin ser pobres ni ser ricos
Tienen chimenea y huerto;
No los despiertan cuidados,
Ni pretensiones, ni pleitos, 20
Ni murmuraron del grande,
Ni ofendieron al pequeño;
Nunca, como yo, firmaron
Parabién, ni pascua dieron.
Con esta invidia que digo, 25
Y lo que paso en silencio,
A mis soledades voy,
De mis soledades vengo.
SONETOS {p. 151}
I
Oh, nunca fueras, África desierta,
En medio de los trópicos fundada,
Ni por el fértil Nilo coronada
Te viera el alba cuando el sol despierta;
Nunca tu arena inculta descubierta 5
Se viera de cristiana planta honrada,
Ni abriera en ti la portuguesa espada
A tantos males tan sangrienta puerta.
Perdióse en ti de la mayor nobleza
De Lusitania una florida parte, 10
Perdióse su corona y su riqueza;
Pues tú, que no mirabas su estandarte,
Sobre él los piés, levantas la cabeza,
Ceñida en torno del laurel de Marte.
II
Daba sustento á un pajarillo un día 15
Lucinda, y por los hierros del portillo
Fuésele de la jaula el pajarillo
Al libre viento en que vivir solía.
Con un suspiro á la ocasión tardía
Tendió la mano y no pudiendo asillo 20
Dijo y de las mejillas amarillo
Volvió el clavel que entre su nieve ardía:
«¿A dónde vas, por despreciar el nido
Al peligro de ligas y de balas,
Y el dueño huyes que tu pico adora?» 25
Oyóla el pajarillo enternecido
Y á la antigua prisión volvió las alas.
¡Qué tanto puede una mujer que llora!
III {p. 152}
MAÑANA
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
Que á mi puerta, cubierto de rocío,
Pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras, 5
Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
Si de mi ingratitud el hielo frío
Secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate agora á la ventana; 10
Verás con cuánto amor llamar porfía!»
Y ¡cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos,» respondía!
Para lo mismo responder mañana.
IV
EL BUEN PASTOR
Pastor, que con tus silbos amorosos 15
Me despertaste del profundo sueño;
Tú, que hiciste cayado dese leño
En que tiendes los brazos poderosos;
Vuelve los ojos á mi fe piadosos,
Pues te confieso por mi amor y dueño, 20
Y la palabra de seguirte empeño,
Tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye, Pastor, que por amores mueres,
No te espante el rigor de mis pecados,
Pues tan amigo de rendidos eres; 25
Espera pues, y escucha mis cuidados;
Pero ¿cómo te digo que me esperes,
Si estás para esperar los pies clavados?
V {p. 153}
Á LA NUEVA LENGUA
Boscán, tarde llegamos. ¿Hay posada?
—Llamad desde la posta, Garcilaso.
—¿Quién es?—Dos caballeros del Parnaso.
—No hay donde nocturnar palestra armada.
—No entiendo lo que dice la criada. 5
Madona, ¿qué decís?—Que afecten paso,
Que ostenta limbos el mentido ocaso,
Y el sol depinge la porción rosada.
—¿Estás en ti, mujer?—Negóse al tino
El ambulante huésped.—¡Que en tan poco 10
Tiempo tal lengua entre Cristianos haya!
Boscán, perdido habemos el camino;
Preguntad por Castilla, que estoy loco,
Ó no habemos salido de Vizcaya.
VI
UN SONETO
Un soneto me manda hacer Violante, 15
Que en mi vida me he visto en tal aprieto,
Catorce versos dicen que es soneto,
Burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante,
Y estoy á la mitad de otro cuarteto, 20
Mas si me veo en el primer terceto
No hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando,
Y aun parece que entré con pie derecho,
Pues fin con este verso le voy dando. 25
Ya estoy en el segundo, y aun sospecho,
Que estoy los trece versos acabando:
Contad si son catorce, y está hecho.
José de Valdivielso {p. 154}
(† 1636)
LETRA DE CRISTO AL ALMA
Alma, herido me tenéis,
Y en dejarme me matáis;
Mirad que si me dejáis,
Que sin Dios os quedaréis.
Mirad, alma, que soy Dios, 5
Y en amor quien siempre fuí,
Y que cuando huyáis de mí,
Que me tengo de ir tras vos.
Decid: ¿á quién buscaréis
Si destos brazos os vais? 10
Mirad que si me dejáis,
Que sin Dios os quedaréis.
No hallaréis, alma, jamás
Quien como yo por vos muera;
Hallaréis quien bien os quiera, 15
Mas no quien os quiera más.
Bien es que en casa os estéis;
Y ¡ay de vos si della os vais!
Mirad que si me dejáis,
Que sin Dios os quedaréis, 20
Mirad que si os vais, los dos
Nos quedaremos en calma;
Si os ausentáis, yo sin alma;
Si me quedo, vos sin Dios.
Pues mi Pan comido habéis, 25
No lo desagradezcáis;
Mirad que si me dejáis,
Que sin Dios os quedaréis.
Pedro de Espinosa {p. 155}
(† 1650?)
IDILIO: LA FÁBULA DEL GENIL
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Vestida está mi margen de espadaña,
Y de viciosos apios y mastranto,
El agua, clara como el ámbar, baña
Troncos de mirtos y de lauro santo:
No hay en mi margen silbadora caña, 5
Ni adelfa; mas violetas y amaranto,
De donde llevan flores en las faldas
Para hacer las Hénides guirnaldas.
Hay blancos lirios, verdes mirabeles,
Y azules guarnecidos alelíes, 10
Y allí las clavellinas y claveles
Parecen sementera de rubíes;
Hay ricas alcatifas y alquiceles
Rojos, blancos, gualdados y turquíes,
Y derraman las auras con su aliento 15
Ámbares y azahares por el viento.
Yo cuando salgo de mis grutas hondas
Estoy de frescos palios cobijado,
Y entre nácares crespos de redondas
Perlas, mi margen veo estar honrado; 20
El sol no entibia mis cerúleas ondas,
Ni las enturbia el balador ganado;
Ni á las napeas que en mi orilla cantan
Los pintados lagartos las espantan.
SONETO {p. 156}
Estas purpúreas rosas que á la Aurora
Se le cayeron hoy del blanco seno,
Y un vaso de pintadas flores lleno,
¡Oh dulces auras! os ofrezco agora,
Si defendéis de mi divina Flora 5
Con vuestras alas el color moreno,
Del sol, que ardiente y de piedad ajeno
Su rostro ofende por que el campo dora.
¡Oh hijas de la tierra peregrinas!
Mirad si tiene Mayo en su guirnalda 10
Más frescas rosas, más bizarras flores.
Llorando les dió el alba perlas finas,
El sol colores, mi afición la falda
De mi hermosa Flora y ella olores.
Rodrigo Caro
(1573–1647)
ODA: Á LAS RUINAS DE ITÁLICA
Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora 15
Campos de soledad, mustio collado,
Fueron un tiempo Itálica famosa.
Aquí de Cipión la vencedora
Colonia fué; por tierra derribado
Yace el temido honor de la espantosa 20
Muralla, y lastimosa
Reliquia es solamente
De su invencible gente.
Solo quedan memorias funerales
Donde erraron ya sombras de alto ejemplo; 25
Este llano fué plaza, allí fué templo;
De todo apenas quedan las señales.
Del gimnasio y las termas regaladas {p. 157}
Leves vuelan cenizas desdichadas;
Las torres que desprecio al aire fueron
A su gran pesadumbre se rindieron.
Este despedazado anfiteatro, 5
Impío honor de los dioses, cuya afrenta
Publica el amarillo jaramago,
Ya reducido á trágico teatro,
¡Oh fábula del tiempo! representa
Cuánta fué su grandeza y es su estrago. 10
¿Cómo en el cerco vago
De su desierta arena
El gran pueblo no suena?
¿Dónde, pues, fieras, ¡ay! está el desnudo
Luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte? 15
Todo desapareció, cambió la suerte
Voces alegres en silencio mudo;
Mas aun el tiempo da en estos despojos
Espectáculos fieros á los ojos,
Y miran tan confusos lo presente, 20
Que voces de dolor el alma siente.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Juan de Jáuregui
(1570?-1650)
SILVA: ACAECIMIENTO AMOROSO
En la espesura de un alegre soto,
Que el Betis baña, y de su fértil curso
Cobran verdor los sauces acopados,
Donde el ocioso juvenil concurso, 25
La soledad siguiendo y lo remoto, {p. 158}
Logra de amor los hurtos recatados;
Aquí prestar alivio á mis cuidados
Pensé yo triste un día,
Porque la ninfa mía 5
Ví que, emboscada y de recelo ajena,
Ya el cinto desceñido,
Sus miembros despojaba del vestido.
Dejóle al fin compuesto en el arena,
Manifestando al cielo 10
De su desnuda forma la belleza.
Luego á las puras ondas con presteza
La ví correr, do el cuerpo delicado
Sintió del agua de repente el hielo,
Y suspendió su brío, 15
Viéndose en la carrera salteado
Con líquidos aljófares del río;
Mas reclinóse al fin sabrosamente,
Cubriendo de los húmedos cristales
Toda su forma de la planta al cuello; 20
Tal vez la hermosa frente
Sola mostraba de su rostro bello;
Tal con ligeros saltos paseaba
La orilla, y en sus frescos arenales
Sus tiernos miembros liberal mostraba. 25
Yo, en tan alegre vista embebecido,
Y en los tejidos ramos escondido,
Al cielo con el alma agradecía
Mi desigual ventura,
Y el recatado labio no movía. 30
¡Ay, si mis ojos con igual cordura
Celar pudieran sus ocultas llamas!
Y no que, ansiosos de mirar cercano
Aquel hermoso bulto soberano,
Se divirtieron á mover las ramas; {p. 159}
Y apenas el ruido
Hirió á la bella ninfa el pronto oído,
Cuando su vista y rostro honesto
Le descubrió mi hurto manifiesto. 5
Y como la corcilla descuidada
Mientra las hojas tiernas y menudas
Despunta de la yerba rociada,
Que al más leve rumor el cuello enhiesta,
Y vuelve las agudas 10
Orejas y la frente pavorosa
A la vecina selva ó la floresta,
Do con alada planta voladora
Se embosca, y deja al cazador burlado;
Tal su ligero curso amedrentado 15
Siguió mi amada ninfa al mismo instante
Que me miró delante.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Francisco Gómez de Quevedo y Villegas
(1580–1645)
LETRILLA
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Madre, yo al oro me humillo, 20
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
De continuo anda amarillo;
Que pues doblón ó sencillo,
Hace todo cuanto quiero, 25
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Nace en las Indias honrado, {p. 160}
Donde el mundo le acompaña;
Viene á morir en España,
Y es en Génova enterrado:
Y pues quien le trae al lado 5
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Es galán y es como un oro,
Tiene quebrado el color, 10
Persona de gran valor,
Tan Cristiano como Moro;
Pues que da y quita el decoro,
Y quebranta cualquier fuero,
Poderoso caballero 15
Es don Dinero.
Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son reales: 20
Y pues es quien hace iguales
Al duque y al ganadero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
¿Mas á quien no maravilla, 25
Ver en su gloria sin tasa
Que es lo menos de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Pero pues da al bajo silla
Y al cobarde hace guerrero, 30
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Sus escudos de armas nobles
Son siempre tan principales,
Que sin sus escudos reales, {p. 161}
No hay escudos de armas dobles;
Y pues á los mismos robles
Da codicia su minero,
Poderoso caballero 5
Es don Dinero.
Por importar en los tratos,
Y dar tan buenos consejos,
En las casas de los viejos
Hatos le guardan de gatos: 10
Y pues él rompe recatos,
Y ablanda el juez más severo,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Y es tanta su majestad 15
(Aunque son sus duelos hartos)
Que con haberle hecho cuartos,
No pierde su autoridad;
Pero pues da calidad
Al noble y al pordiosero, 20
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Nunca ví damas ingratas
A su gusto y afición,
Que á las caras de un doblón 25
Hacen sus caras baratas:
Y pues las hace bravatas
Desde una bolsa de cuero,
Poderoso caballero
Es don Dinero. 30
Más valen en cualquier tierra,
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra;
Y pues al pobre le entierra, {p. 162}
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
SONETO
Érase un hombre á una nariz pegado, 5
Érase una nariz superlativa,
Érase una nariz sayón y escriba,
Érase un peje espada muy barbado.
Era un reloj de sol mal encarado,
Érase una alquitara pensativa, 10
Érase un elefante boca arriba,
Era Ovidio Nasón más narizado.
Érase un espolón de una galera,
Érase una pirámide de Egito,
Las doce tribus de narices era. 15
Érase un naricismo infinito,
Muchísima nariz, nariz tan fiera
Que en la cara de Anás fuera delito.
CANCIÓN
Ví con pródiga vena
De parlero cristal un arroyuelo 20
Jugando con la arena
Y enamorando de su risa el cielo.
A la margen amena
Una vez murmurando, otra corriendo
Estaba entreteniendo 25
Espejo guarnecido de esmeralda;
Me pareció al miralle
Del prado la guirnalda.
Mas abrióse en el valle
Una envidiosa cueva de repente: {p. 163}
Enmudeció el arroyo
Creció la oscuridad del negro hoyo
Y sepultó recién nacida fuente
Cuya corriente breve restauraron 5
Ojos que de piadosos la lloraron.
EPÍSTOLA SATÍRICA AL CONDE DE OLIVARES
No he de callar por más que con el dedo,
Ya tocando la boca, ó ya la frente,
Silencio avises, ó amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente? 10
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Hoy, sin miedo que libre escandalice,
Puede hablar el ingenio, asegurado
De que mayor poder le atemorice. 15
En otros siglos pudo ser pecado
Severo estudio, y la verdad desnuda,
Y romper el silencio el bien hablado.
Pues sepa, quien lo niega, y quien lo duda,
Que es lengua la verdad de Dios severo, 20
Y la lengua de Dios nunca fué muda.
Son la verdad y Dios Dios verdadero:
Ni eternidad divina los separa,
Ni de los dos alguno fué primero.
. . . . . . . . . .
La justicia de Dios es verdadera 25
Y la misericordia, y todo cuanto
Es Dios, todo ha de ser verdad entera.
Señor excelentísimo, mi llanto
Ya no consiente márgenes ni orillas,
Inundación será la de mi canto. 30
Ya sumergirse miro mis mejillas, {p. 164}
La vista por dos urnas derramada
Sobre las aras de las dos Castillas.
Yace aquella virtud desaliñada,
Que fué, si rica menos, más temida, 5
En vanidad y en sueño sepultada.
Y aquella libertad esclarecida,
Que en donde supo hallar honrada muerte,
Nunca quiso tener más larga vida.
Y pródiga del alma, nación fuerte, 10
Contaba por afrenta de los años
Envejecer en brazos de la suerte.
Del tiempo el ocio torpe, y los engaños
Del paso de las horas y del día,
Reputaban los nuestros por estraños. 15
Nadie contaba cuanta edad vivía,
Sino de que manera, ni aun un hora
Lograba sin afán y valentía.
La robusta virtud era señora,
Y sola dominaba al pueblo rudo; 20
¡Edad, si mal hablada, vencedora!
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
SONETO
(_Advertencia á España, de que ansí como se ha hecho señora de muchos, ansí será de tantos enemigos invidiada y perseguida, y necesita de continua prevención por esa causa._)
Un Godo, que una cueva en la montaña
Guardó, pudo cobrar las dos Castillas:
Del Betis y Genil las dos orillas,
Los heredores de tan gran hazaña. 25
A Navarra te dió justicia y maña, {p. 165}
Y un casamiento, en Aragón, las sillas,
Con que á Sicilia y Nápoles humillas,
A quien Milán espléndida acompaña.
Muerte infeliz en Portugal arbola 5
Tus castillos. Colón pasó los Godos
Al ignorado cerco de esta bola.
Y es más fácil ¡oh España! en muchos modos
Que lo que á todos les quitaste sola,
Te puedan á ti sola quitar todos. 10
El Bachiller de la Torre
(Date?)
CANCIÓN: LA TÓRTOLA
Tórtola solitaria que llorando
Tu bien pasado y tu dolor presente,
Ensordeces la selva con gemidos:
Cuyo ánimo doliente
Se mitiga penando 15
Bienes asegurados y perdidos:
Si inclinas los oídos
A las piadosas y dolientes quejas
De un espíritu amargo,
(Breve consuelo de un dolor tan largo 20
Con quien, amarga soledad, me aquejas)
Yo con tu compañía
Y acaso á ti te aliviará la mía.
La rigurosa mano que me aparta
Como á ti de tu bien, á mí del mío, 25
Cargada va de triunfos y victorias:
Sábelo el monte y río,
Que está cansada y harta
De marchitar en flor mis dulces glorias:
Y si eran transitorias, {p. 166}
Acabáralas golpe de fortuna:
No viera yo cubierto
De turbias nubes cielo que ví abierto
En la fuerza mayor de mi fortuna: 5
Que acabado con ellas
Acabaran mis llantos y querellas.
Parece que me escuchas, y parece
Que te cuento tu mal, que roncamente
Lloras tu compañía desdichada: 10
El ánimo doliente
Que el dolor apetece
Por un alivio de su suerte airada,
La más apasionada
Más agradable le parece, en tanto 15
Que el alma dolorosa,
Llorando tu desdicha rigurosa,
Baña los ojos con eterno llanto;
Cuya pasión afloja
La vida al cuerpo, al alma la congoja. 20
¿No regalaste con tus quejas tiernas,
Por solitarios y desiertos prados,
Hombres y fieras, cielos y elementos?
¿Lloraste tus cuidados
Con lágrimas eternas 25
Duras y encomendadas á los vientos?
¿No son tus sentimientos
De tanta compasión y tan dolientes,
Que enternecen los pechos
A rigurosas sinrazones hechos, 30
Que los haces crueles de clementes?
¿En qué ofendiste tanto,
Cuitada, que te sigue miedo y llanto?
Quien te ve por los montes solitarios
Mustia y enmudecida y elevada {p. 167}
De los casados árboles huyendo,
Sola y desamparada
A los fieros contrarios,
Que le tienen en vida padeciendo, 5
Señal de agüero horrendo
Mostrarían tus ojos añublados
Con las cerradas nieblas
Que levantó la muerte, y las tinieblas
De tus bienes supremos y pasados: 10
¡Llora, cuitada, llora
Al venir de la noche y de la aurora!
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Francisco de Borja, Principe de Esquilache
(1581–1658)
CANCIÓN
Fuentecillas que reis,
Y con la arena jugáis,
¿Dónde vais? 15
Pues de las flores huis
Y los peñascos buscáis,
Si reposáis
Donde con calma dormís,
¿Por qué corréis y os cansáis? 20
CANCIÓN
Pajarillo que cantas
Cuando con tristes quejas
Al dispertar el día te levantas,
Y enternecida dejas
La umbrosa selva que escuchó tu llanto, {p. 168}
Calla, no llores tanto:
_Que es agravio y desdicha del que llora
Sentir sus quejas y reir la aurora_.
Canta la noche fría 5
En las dormidas ramas,
De tu dolor funesta compañía;
Descansa, cuando llamas
Al sol hermoso que los campos viste,
Logra su ausencia triste; 10
_Que es agravio y desdicha del que llora
Sentir sus quejas y reir la aurora_.
En este verde soto
Escucharán tus males
Del más vecino al sauce más remoto, 15
Y el agua en sus umbrales
De verde yerba, de doradas flores,
Prenderán tus amores;
_Que es agravio y desdicha del que llora
Sentir sus quejas y reir la aurora_. 20
No quieras más aliento
Que en tus tristes congojas
La piadosa atención del manso viento,
Y que duerman las hojas
Al dulce son de tus querellas graves, 25
Envidia de otras aves;
_Que es agravio y desdicha del que llora
Sentir sus quejas y reir la aurora_.
CANCIÓN
Si alegres y risueñas
Corren las claras fuentes 30
Entre perlas lucientes,
A reir las enseñas; {p. 169}
Y si corren aprisa,
Imitan más la gracia de tu risa.
No ríe la mañana,
Que soñolienta y fría 5
Sale á hospedar el día,
Vestida de oro y grana,
Si primera no ríes,
Y dejas qué copiar en tus rubíes.
También quiere imitarle, 10
Cuando el sol reverbera,
La dulce primavera;
Y cuando Abril se parte,
Hace el primer ensayo
Al paso de tu risa el suave Mayo. 15
Pensaban, engañados,
Que las selvas reían
Los mismos que creían
La risa de los prados.
Todos, Silvia, mintieron; 20
Que sin verte reir, jamás rieron.
Los más fieros tiranos,
Que menos se recatan,
No ríen cuando matan;
Y aunque muere á sus manos 25
Con piedad el aurora,
La dulce muerte de la noche llora.
Tu risa son enojos,
Porque matas riendo,
Y lloran (desmintiendo 30
A tu boca) mis ojos;
Y es lo que precian tanto,
Risa en tus labios, y en mis ojos llanto.
Francisco de Rioja {p. 170}
(† 1658?)
SILVA: Á LA ROSA
Pura, encendida rosa,
Émula de la llama
Que sale con el día,
¿Cómo naces tan llena de alegría,
Si sabes que la edad que te da el cielo 5
Es apenas un breve y veloz vuelo?
Y no valdrán las puntas de tu rama
Ni tu púrpura hermosa
A detener un punto
La ejecución del hado presurosa. 10
El mismo cerco alado,
Que estoy viendo riente,
Ya temo amortiguado,
Presto despojo de la llama ardiente.
Para las hojas de tu crespo seno 15
Te dió Amor de sus alas blandas plumas,
Y oro de su cabello dió á tu frente.
¡Oh fiel imagen suya peregrina!
Bañóte en su color sangre divina
De la deidad que dieron las espumas; 20
Y esto, purpúrea flor, y esto ¿no pudo
Hacer menos violento el rayo agudo?
Róbate en una hora,
Róbate licencioso su ardimiento
El color y el aliento; 25
Tiendes aun no las alas abrasadas,
Y ya vuelan al suelo desmayadas,
Tan cerca, tan unida
Está al morir tu vida, {p. 171}
Que dudo si en sus lágrimas la aurora
Mustia tu nacimiento ó muerte llora.
Á LA POBREZA
Desde el infausto día
Que visité con lágrimas primeras 5
Me tienes ¡oh pobreza! compañía;
Aunque tan buena como dicen fueras,
Por ser tanto de mí comunicada,
Me vinieras á ser menos preciada.
Diré tus males, sin que mucho ahonde 10
En ellos; que es muy raro
Lo que por glorias tuyas contar puedes.
Tal vez el que en su casa un monte asconde
De Numidia y de Paro
En aras y paredes, 15
Cuando entre el blando lino se rodea,
Puesto de los cuidados en el fuego,
Sin conocerte alaba tu sosiego,
Y nunca, aunque lo alaba, lo desea.
Llegas á ser de alguno al fin loada; 20
Mas de ninguno apenas deseada.
Si eres tú de los males
El que nos trata con mayor crueza,
¿Cómo podrá ninguno codiciarte?
Después que nació el oro, 25
Y con él la grandeza,
Murió tu ser, murío tu igual decoro,
En otra edad divino;
Sí, por eso, pobreza, en toda parte
Con enfermo color andas contino. 30
Con preciosos metales
Siempre veo levantado {p. 172}
Lo que tienes tú sola derribado.
¿Qué ciudad populosa
Se sabe que por ti se haya fundado?
¿Qué fuerza inexpugnable y espantosa 5
Por ti se ha fabricado?
El suave color, la hermosura,
Sólo en tu ausencia con su lustre dura.
Píntame la belleza
Mayor que imaginares, 10
Compuesta de jazmines y de grana,
Si con vestido tuyo la adornares,
Su lustre pierde y gracia soberana,
Pues cuando el agro invierno,
Hijo tuyo sin duda, 15
Que como tú también, siempre desnudo,
Roba al bosque el verdor, y lo despoja,
Pobre por ti su frente,
Ni su sombra codicia ya la gente
Ni sus ramas las aves 20
Y si yo vanamente no discierno,
¿Cuándo armarse pudieron vastas naves
Donde se vió tu sombra?
¿Cuando ejércitos gruesos?
El número infinito de sucesos 25
Que por ti han avenido ¿á quién no asombra?
Hablen los nunca sepultados huesos
Que en las playas blanquean,
De tantos que por falta de sustento
Al mar rindieron el vital aliento. 30
¿Cuántos has escondido
En los anchos desiertos
Para que al mal seguro caminante
Asalten encubiertos
Ó ¿en cuántas partes se verá teñido {p. 173}
El campo con la sangre de los muertos?
No hay voz, aunque de hierro, que bastante
Sea á decir los males que acarrean
Duras necesidades. 5
Los que pobres habitan las ciudades,
¿Qué afrenta no padecen?
Los que por sus ingenios merecieron,
¡Oh pobreza! por ti lo desmerecen.
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
¿Qué vale ¡oh pobres! levantaros tanto? 10
Mirad que es necio error, necia costumbre
Soltar á la soberbia así la rienda;
Que yo apenas, humilde y sin contienda,
Puedo contar en paz algunas horas
De las que paso en el silencio obscuro, 15
Olvidado en pobreza y no seguro.
Á LA RIQUEZA
¡Oh mal seguro bien, oh cuidadosa
Riqueza, y cómo á sombra de alegría
Y de sosiego engañas!
El que vela en tu alcance y se desvía 20
Del pobre estado y la quietud dichosa,
Ocio y seguridad pretende en vano,
Pues tras el luengo errar de agua y montañas,
Cuando el metal precioso coja á mano,
No ha de ver sin cuidado abrir el día. 25
No sin causa los dioses te escondieron
En las entrañas de la tierra dura;
Mas ¿qué halló difícil y encubierto
La sedienta codicia?
Turbó la paz segura {p. 174}
Con que en la antigua selva florecieron
El abeto y el pino,
Y trájolos al puerto,
Y por campos de mar les dió camino. 5
Abrióse el mar y abrióse
Altamente la tierra,
Y saliste del centro al aire claro,
Hija de la avaricia,
A hacer á los hombres cruda guerra. 10
Saliste tú, y perdióse
La piedad, que no habita en pecho avaro.
Tantos daños, riqueza,
Han venido contigo á los mortales,
Que aun cuando nos pagamos á la muerte, 15
No cesan nuestros males,
Pues el cadáver que acompaña el oro
Ó el costoso vestido,
Sólo por opulento es perseguido;
Y el último descanso y el reposo 20
Que tuviera en pobreza le es negado,
Siendo de su sepulcro conmovido.
¡A cuántos armó el oro de crueza,
Y á cuántos ha dejado
En el último trance ó dura suerte! 25
. . . . . . . . . .
Al menos animoso,
Para que te posea,
Das, riqueza, ardimiento licencioso.
Ninguno hay que se vea
Por ti tan abastado y poderoso, 30
Que carezca de miedo.
¿Qué cosa habrá de males tan cercada,
Pues ora pretendida, ora alcanzada,
Y aun estando en deseos, {p. 175}
Pena ocultan tus ciegos desvaneos?
Pero cánsome en vano, decir puedo;
Que si sombras de bien en ti se vieran,
Los inmortales dioses te tuvieran. 5
Pedro Soto de Rojas
(† 1660?)
CANCIÓN Á UN JILGUERO
¡Oh cuanto es á la tuya parecida
Esta mi triste vida!
Tú preso estás, yo preso;
Tú cantas, y yo canto,
Tú simple, yo sin seso, 10
Yo en eterna inquietud y tú travieso.
Música das á quien tu vuelo enfrena;
Música doy, aunque á compás de llanto,
A quien me tiene en áspera cadena.
En lo que es diferente 15
Nuestro estado presente
Es en que tú, jilguero,
Vives cantando y yo cantando muero.
Esteban Manuel de Villegas
(1596–1669)
CANTILENA: DE UN PAJARILLO
Yo ví sobre un tomillo
Quejarse un pajarillo, 20
Viendo su nido amado,
De quien era caudillo,
De un labrador robado. {p. 176}
Víle tan congojado
Por tal atrevimiento
Dar mil quejas al viento,
Para que al cielo santo 5
Lleve su tierno llanto,
Lleve su triste acento.
Ya con triste armonía,
Esforzando el intento,
Mil quejas repetía; 10
Ya cansado callaba,
Y al nuevo sentimiento
Ya sonoro volvía.
Ya circular volaba,
Ya rastrero corría, 15
Ya pues de rama en rama
Al rústico seguía;
Y saltando en la grama,
Parece que decía:
«Dame, rústico fiero, 20
Mi dulce compañía;»
Y que le respondía
El rústico: «No quiero.»
CANTILENA: DEL AMOR Y LA ABEJA
Aquellos dos verdugos
De las flores y pechos, 25
El amor y la abeja,
A un rosal concurrieron.
Lleva armado el muchacho
De saetas el cuello,
Y la bestia su pico 30
De aguijones de hierro.
Ella va susurrando, {p. 177}
Caracoles haciendo,
Y él criando mil risas
Y cantando mil versos;
Pero dieron venganza 5
Luego á flores y pechos,
Ella muerta quedando
Y él herido volviendo.
ODA: AL CÉFIRO
Dulce vecino de la verde selva,
Huésped eterno del Abril florido, 10
Vital aliento de la madre Venus,
Céfiro blando,
Si de mis ansias el amor supiste,
Tú, que las quejas de mi voz llevaste,
Oye, no temas, y á mi ninfa dile, 15
Dile que muero.
Filis un tiempo mi dolor sabía,
Filis un tiempo mi dolor lloraba;
Quísome un tiempo, mas agora temo,
Temo sus iras. 20
Así los dioses, con amor paterno,
Así los cielos, con amor benigno,
Niegan al tiempo que feliz volares
Nieve á la tierra.
Jamás el peso de la nube parda, 25
Cuando amenace la elevada cumbre,
Toque tus hombros, ni su mal granizo
Hiera tus alas.
Salvador Jacinto Polo de Medina {p. 178}
(† 1670?)
FÁBULA BURLESCA DE APOLO Y DAFNE
Cantar de Apolo y Dafne los amores,
Sin más ni más, me vino al pensamiento.
Con licencio de ustedes, va de cuento.
¡Vaya de historia pues, y hablemos culto!
Pero ¡cómo los versos dificulto! 5
¡Cómo la vena mía se resiste!
¡Qué linda bobería!
Pues á fe que si invoco mi Talía,
Que no le dé ventaja al mas pintado.
Ya con ella encontré, mi Dios loado. 10
Señora doña Musa, mi señora,
Sópleme usted muy bien ahora;
Que su favor invoco
Para hacer esta copla;
Y mire vuesarced cómo me sopla. 15
Érase una muchacha con mil sales,
Con una cara de á cien mil reales,
Como así me la quiero,
Más peinada y pulida que un barbero;
En esto que llamamos garabato 20
La gente de buen trato
Tenía la mozuela gran donaire;
Pudiera ser poeta por el aire.
Aquí es obligación, señora Musa,
Si ya lo que se usa no se excusa, 25
El pintar de la ninfa las facciones,
Y pienso comenzar por los talones,
Aunque parezca mal al que leyere;
Que yo puedo empezar por do quisiere.
Y aunque diga el lector de mi pintura {p. 179}
Que del tronco se sube hasta la altura;
Que á nadie dé congojas
Que yo empiece la ninfa por las hojas,
Supuesto que son míos 5
Estos calientes versos ó estos fríos;
Que el poeta mas payo
De sus versos bien puede hacer un sayo.
Era el pie (yo le ví) de tal manera...
¡Vive Chipre, que miento; que no era! 10
Porque por lo sutil y recogido,
Nunca ha sido este pie visto ni oído.
Era, en efecto, blanco y era breve...
¡Oh, qué linda ocasión de decir _nieve_,
Si yo fuera poeta principiante! 15
Llevando nuestros cuentos adelante,
Y haciendo del villano,
Me pretendo pasar del pie á la mano,
Cuyos hermosos dedos
(Esta vez los jazmines se estén quedos, 20
Y pongámosles fines,
Enmendémonos todos de jazmines,
Y el que así no lo hiciere,
Y ser poeta del Abril quisiere,
Probará de las gentes los rigores; 25
A fé que allá se lo dirán de flores);
Era, en fin, de cristal belleza tanta...
. . . . . . . . . .
. . . . . . . . . .
Mas, al contrario, su boquilla es poca...
(Vamos con tiento en esto de la boca;
Que hay notables peligros carmesíes, 30
Y podré tropezar en los rubíes,
Epítetos crueles);
¡Qué cosquillas me hacen los claveles!
Porque á pedir de boca le venían; {p. 180}
Mas claveles no son los que solían,
Y en los labios de antaño
No hay claveles ogaño;
Pero, para deciros su alabanza, 5
Conceptillo mejor mi ingenio alcanza,
Y tanto, que con otro no se mide:
Es tan linda su boca, que no pide.
. . . . . . . . . .
Pedro Calderón de la Barca
(1600–1681)
CANTARCILLO
Ruiseñor que volando vas,
Cantando finezas, cantando favores, 10
¡Oh cuánta pena y envidia me das!
Pero no; que si hoy cantas amores,
Tú tendrás celos y tú llorarás.
¡Qué alegre y desvanecido
Cantas, dulce ruiseñor, 15
Las venturas de tu amor,
Olvidado de tu olvido!
En ti, de ti entretenido
Al ver cuán ufano estás,
¡Oh cuanta pena me das 20
Publicando tus favores!
Pero no, que si hoy cantas amores,
Tú tendrás celos y tú llorarás.
DÉCIMA: Á LOPE DE VEGA CARPIO {p. 181}
Aunque la persecución
De la envidia tema el sabio,
No reciba della agravio;
Que es de serlo aprobación.
Los que más presumen, son, 5
Lope, á los que envidia das,
Y en su presunción verás
Lo que tus glorias merecen;
Pues los que más te engrandecen,
Son los que te envidian más. 10
EL MÁGICO PRODIGIOSO
(Una voz)
_¿Cuál es la gloria mayor
Desta vida?_
(Coro)
_Amor, amor._
(Una voz)
_No hay sujeto en que no imprima
El fuego de amor su llama,
Pues vive más donde ama 15
El hombre, que donde anima.
Amor solamente estima
Cuanto tener vida sabe,
El tronco, la flor y el ave:
Luego es la gloria mayor 20
De esta vida..._
(Coro)
_Amor, amor_.
(Justina)
Pesada imaginación,
Al parecer lisonjera,
¿Cuándo te ha dado ocasión {p. 182}
Para que desta manera
Aflijas mi corazón?
¿Cuál es la causa, en rigor,
Deste fuego, deste ardor, 5
Que en mí por instantes crece?
¿Qué dolor el que padece
Mi sentido?
(Coro)
_Amor, amor._
(Justina)
Aquel ruiseñor amante
Es quien respuesta me da, 10
Enamorando constante
A su consorte, que está
Un ramo más adelante.
Calla, ruiseñor; no aquí
Imaginar me hagas ya, 15
Por las quejas que te oí,
Cómo un hombre sentirá,
Si siente un pájaro así.
Mas no: una vid fué lasciva,
Que buscando fugitiva 20
Va el tronco donde se enlace,
Siendo el verdor con que abrace
El peso con que derriba.
No así con verdes abrazos
Me hagas pensar en quien amas, 25
Vid; que dudaré en tus lazos,
Si así abrazan unas ramas,
Cómo enraman unos brazos.
Y si no es la vid, será
Aquel girasol, que está 30
Viendo cara á cara al sol,
Tras cuyo hermoso arrebol {p. 183}
Siempre moviéndose va.
No sigas, no, tus enojos,
Flor, con marchitos despojos,
Que pensarán mis congojas, 5
Si así lloran unas hojas,
Cómo lloran unos ojos.
Cesa, amante ruiseñor,
Desúnete, vid frondosa,
Párate, inconstante flor, 10
Ó decid, ¿qué venenosa
Fuerza usáis?
(Coro)
_Amor, amor._
EL ALCALDE DE ZALAMEA (CONSEJO DE CRESPO Á SU HIJO)
Por la gracia de Dios, Juan,
Eres de linaje limpio
Más que el sol, pero villano: 15
Lo uno y lo otro te digo,
Aquello, porque no humilles
Tanto tu orgullo y tu brío,
Que dejes, desconfiado,
De aspirar con cuerdo arbitrio 20
A ser más; lo otro, porqué
No vengas, desvanecido,
A ser menos: igualmente
Usa de entrambos designios
Con humildad; porque siendo 25
Humilde, con recto juicio
Acordarás lo mejor;
Y como tal, en olvido
Pondrás cosas que suceden {p. 184}
Al revés en los altivos.
¡Cuántos, teniendo en el mundo
Algún defecto consigo,
Le han borrado por humildes! 5
Y ¡á cuántos, que no han tenido
Defecto, se le han hallado,
Por estar ellos mal vistos!
Sé cortés sobremanera,
Sé liberal y esparcido; 10
Que el sombrero y el dinero
Son los que hacen los amigos;
Y no vale tanto el oro
Que el sol engendra en el indio
Suelo y que conduce el mar, 15
Como ser uno bienquisto.
No hables mal de las mujeres:
La más humilde, te digo
Que es digna de estimación,
Porque, al fin, dellas nacimos. 20
. . . . . . . . . .
LÁGRIMAS
¡O cuánto el nacer, O cuánto,
Al morir es parecido!
Pues si nacimos llorando,
Llorando también morimos
¡O dulce Jesús mío, 25
No entres, Señor, con vuestro siervo en juicio!
Un gemido la primera
Salva fué que al mundo hicimos,
Y el último vale que {p. 185}
Le hacemos es un gemido.
¡O dulce Jesús mío,
No entres, Señor, con vuestro siervo en juicio!
Agustín de Salazar Torres
(1642–1675)
SONETO: Á LAS OJERAS DE UNA DAMA
Iluminados del color del cielo 5
Los párpados hermosos de unos ojos,
Raudales de zafir, que sin enojos
Los sentidos anegan por consuelo,
Piratas son del sol, que sin desvelo
Las luces roban á sus rayos rojos, 10
Que validos blasonan por despojos
Sombra á sus luces, y á sus rayos hielo.
Del alma más esquiva las potencias
El sitio azul, en cercos y clausura,
Sitiadas rinde sin acción violenta; 15
Que es imposible en tantas influencias
Resistir al imán de su hermosura
Por centro de la vida que la alienta.
Sor Juana Inés de la Cruz
(† 1700?)
REDONDILLAS
Hombres necios, que acusáis
A la mujer sin razón, 20
Sin ver que sois la ocasión
De lo mismo que culpáis;
Si con ansia sin igual {p. 186}
Solicitáis su desdén,
¿Por qué queréis que obren bien
Si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia, 5
Y luego con gravedad
Decís que fué liviandad
Lo que hizo la diligencia.
Queréis con presunción necia
Hallar á la que buscáis, 10
Para pretendida Lais
Y en la posesión Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
Que el que, falto de consejo,
Él mismo empaña el espejo 15
Y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
Tenéis condición igual,
Quejándoos si os tratan mal,
Burlándoos si os quieren bien. 20
Opinión ninguna gana,
Pues la que más se recata,
Si no os admite, es ingrata,
Y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis, 25
Que con desigual nivel
A una culpáis por cruel,
De fácil á otra culpáis.
Pues ¿como ha de estar templada
La que vuestro amor pretende, 30
Si la que es ingrata ofende,
Y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
Que vuestro gusto refiere,
¡Bien haya la que no os quiere! {p. 187}
Y quejaos enhorabuena.
Dan vuestras amantes penas
A sus libertades alas;
Y después de hacerlas malas, 5
Las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
En una pasión errada?
¿La que cae de rogada
Ó el que ruega de caído? 10
Ó ¿cuál es más de culpar,
Aunque cualquiera mal haga,
La que peca por la paga
Ó el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis 15
De la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis,
Ó hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
Y después, con más razón, 20
Acusaréis la afición
De la que os fuere á rogar.
Bien con muchas armas fundo
Que lidia vuestra arrogancia,
Pues en promesa é instancia, 25
Juntáis diablo, carne y mundo.
SONETO: ENTRE ENCONTRADAS CORRESPONDENCIAS VALE MÁS AMAR QUE ABORRECER
Al que ingrato me deja, busco amante;
Al que amante me sigue, dejo ingrata;
Constante adoro á quien mi amor maltrata;
Maltrato á quien mi amor busca constante. 30
Al que trato de amor hallo diamante, {p. 188}
Y soy diamante al que de amor me trata;
Triunfante quiero ver al que me mata,
Y mato al que me quiere ver triunfante.
Si á éste pago, padece mi deseo; 5
Si ruego á aquel, mi pundonor enojo;
De entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo por mejor partido escojo,
De quien no quiero ser violento empleo,
Que de quien no me quiere vil despojo. 10
III {p. 189} POESÍAS DEL SIGLO XVIII
Ignacio de Luzán {p. 191}
(1702–1754)
CANCIÓN
I
Ya vuelve el triste invierno,
Desde el confín del Sármata aterido,
A turbar nuestros claros horizontes
Con el ceñudo aspecto y faz rugosa,
Con que, á influjos de la Osa, 5
Manda intratable en los rifeos montes
Y en la Zembla polar, donde temido
Señor de eterna nieve y hielo eterno,
Con tirano gobierno,
La entrada niega á todo trato humano; 10
El piloto holandés se atreve en vano,
Ávido pescador del Ceto inmenso,
A surcar codicioso
El piélago glacial; el frío intenso
Pára su rumbo, y deja riguroso 15
En remota región, lejos del puerto,
La quilla inmoble, el navegante yerto.
II
La hermosa primavera
Desterrará al invierno, coronada
La bella frente de jazmín y rosa, 20
Cual iris que en las nubes aparece;
Se alegra y reverdece {p. 192}
A su vista la tierra, y olorosa
Recrea los sentidos, recobrada
La lozanía y juventud primera.
Poco antes prisionera 5
La fuentecilla de enemigo hielo,
Ya entonces libre fertiliza el suelo,
Y nuevas yerbas alimenta y cría;
Robles, hayas y pinos
Vuelven á hacer la selva más umbría; 10
En tanto al aire mil suaves trinos
Esparcen las canoras avecillas,
Más agradables cuanto más sencillas.
. . . . . . . . . .
Vicente Antonio García de la Huerta
(1734–1787)
SONETO: EL VERDADERO AMOR
Antes al cielo faltarán estrellas,
Al mar peligros, pájaros al viento, 15
Al sol su resplandor y movimiento,
Y al fuego abrasador vivas centellas;
Antes al campo producciones bellas,
Al monte horror, al llano esparcimiento,
Torpes envidias al merecimiento, 20
Y al no admitido amor tristes querellas;
Antes sus flores á la primavera,
Ardores inclementes al estío,
Al otoño abundancia lisonjera
Y al aterido invierno hielo y frío, 25
Que ceda un punto de su fe primera,
Cuanto menos que falte, el amor mío.
Jorge Pitillas (José Gerardo de Hervás) {p. 193}
(† 1742)
SÁTIRA CONTRA LOS MALOS ESCRITORES DE SU TIEMPO
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A Spanish AnthologyChapter IV: STROPHES.—The strophe is frequently of arbitrary length, though, (4)
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